Refugiados en Navarra

La espera de una veintena de ucranianos en un polígono industrial

En la Ciudad del Transporte, en Imárcoain, más de una veintena de ucranianos vive en un hotel, algunos desde hace cerca de un mes

Desde la izquierda, detrás: Vyacheslav, Lilia, Hanna, Marina, Daniel y Anna. Delante: Viktoria y Alona.
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Desde la izquierda, detrás: Vyacheslav, Lilia, Hanna, Marina, Daniel y Anna. Delante: Viktoria y Alona.
Desde la izquierda, detrás: Vyacheslav, Lilia, Hanna, Marina, Daniel y Anna. Delante: Viktoria y Alona.

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Paloma Dealbert

Publicado el 18/05/2022 a las 06:00

Marina y sus hijos de 15, 13 y 5 años llevan más de un mes viviendo en un hotel, después de recorrer Europa y la península Ibérica porque estos ucranianos, naturales de la región del Dombás, llegaron primero a Linares, en Jaén, antes de acabar en Navarra. Salieron el 6 de abril, al poco de iniciarse la invasión. “No toda la región está controlada por los rusos”, especifica. En el tiempo en que lleva alojada en el Hotel Cross Elorz, en la Ciudad del Transporte, Marina ha visto ir y venir a distintas familias refugiadas y ha sido testigo del progresivo aumento de las temperaturas en la Comunidad foral.

Su benjamina, Alona, juega con Viktoria, de 6 años y ataviada con un vestido azul. Lo hacen bajo la atenta mirada de sus progenitoras, que alternan la vista entre el traductor del móvil -ninguna habla castellano ni inglés- y las pequeñas. Los menores, cuenta Hanna, madre de Viktoria, no salen de las habitaciones sin la compañía de un adulto.

“Aquí no hay ningún lugar para ir con los niños. Sales del hotel e inmediatamente está el estacionamiento, por donde van los coche. No hay ni parques infantiles ni tiendas para comprar algunas frutas o dulces”, explica la joven, de 31 años y natural de Odessa. Salió de su ciudad junto a varias amigas; alguna ya está instalada en otras poblaciones, pero ella y Lilia, con un hijo de 14, se encuentran desde hace dos semanas en Imarcoain. Allí reside otra veintena de ucranianos, que espera su reubicación.

Las dos mujeres recalaron en la Comunidad foral por recomendación de familiares, aunque ninguno reside en Navarra. Ambas destacan la amabilidad del propietario del hotel. El día anterior reunió a varias familias de refugiados para llevarlas a un restaurante de comida rápida, una manera de distraer a los más pequeños. “Es un hombre muy agradable y sensible, por desgracia el lugar no está diseñado para niños”, indica Marina, que en su país trabajaba enfermera. Hanna confirma lo que ha dicho su compatriota: “Está tratando de entretenerlos de alguna manera; aun así entendemos que traemos molestias a los residentes ya que aquí también viven personas adultas que quieren descansar”.

Las familias pasan parte del día en su cuarto. Duermen mucho, ríen, y se aburren. Los menores no están escolarizados, cuenta Hanna -profesional de las uñas-, pero siguen sus clases ucranianas a través de internet. Las adultas esperan con ansia el momento de empezar a aprender castellano; quieren trabajar. Pero aún más volver a Ucrania, donde las esperan sus padres y sus maridos. La pareja de Hanna se encuentra en el frente, aunque la joven desconoce la ubicación exacta. Las dos comentan que no tienen fecha de retorno, pero coinciden en que lo harán “cuando acabe la guerra”.

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