Tere Tirapu, enfermera jubilada, abraza a  King-Kong, muñeco al que da vida Cristian Gauta, un venezolano exiliado.
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Tere Tirapu, enfermera jubilada, abraza a  King-Kong, muñeco al que da vida Cristian Gauta, un venezolano exiliado.

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Dos años después de la pandemia, así nos ha cambiado la vida

El 14 de marzo de 2020, horas antes del confinamiento, un violinista rumano  interpretaba el Concierto de Aranjuez en una Plaza del Castillo de Pamplona solitaria. Diario de Navarra ha paseado por el mismo lugar y esto es lo que se ha encontrado. Primera crónica de una serie de reportajes 


Actualizado el 13/03/2022 a las 07:51

Un gorila abraza a una enfermera jubilada en la Plaza del Castillo de Pamplona. El instante no forma parte de un rodaje ni de un fotograma de la película ‘King Kong’. Sucedió la mañana del 22 de febrero, justo dos días antes del inicio de la guerra de Ucrania.

En esta jornada primaveral de finales de febrero, en Pamplona, un peregrino alemán escribe poesía sentado en un banco mientras un grupo de jubilados escucha hipnotizado la voz de Olaia, una cantante de orquesta de verbena. La Plaza del Castillo parece haberse transformado en una gran fiesta de pueblo. Hay turistas y las terrazas se encuentran a rebosar. Los paseantes se detienen ante Olaia y sonríen, con nostalgia, luego avanzan hacia un muñeco gorila al que da vida un venezolano exiliado de 33 años llamado Cristian Gauta. Lo fotografían y abrazan. Una enfermera, Tere Tirapu (66) se mete en el papel de Fay Wray, la primera actriz que se puso en las garras del King Kong de 1933. Una imagen alegórica, más aún en los tiempos que corren, que capta con el móvil Mila, la hermana melliza de Tere.

De izquierda a derecha: Milo Valenzuela (41 años), Israel Garate (25)  y Olaia Bernabé (23), integrantes de la Orquesta Meteoro 2.0, en la Plaza del Castillo de Pamplona.
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De izquierda a derecha: Milo Valenzuela (41 años), Israel Garate (25) y Olaia Bernabé (23), integrantes de la Orquesta Meteoro 2.0, en la Plaza del Castillo de PamplonaIván Benítez
De izquierda a derecha: Milo Valenzuela (41 años), Israel Garate (25)  y Olaia Bernabé (23), integrantes de la Orquesta Meteoro 2.0, en la Plaza del Castillo de Pamplona.

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El sonido de verbena proviene de la base del kiosco, junto a la fuente. Allí, Olaia Bernabé, y dos guitarristas, Milo Valenzuela e Israel Garate, componentes de la Orquesta Meteoro, hoy en paro por falta de bolos, sacuden el ánimo de los presentes recordándoles que la vida debe continuar. La gente reacciona con “monedas” de gratitud ante estos suspiros de cotidianidad y esperanza. Pero alguien pierde una sonrisa triste. “La voz de esa chica me recuerda a mi mujer cantando junto al pianista del hotel al que íbamos en Punta Cana”, susurra Juan José Echarri, girándose hacia la cantante. “Antes de la pandemia viajábamos mucho, primero a hotel y luego a un apartamento... Pero primero una caída y luego el virus han terminado por rematarnos anímicamente”. Una pandemia que, como la guerra, nadie esperaba. Y nadie supo detener.

Juan José Echarri, de 68 años, se detiene y sonríe al escuchar la voz de Olaia Bernabé.
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Juan José Echarri, de 68 años, se detiene y sonríe al escuchar la voz de Olaia Bernabé.Iván Benítez
Juan José Echarri, de 68 años, se detiene y sonríe al escuchar la voz de Olaia Bernabé.

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Plaza del Castillo dos años después del inicio de la pandemia.
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La Plaza del Castillo dos años después del inicio de la pandemiaIván Benítez
Plaza del Castillo dos años después del inicio de la pandemia.

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DOS AÑOS ANTES

Al volver la mirada atrás y repasar la hemeroteca, partiendo del 15 de febrero de 2020, uno comprueba que el coronavirus pasó de puntillas en los medios de comunicación. Y eso que en China se registró desde diciembre hasta esa fecha 1.383 muertos y en todo el mundo los infectados ascendieron a 64.000. En un contexto en el que el virus se seguía extendiendo, Egipto anunció su primer caso (el primero en África) y en España, en Mallorca, recibió el alta a un ciudadano británico tras dar negativo por segunda vez. “De esta forma, ya no hay casos sospechosos en España del Covid-19”, dejaron claro desde Sanidad.

Un día después, el 16 de febrero, la portada de Diario de Navarra abrió con una imagen de un festival de rock en el pabellón Arena en el que 2000 personas disfrutaron recordando música de AC/DC. En Francia se produjo la primera muerte por coronavirus fuera de Asia, en concreto fue un turista chino de 80 años. Ese día se detectaron también los primeros contagios en cruceros.

El 19 de febrero, China sobrepasó el umbral de los dos mil fallecidos por covid y Rusia restringió la entrada de estos ciudadanos. Sin embargo, aún no se hablaba de pandemia. Al menos hasta que el 22 de febrero la covid-19 llegó a Italia y murió un hombre de 78 años por neumonía. Entonces, Italia cerró los colegios y teatros. Al mismo tiempo, Corea del Sur decretó la alerta máxima al contagiarse una secta cristiana.

En Navarra el punto de inflexión se produjo el 25 de febrero de 2020. “Descartados 7 casos de coronavirus en Navarra y 2 pendientes de estudio”, informaron los medios locales. Se activó la alerta sanitaria por la presencia de alumnos navarros de intercambio en Italia. La OMS aconsejó prepararse para una eventual pandemia y la Bolsa se hundió. Fue un periodo en el que Bruselas temía la “reescalada del miedo” en todo el continente tras el brote en Italia, reclamando a los Estados miembros “proporcionalidad” en las medidas, “coordinación” y que, por encima de todo, se guiaran por las “evidencias científicas”. La Comisión Europea no era partidaria de limitar los movimientos en el espacio Schengen.

29 de febrero. El Ministerio de Sanidad dijo tener bajo control el virus pese a los 39 casos en ocho comunidades siete en Andalucía, dos en Valencia, dos en Euskadi, una en Cataluña, tres en Madrid y una en Zaragoza. La epidemia cruzó Europa y en solo una semana Italia sumó más de 800 contagiados y 21 fallecidos en una semana.

1 de marzo se informó de la primera persona infectada en Navarra. Una mujer de 39 años con neumonía ingresó en la UCI del Complejo Hospitalario. La mujer había regresado de Bélgica, un país con solo un caso registrado. Acudió por su propio pie al servicio de Urgencias. Presentaba síntomas de una infección respiratoria significativa: tos, malestar al respirar y fiebre. Se practicaron pruebas a sus contactos estrechos a unas 36 personas y todas dieron negativo. Pero el ritmo de contagio se aceleró en España, con 58 casos detectados hasta esa fecha. El coronavirus se extendió Brasil, con un paciente infectado, y a México, con otros tres. En Estados Unidos se contabilizaron 60 enfermos por covid, sin muertos.

15 de marzo. El estado de alarma entró en vigor el 14 de marzo a las doce de la noche. Casi tres semanas después de que la crisis sanitaria estallara en España, la epidemia dobló su ritmo: 72 muertes en un día. Y la movilidad se restringió 15 días. Se prohibió circular por vías públicas, salvo para adquirir productos de primera necesidad. Un día antes, la mañana del 14 de marzo de 2020, se veía a gente cargada de papel higiénico y nerviosismo. No había mascarillas, incluso estaban mal vistas porque generaban alarma. En la Plaza del Castillo sonaba el violín de Vasile, un músico rumano de 54 años que interpretaba el Concierto de Aranjuez. “Hay ansiedad y mucho miedo a la incertidumbre. Miedo a lo desconocido”, se disculparon los viandantes, tirando de carros de la compra con comida para 15 días, el tiempo que calcularon duraría la pandemia.

Tere Tirapu, enfermera jubilada, abraza a  King-Kong, muñeco al que da vida Cristian Gauta, un venezolano exiliado.
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Tere Tirapu, enfermera jubilada, abraza a King-Kong, muñeco al que da vida Cristian Gauta, un venezolano exiliado.Iván Benítez
Tere Tirapu, enfermera jubilada, abraza a  King-Kong, muñeco al que da vida Cristian Gauta, un venezolano exiliado.

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Cristian Gauta saliendo del muñeco gorila para conversar con el periodista de Diario de Navarra.
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Cristian Gauta saliendo del muñeco gorila para conversar con el periodista de Diario de Navarra.
Iván Benítez
Cristian Gauta saliendo del muñeco gorila para conversar con el periodista de Diario de Navarra.

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Y DOS AÑOS DESPUÉS

Dos años después, en este mismo rincón de Pamplona, en la intimidad de su sala de estar, se respira “ tristeza”, describe Mila Tirapu, hermana melliza de Tere, la enfermera jubilada que abraza al gorila. “Esta no es la Plaza del Castillo de antes. El problema es el miedo. Quizá el día que nos quitemos todos las mascarillas...”. Para esta técnico de laboratorio de Salud en Mallorca, que estos días disfruta de un descanso en su ciudad, recuerda los primeros momentos de pandemia con angustia. “Han cambiado las relaciones, nuestra forma de vivir. Nosotras hemos perdido a dos hermanos por el covid”.

Mientras las mellizas recuerdan, un niño se acerca de la mano de su padre y deja una moneda a los tres músicos. “Por suerte en esta ciudad los músicos podemos callejeros podemos trabajar, porque en otras te criminalizan”, reconoce Milo Valenzuela, guitarrista. “A los músicos la pandemia nos ha cambiado radicalmente la forma de vivir. De un día para otro nos quedamos sin conciertos, sin contratos, sin orquesta, sin vida... Así que por terapia personal hemos decidido salir a la calle. Y la gente se acerca y lo agradece. Los músicos hemos sido también los grandes olvidados de todo esto”. A su lado, asienten las palabras sus dos compañeros. “Sientes muchos nervios cuando cantas en la calle, en un lugar como este porque aquí se relaciona con la mendicidad. Y no pedimos nada. Solo expresamos lo que somos. Y, de paso, si alguien nos contrata...”, añade sonriendo Olaia.

Dos turistas asturianos, Vanessa Iglesias (37 años), e Israel Mosquera (42) se fotografían en un lado del kiosco, y al otro lado de la plaza una visitante de Bogotá (Colombia), Claudia (45) se hace un selfi. “La pandemia me ha cambiado la vida, sí. Por eso estoy aquí, sola. Me he tomado una licencia de tres meses en la clínica dental donde trabajo. Quiero ver gente, sentirme viva, y no hace falta mucho dinero para viajar”. Se escucha a Olaia, versionando a Fito & Fitipaldis. 

Vanessa e Israel acaban de llegar a la ciudad y prevén visitarla durante unas horas. Ella, en silla de ruedas –sufre esclerosis múltiple– explica que el confinamiento ha mermado tanto su movilidad como el estado de ánimo. Pero que ahora se encuentra mejor y por eso han empezado a viajar de nuevo.

Marco (50), ingeniero alemán, poeta y peregrino, lleva tres años caminando.
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Marco (50), ingeniero alemán, poeta y peregrino, lleva tres años caminando.Iván Benítez
Marco (50), ingeniero alemán, poeta y peregrino, lleva tres años caminando.

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Llama la atención la barba de un ingeniero alemán de 48 años que recorre el Camino de Santiago desde hace tres. Sentado en un banco, escribe poesía y se lía cigarrillos. “Me llamo Marco”, asiente, en inglés. Salió de Hamburgo con una mochila con algo de ropa y un cuaderno. Esta tarde, en la Plaza del Castillo, se dedica a observar, escuchar y escribir. El inicio de la pandemia le sorprendió en Francia.

–¿Qué le empuja a un ingeniero a dejar todo y acabar con una mochila al hombro?

–Solo quería vivir, buscar el silencio, sentirme libre.

–¿El silencio?

–Sí, pero el silencio que hay detrás del silencio.

–¿Y lo ha encontrado?

–Sí, caminando por la montaña, en los Pirineos, cuando venía hacia aquí. Durante tres meses me quedé viviendo en una cueva, comiendo arroz y sopas... Es un proceso.

-Sigo sin comprender muy bien.

–Solo quiero escribir poesía, plasmar lo que siento en cada momento.

–¿Ha coincidido con otros peregrinos? ¿Cómo ve a la gente con la que se cruza?

– He coincidido con cinco peregrinos. Veo mucho miedo en los rostros. La pandemia ha dividido a la gente. Pero creo que nos encontramos al inicio de un cambio. Es lo que observo.

–¿Qué hará al finalizar en Santiago?

–Continuaré por Portugal, pero lo decidiré sobre la marcha.

–¿Tiene hijos?

– Sí, una hija de 24 años. Me dice que siga así, que haga lo que amo.

De la Calle San Nicolás aparece pedaleando en una bicicleta de tres ruedas una vecina del Casco Viejo, María Luisa Mangado, de 74 años, quien asegura que la vida ha cambiado durante estos dos años y las relaciones sociales han saltado por los aires. “Tengo amigas que tienen miedo y antes salíamos a comer, cenar y pasear... En cualquier caso, creo que las vamos a recuperar pronto”, sonríe, desvelando que tras el confinamiento comenzó a recibir clases de solfeo y piano.

María Luisa Mangado empezó a estudiar piano y solfeo tras el confinamiento.
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María Luisa Mangado empezó a estudiar piano y solfeo tras el confinamiento.Iván Benítez
María Luisa Mangado empezó a estudiar piano y solfeo tras el confinamiento.

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No todo el mundo quiere hablar de la pandemia. “Estamos cansados de oír. No queremos saber nada. La vida sigue y ahora me siento condicionado en todo momento por la mascarilla”. El joven corta por lo sano cualquier tipo de conversación. La camarera comparte su opinión. “Estamos hartos de la pandemia”.

De repente, la piel del gorila se abre y sale la cabeza de Cristian. Prefiere no exponerse demasiado, se disculpa. “En esta ciudad te tratan bien, pero en otras es imposible divertir a la gente”. En esto consiste este trabajo, subraya este joven venezolano que se vio obligado a marcharse del país “por la dictadura”, dice, dejando allí a su hijo pequeño. “Solo aspiro a que las personas rían conmigo y que los niños incluso me abracen”. También cuenta que lleva un día en Pamplona y se desplaza buscando el sol. Y que trabajar en la calle en pandemia “da justo” para comer y dormir.

A las 13.30, los tres músicos de la orquesta Meteoro recogen los instrumentos. En un banco, sentada frente a ellos, Yusmelys, repartidora de 33 años, espera a que le entre en el móvil algún pedido. “Creo que la pandemia nos ha cambiado a todos. Personalmente, he tomado más conciencia del día a día”. Suena el móvil. “Precisamente me acaba de saltar un pedido”, ríe. Yusmelys monta en la bicicleta y acude a la Estafeta a por un kebab que llevará hasta San Lorenzo. En total, 800 metros. Un servicio por el que cobrará 2,43 euros. El único dinero ganado en dos horas.

Tres días después, el 25 de febrero, alrededor de 2.000 personas, la mayoría ucranianas y rusas, se manifiestan en la Plaza del Castillo y gritan al unísono: “¡No a la guerra!”. Muchos de los presentes en la concentración tienen amigos o familiares protegiéndose en ese momento en algún refugio en Ucrania, y desde Pamplona se conectan en directo con ellos. Dos mujeres se abrazan. Dolor contenido, lagrimas, impotencia.

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