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Rusia invade Ucrania

De Ucrania a Mutilva: “De repente te ves con nueve hijos en medio de una guerra”

La familia Del Brío-Sala, que el primer día de la invasión rusa abandonó Ucrania en un viaje de 24 horas, descansa ya en Mutilva

Ampliar Rubén Del Brío López y Nuria Sala Gil de Avalle, con sus hijos David, Alejandro, Pablo, Miguel, Cecilia, Juan, María, Gabriel y Sara
Rubén Del Brío López y Nuria Sala Gil de Avalle, con sus hijos David, Alejandro, Pablo, Miguel, Cecilia, Juan, María, Gabriel y SaraJ. A. Goñi
Publicado el 08/03/2022 a las 06:00
Las noches están salpicadas de pesadillas, con imágenes recientes de un país en guerra. Rubén Del Brío López y Nuria Sala Gil del Avalle descansan en Mutilva junto a sus nueve hijos, de 11 años a dos meses de edad, de un periplo imposible de olvidar que, desde la perspectiva de sus ojos creyentes, evoca al éxodo bíblico de una travesía de un desierto jalonado de barricadas, puntos de control, convoyes militares, dudas y temores. El reposo de los días transcurridos desde el fatídico 24 de febrero, en el que Putin activó su máquina de guerra, permiten ordenar con serenidad el carrusel de emociones vivido en 24 horas de viaje en furgoneta desde Ucrania hasta la localidad de Miskolc, en Hungría. 778 kilómetros de incertidumbre.
El primer sobresalto de la noche, hoy replicado en sueños difíciles de conciliar, llegó a las cinco de la mañana del primer día de la invasión. “¡Rubén. Nos hemos despertado con bombardeos!”. Quien daba el primer aviso desde Kiev era el navarro Iñaki Lasterra, casado con una catalana, y también perteneciente a su mismo carisma del Camino Neocatecumenal.
Un contacto en la embajada española de la capital ucraniana, vinculado por sus mismas convicciones, confirmó los peores presagios. Rubén buscaba una respuesta a una duda que se había instalado en su mente: “No queríamos dar un paso en falso. Podíamos quedarnos colgados en la frontera con nueve niños, uno de ellos recién nacido. Desde la embajada nos transmitían que no podríamos pasar sin los papeles de la pequeña”. Sara, que se llama la benjamina, carecía de salvoconducto.
El escenario no era precisamente tranquilizador. Con el amanecer del día se escuchó un ulular monótonono y creciente en Vinnytsia, donde había recalado el matrimonio pamplonés con seis hijos hace cuatro años y medio para participar de una misión Ad Gentes del Camino Neocatecumenal. Ni en la peor de sus pesadillas podían imaginar el quiebro que les iba a deparar el destino.
Daban miedo las sirenas. Al principio creíamos que era un simulacro. Así lo habían anunciado. Pero esa mañana las sirenas no pararon de sonar. Y todo fue porque en las afueras de la ciudad habían bombardeado un almacén de pólvora. El pasado domingo cayeron ocho misiles sobre el aeropuerto de nuestra ciudad”. El uso del pronombre personal por parte de Nuria delata el apego afectivo a Vinnytsia, donde coincidieron en su misión con cinco familias, un sacerdote ucraniano, otras dos hermanas del mismo país y un seminarista.
Las advertencias recibidas en la víspera por sus padres, con llamadas a la prudencia por la tensión anunciada en noticias de todo el mundo, habían disuadido su opción de continuar con los suyos. “En Ucrania nadie esperaba una cosa así. Hay lazos culturales, sociales y religiosos entre los pueblos ucranianos y rusos”, observa él. La realidad, sin embargo, disipó las incógnitas sobre el qué hacer, máxime cuando el clima de tensión crecía por momentos. A Nuria se le ocurrió contactar con una amiga ucraniana para recabar su consejo sobre el modo de protegerse en caso de guerra. “Nos dijo que nos metiésemos debajo de las mesas y que lo mejor sería ponernos a salvo en un búnker”. El problema era que la misión donde residían carecía de una infraestructura de estas características.
Con las certezas debilitadas a medida que pasaban las horas, Rubén hizo una segunda llamada a la embajada en Kiev, que fue definitiva. “Volamos de la embajada”, escuchó de su interlocutor. Nuria, como también Rubén, sintió que le flaqueaban las piernas. Tenía miedo. Y empezó a llorar. “De repente te ves con nueve niños. No es lo mismo que hubiésemos estado Rubén y yo solos que estar con los pequeños”. Ante la disyuntiva, se impuso “la responsabilidad”. “Teníamos mucho miedo. Nunca me he visto en una guerra”, apunta ella. Entonces, se aferraron a sus convicciones creyentes y empezaron a rezar. Una sensación combinada de miedo y paz les empujó a ambos a dar el paso definitivo.
Sin tener seguro su destino por el contratiempo que les suponía carecer de salvoconducto de la pequeña, decidieron abandonar, muy a su pesar, Vinnytsia. Se proveyeron de “comida, agua, mantas y ropa de invierno. No estábamos seguros de poder pasar la frontera. Elegimos Hungría porque la zona de Los Cárpatos estaba en calma”.
LA FRONTERA
Sin ceder al desaliento, Rubén, en excedencia del departamento de mantenimiento en Volkswagen, condujo sin parar. En la furgoneta viajaba con la familia numerosa una mujer valenciana, también del Camino Neocatecumenal.
A las 20 horas, detuvo el vehículo en un control. Un militar reparó en su fatiga: “¿No quiere descansar?”, atendió por invitación. “Mire lo que llevo en la furgoneta”, fue su respuesta. “Con todo el cariño”, el militar ucraniano autorizó el paso.
La angustia aumentó al acercarse a la frontera. “¿Cuántos viajan?”, recibió por pregunta. “Doce”. Imposible de cruzar con ese número para un vehículo con capacidad para nueve según la ley. Por instinto, Rubén dice que hincó sus rodillas en tierra y emitió una súplica: “Deje pasar a esta mujer y que acompañe a mis hijos mayores andando. Y el resto pasaremos en la furgoneta”. El soldado sintió lástima. Se retiró con los papeles de la furgoneta y donde debía poner 12 pasajeros escribió 9.
Con Hungría a la vista, quedaban aún dos últimos escollos que sortear. Uno en Ucrania, el segundo en Hungría. Había un problema: once pasaportes para doce personas. La pequeña Sara pasó en el regazo de su madre.
Las gestiones de familiares desde España y Hungría ante el Ministerio de Asuntos Exteriores facilitaron la entrada a la Unión Europea. La hospitalidad brindada en otra misión Neocatecumenal, en Miskolc, donde residen los también navarros Chema Palacios Vallejo y Amaia Francés Zubieta, alivió los pesares. La tranquilidad transmitida por Rubén y Nuria ha satisfecho los interrogantes de los más mayores entre sus hijos. “No les hemos visto asustado”, dicen, mientras descansan y realizan gestiones, también de escolaridad, en su nuevo escenario de vida. “Es impensable volver a Ucrania. Hemos sido felices allí. Quienes se han quedado se están volcando en acoger a refugiados que vienen del sur”. Cuando ven estos días la televisión sienten que se les “parte el alma”. Recuerdan a “tantas personas que nos han querido”.
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