

La odisea de una familia navarra con 9 hijos para dejar Ucrania
Veinticuatro horas de incertidumbre, no exentas de miedo en un vehículo con nueve menores, de 11 a dos meses de edad, separan a la familia Del Brío Sala de la guerra en Ucrania de su salvación tras franquear la frontera y ser acogida en Hungría
Actualizado el 26/02/2022 a las 07:47
Hemos pasado la frontera y estamos aquí, en Hungría, pero nuestro corazón está en Ucrania”. A las dos de la tarde de ayer, la pamplonesa Nuria Sala Gil de Avalle y su marido, Rubén del Brío López, franqueaban con sus nueve hijos el puesto fronterizo con el alivio de espantar el rastro de la guerra pero con el pesar hondo de dejar atrás cuatro años y medio de dedicación y vida en una misión Camino Neocatecumenal Ad Gentes. “Allí se han quedado nuestros hermanos de misión. Esperamos y confiamos que el Señor esté con ellos”. La mujer, de 34 años, se acogió a sus convicciones religiosas para sobrellevar la dureza de un éxodo forzado.
A las 24 horas de abandonar Vinnytsia, enclavada a tres horas y media de Kiev, Nuria Sala, su marido y sus nueve hijos, de 11 años a dos meses de edad, abrazaban la acogida dispensada en otra misión de igual carisma en la localidad húngara de Miskolc. En ella, recibían la hospitalidad de los también navarros Chema Palacios Vallejo y Amaia Francés Zubieta.
Su periplo de incertidumbre acababa a 778 kilómetros, jalonado de barricadas, miedo y también hospitalidad de ucranianos que ofrecían sus casas para que pernoctasen, como confesó la mujer a sus padres, Kiko Sala Pericas y Carmen Gil de Avalle Melero, en las conexiones periódicas vía telefónica.
Cuando Rusia confirmó su amenaza de invansión, el jueves por la tarde, el matrimonio y sus hijos decidieron emprender el viaje. Sin descanso y apenas escalas para hacerlo lo más rápido posible, el marido estuvo prácticamente las 24 horas al volante. Los menores fueron “unos bentidos”, a decir de la expresión de su madre, extenuada por el esfuerzo realizado y el golpe anímico de despedirse de seres queridos allá donde forjó lazos entrañables de convivencia. “Estamos muy cansados”, señalaba en un mensaje de voz.
El abandono fue duro para quienes optaron por dejar su entorno conocido en Pamplona para participar en una fundación neocatecumenal junto a otras dos familias, un sacerdote ucraniano y un seminarista estadounidense.


Pero la guerra, que no era esperada por los ucranianos en una calma tensa instalada desde el año 2014 -como observa el padre de Nuria, Kiko Sala, que en Navidades visitó Vinnytsia junto a su mujer-, hizo trizas cualquier plan de futuro. El escenario más que preocupante precipitó la salida en furgoneta para ponerse a salvo. A las horas de tomada la decisión, caían bombas en las inmediaciones. En medio de la “huida” que, a lo ojos creyentes de Nuria Sala, fue “esperanza”, un contratiempo salió a su encuentro en el puesto fronterizo de Hungría. La pequeña Sara, de dos meses de edad, carecía de salvoconducto y pasaporte. El trámite burocrático quedó en un sobresalto, resuelto de forma satisfactoria para poder continuar el viaje. El proceso administrativo será resuelto la próxima semana en la embajada española en Budapest para así poder emprender el viaje de regreso hasta España.
A su llegada ayer a Miskolc, la familia de acogida Palacios Francés, como el resto de las implicadas en su misión neocatecumunal, se volcaron en su recibimiento. “Pedimos colchones y fundas nórdicas para que toda la familia pueda dormir estos días en una habitación grande de nuestros hijos”, expuso Amaia Francés.
La respuesta generosa se ampliará con la llegada de otros refugiados que participan de sus mismas convicciones y que debieron salir de forma apresurada de Ucrania en una escalada que se antoja copiosa. El Gobierno de Navarra, al tiempo de condenar la “agresión” al pueblo ucraniano, expresó ayer su ofrecimiento a acoger a personas refugiadas.