Opinión
Partido a partido


Publicado el 18/10/2021 a las 06:00
Sábado, nueve de la mañana. Los casi 8 años de mi hijo pequeño corren y saltan hasta mi cama. Y me instan a que me levante ¡yaaaaaa! Mi cansancio acumulado de toda la semana remolonea debajo del edredón. ¡Con lo agusto que estaba y lo que me divertía ese sueño en el que viajaba por otros mundos y otros tiempos! En fin. Se acabó y, aunque me da una pereza terrible, no me queda otra que poner el pie derecho y luego el izquierdo en las zapatillas de la realidad. “¡Que hoy es mi primer partido de liga! ¡Venga, que no llegamos!”, me urge a ponerme en marcha. ¿Que no llegamos? ¡Pero si quedan dos horas para la cita con el entrenador! Eso a mi hijo no le importa. Tiene mucha prisa por meter goles al equipo contrario. Que no me duche, me dice. Que no hace falta que desayune, añade. Que nos vamos ya, se impacienta. Me quito las legañas y le veo vestido, por primer vez, con su equipación de balonmano. Seré una moñas, pero me hace ilusión. Y, de un golazo, casi casi se me evapora el agotamiento. Porque, aunque lo confieso, la organización y logística de los partidos de los sábados por la mañana (desde ahora, ya multiplicados por tres) es compleja, me gusta ver a mis hijos defendiendo su portería y atacando la de sus rivales. Peleando, mano a mano con sus compañeros de equipo, para que su marcador siga sumando puntos. Así es el deporte. Y así, también, la vida.
Mi pequeño no deja de ‘bailar’ en el banquillo. Nervioso porque quiere salir a la cancha. Cuando lo logra, corre como un torbellino hacia la portería contraria con el balón en su mano derecha y la vista puesta en ese portero que se mueve de un lado a otro. “Con lo grande que es la portería. ¿Cómo no meten gol?”, me pregunta mi madre, sentada a mi izquierda y más nerviosa que yo. “A ver, mamá, que llevan tres semanas jugando. Que los otros son muy buenos...”, excuso a mi hijo. Y, de repente, no sé cómo, salta, machaca y gooooooool. Las dos nos ponemos de pie y, sin ninguna vergüenza, levantamos los dos brazos, con los puños de las manos cerradas. En un acto reflejo. En un gesto instintivo de victoria. El niño mira hacia la grada y, al vernos, entonces es él el que levanta su pulgar. Sus compañeros, contentos, chocan las palmas. Y los padres, entre risas, lo festejamos. “¡Qué tensión! ¡Cualquier día nos da un infarto!”, alega una de las ‘hinchas’.
El árbitro pita el fin del primer tiempo y las madres comenzamos a hinchar globos rosas. Que lleváramos algo de ese color para mostrar nuestro apoyo al cáncer de mama, dijo el entrenador en el wasap. Muñequeras, camisetas... Se me ha olvidado, lo confieso. Pero agito bien alto los globos que me han dado. “Apoyar al cáncer”, pienso. La marea rosa, un año más. Y, claro, no puedo dejar de acordarme de Raquel. Dentro de dos meses se cumplirán tres años desde que un cáncer de mama con metástasis nos la arrebató. No perdió ninguna lucha. Eso no. No me gusta ese lenguaje.
Pienso ahora en Mar, mi compañera de la Ruta Quetzal, a la que entrevisté el otro día para mi podcast ‘Déjame que te cuente’. El pasado abril, con 44 años y dos hijos de 17 y 8, también recibió el mismo diagnóstico: cáncer de mama metastásico. ¿Quizá porque la atendieron tarde al estar todo colapsado con el covid? Puede ser. O no. Me encantó conversar con ella. Un ejemplo de persona y un aprendizaje para los demás. Es de esa gente que habla con el pensamiento. Cuyas ideas se tornan rápidamente en palabras. Y que de da, aunque ella no sea consciente, un titular detrás de otro. “No hay que vivir restando sino sumando”, me confesó en relación a esas personas que atraviesan un tratamiento de quimioterapia y descuentas los días que les quedan para terminarlo. “Yo no sé cuándo voy a acabar. Así que prefiero sumar días a mi vida”. Nada más que añadir.
Mientras rumio esas frases en mi cabeza, sigo agitando los globos hacia el terreno de juego. El marcador no deja de sumar puntos en el equipo visitante y el de mi hijo sigue sin meter apenas goles. A la salida, imagino encontrarme al pequeño cariacontecido. Pero no. “Mami, hemos perdido- me adelanta por si yo no me he enterado-. Es que eran muy buenos. Otro día ganaremos”. Claro que sí. No siempre se gana pero siempre se da lo mejor. Como en el cáncer. Como en la vida. Partido a partido.