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Palabra de peregrino

Que no son gigantes, son molinos

Vamos al asalto del Perdón, que se levanta como el muro de Invernalia entre los valles verdes y los campos de cereal

Imagen desde el Perdón
Imagen desde el PerdónDN
  • Sergio García. Bilbao
Actualizado el 21/07/2021 a las 21:18
Luis es un héroe. O lo más cerca que estaré yo de conocer a uno. Ataca los repechos del camino con la férrea determinación de un mastín del Pirineo, mientras el sudor le dibuja un test de Rorschach en la espalda. Si le preguntas cómo va, te contestará que jodido, pero contento, con esa voz aguardentosa detrás de la que se esconde un superviviente. Luis -vecino de Vilanova i la Geltru, 65 años-acaba de superar un cáncer de laringe y cada paso que da contraviene las leyes de la física.
Cinco sesiones de quimioterapia y 32 de radio parecen confabularse en cada recodo para que hinque la rodilla quien ya ha recorrido estos andurriales hasta el aburrimiento, sabedor de dónde está cada puesto de avituallamiento, el albergue al mejor precio, el ribazo donde hundir los pies cansados, ajeno a todos y a todo. Pero no se rinde.
Antes de agotar su munición está dispuesto a lo que nunca antes se había planteado, que Correos le lleve la mochila de una parada a otra. “No me esperéis, ya os alcanzaré”, brama.
Amanece en Zubiri y el cielo vaticina un día de fuerte calor. No hay tiempo que perder; cada minuto de retraso se convierte luego en un pequeño calvario en forma de fuego que cae a plomo. Mientras el sendero discurre bajo la bóveda de los árboles, la conversación fluye entre risas y zascas; cuando abandonas la sombra un silencio sepulcral cae sobre la fila, donde se van abriendo huecos.
A la derecha discurre el río Arga, que nos acompañará hasta las murallas de Pamplona, regalando los oídos con el rumor cristalino del agua. Y los puentes que cosen ambas orillas, el de la Rabia en Zubiri, el de los Bandidos en Larrasoaña o el de Trinidad de Arre, este sobre el Ultzama, a las puertas de Villava, el pueblo de Miguel Induráin.
En Akerreta, sentado a las puertas de un caserío resplandeciente de cal y levantado con sillares de tamaño catedralicio, encuentro a Pau tocando el ukelele; la melena suelta mientras desmiga las notas de ‘Over the rainbow’. Es Pau un tipo singular, que se licenció en Matemáticas, trabaja de programador y aspira a convertirse en fisio, para lo que se ha consagrado al estudio del shiatsu.
Mientras desentraña secretos de raíz oriental, uno se pregunta si este barcelonés de sonrisa tímida y zancada de guerrillero ha venido al Camino con ánimo de demostrar que la línea recta no es siempre la distancia más corta entre dos puntos.
El paisaje va mutando poco a poco. Los bosques frondosos que eran una constante la víspera, empiezan a espaciarse conforme dejamos atrás Zuriain e Irotz hasta estrellarse contra los primeros campos de cereal donde ya ha comenzado la siega. Las pacas de heno se amontonan junto a la carretera a la altura de Zuriain, como vigías desplegados en formación. Para entonces el pelotón se ha desmembrado tanto que hay que buscar a los peregrinos no en el Camino, sino bajo el toldo de los bares, donde las comandas de txistorra son ‘trending topic’.
Abajo, en el llano, Pamplona hierve sin necesidad de Sanfermines. Es fin de semana y detrás del baluarte los bares del Casco Viejo combaten el calor con ‘cañones’ de cerveza a mansalva. Idoia y Carlos venden el próximo número ganador de la Lotería de Navidad en la Plaza del Castillo, mientras Rafael Moreno, cuarta generación de propietarios del Hotel La Perla, repasa las bondades de la habitación que ocupaba Hemingway, la 217 -ahora 201-... a 650 euros la noche. Seguro que algún aspirante a escritor se lo piensa, quién sabe, igual hasta se le pega algo.
Atrás la vieja Iruña
El Camino abandona la vieja Iruña por la Universidad de Navarra y llega hasta Cizur Menor por una cuesta que anticipa los rigores de una jornada de calor, calor. Hoy cada uno ha salido a su aire y es aquí donde yo equivoco el recorrido siguiendo los pasos de una mujer que caminaba con bastones y que yo he tomado por peregrina. Craso error: caigo en la cuenta a las puertas de Pedraza. Dos kilómetros a lo tonto (y otros tantos de vuelta).
Cuando empiezo a subir el Alto del Perdón -que toma nombre del arrepentimiento que mostraban los peregrinos medievales que habían aprovechado su parada en Pamplona para dar rienda suelta a sus instintos más bajos y pasarse el espíritu jacobeo por el forro- son las diez de la mañana y para entonces las botellas de Aquarius van cayendo de dos en dos. Los repechos a partir de ahí -y durante 2 kilómetros- son criminales. Cuando hacemos cumbre, rodeados de aerogeneradores que se alzan hacia el cielo como gigantes, descubro que es aquí donde se juntan el camino del viento y el de las estrellas. Estoy hecho un escombro y la bajada -llena de piedras y de ocasiones para torcerse un tobillo- no contribuye a mejorar las cosas. Tomamos al asalto el bar de Uterga y la cerveza corre como si no hubiera un mañana.
La camarera habla de una ermita, Santa María de Eunate, una joya del siglo XII con el claustro extramuros. “Un día es un día y siete, una semana”, pienso, y me desvío -serán otros 5 kilómetros-. Cuando llego allí, entre campos de maíz, cebada y cotos de codorniz, veo que el templo está cerrado por la boda de Belén y Javier.
- ¿Os retrasó mucho el Covid?
- ¡Qué dices! Llevábamos 25 años de novios, si no es por la pandemia, aún lo estamos pensando.
No pierdo ni un minuto. En Puente la Reina espera el albergue de los Padres Dehonianos: 7 euros la noche, lo mismo que las piscinas municipales donde acabamos todos a trompicones como una horda de bárbaros.
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