

Un día en una cola del hambre
Las cifras de la extrema pobreza en Navarra son “tan impactantes como preocupantes”. Una realidad invisible que, sin embargo, “no forma parte de la agenda política y mediática”. Esto es lo que sucede un miércoles cualquiera en Pamplona
Actualizado el 11/07/2021 a las 07:13
"No he dormido en toda la noche. Estoy muy nerviosa”. Las palabras de Antonia, pamplonesa de 63 años, buscan el brazo de María Ekiza, voluntaria de la Asociación Apoyo Mutuo. Juntas entran a la nave y María le prepara un café con leche en vaso. Antonia, agradecida, se sienta frente a una mesa circular. Sus dedos tiemblan mientras revuelve el café con la cucharilla. El tintineo se solapa con el sonido de las primeras descargas de las furgonetas que llegan del Banco de Alimentos. “Si no fuera por ellos, no podría comer”, acierta a pronunciar, alzando levemente la mirada. Son las 10.35 horas y está a punto de comenzar un nuevo reparto de comida en la explanada de la antigua Matesa, bajo el edificio Iwer, en el barrio pamplonés de la Rochapea. Es el último reparto del mes antes de las vacaciones de verano.
En la calle se escucha la voz de Dora Ruiz, otra voluntaria. “¡Chicos, por favor, descarguen las cerezas de la camioneta!”, solicita, mostrando un gesto de impotencia. “No damos abasto. Todos los miércoles son iguales... y vamos a peor. Y hoy porque hay comida para poder repartir, porque hay días en los que nos quedamos cortos y la gente se tiene que volver a casa con las manos vacías. Nunca habíamos estado tan desbordados”.
Dolor extremo e invisible. Amor solidario, también invisible. Ambos sentimientos conviven en cualquiera de las 183 colas del hambre que existen en esta comunidad, tantas como entidades sociales distribuyen la comida procedente de la Fundación Banco de Alimentos. Según las estadísticas, 70.000 personas sobreviven en Navarra en extrema pobreza y, de ellas, alrededor de 25.000 reciben comida de esta fundación. Sí, comida. La misma de la fotografía principal de este reportaje. Un instante en el que los voluntarios de Apoyo Mutuo -la mayoría personas afectadas por la vivienda y jóvenes que han vivido en la calle- participan activamente en el reparto. Esta realidad sucede en Navarra, cada semana.
“Las cifras de la extrema pobreza en Navarra son tan impactantes como preocupantes, sin embargo no forman parte de la agenda del debate político y mediático, y los índices de esta realidad continúan creciendo”, lamentan desde esta asociación. “¿Por qué no solemos advertir esta realidad a nuestro alrededor?”, preguntaba el 27 de junio el periodista Íñigo Salvoch a la presidenta del Banco de Alimentos en una entrevista publicada en Diario de Navarra. “Porque quizá no miramos donde tenemos que mirar (…). Estamos insensibilizados hacia esta parte de la sociedad”, le respondía Marisol Villar Lecumberri.
Pues bien, cuando uno se adentra en el laberinto de esta invisibilidad social a la que se refiere Villar, lo primero que se siente al traspasar su umbral es el calor de un abrazo, la confianza de una mirada y la tranquilidad de la escucha. Treinta voluntarios que un día vivieron en el filo de la navaja de la invisibilidad conforman hoy el motor de la entrega.
LOS CHICOS DE LA CALLE
Los chicos a los que se refiere Dora son un grupo de jóvenes de origen magrebí que hasta hace unas semanas vivían y dormían en la calle. Gracias al Programa Joven de esta entidad social y a dos de los seis pisos cedidos por el Ayuntamiento de Pamplona, hoy pueden soñar con la esperanza de la inclusión. “En este programa los dotamos de habilidades sociales, de referentes, acompañamiento y formación para un empleo”, explica Mikel Otazu, maestro jubilado y voluntario. “Aquí los hemos acogido y ellos en señal de agradecimiento nos ayudan de manera activa”.
Apoyo Mutuo-Elkarri Laguntza nació en 2013 para ofrecer alimentos a víctimas de desahucios en esta pequeña bajera de las naves de la antigua Matesa. Pero la demanda fue creciendo con más de 150 familias con problemas de vivienda (más de 450 personas). Por eso, en noviembre de 2018 decidieron inaugurar un nuevo local de más de 250 metros cuadrados para almacén de comida, zona de distribución de alimentos, ropero y espacio de reuniones en el mismo edificio para ofrecer en un principio alimentos a personas con problemas de vivienda. Comenzaron ayudando a 150 familias y hoy esta cifra ha aumentado hasta las 292 (50 más que antes de la pandemia). Es decir, un total de 891 personas: 40 son bebés, 107 niños y niñas menores de 8 años, 248 adolescentes y 496 mayores.


“La situación de las familias, si cabe, es más precaria debido a la brecha digital y a que la atención desde todos los servicios es más deficiente”, denuncia su coordinadora, Tere González. “Son la parte más débil de nuestra sociedad. Estas personas acumulan carencias interdependientes de tipo económico, psicológico y sociocultural, que suelen tener como causa fundamental -aunque no siempre- el desempleo crónico en la unidad familiar.
En unos casos, se debe a razones administrativas (desahuciados, situaciones irregulares, final de subsidios, empleadas de hogar sin cobertura), en otros casos a circunstancias sociales (personas migrantes, sin vivienda o viviendo en habitación realquilada, personas con adicciones, soledad, víctimas de violencia de género, aislamiento cultural o falta de red familiar, y también trabajadores y trabajadoras pobres -con empleos precarios y esporádicos-, haber sufrido quiebra económica, perdido su casa, tener escasa formación, sufrir pobreza energética), realidades hoy todavía muy numerosas”, pormenoriza González. “Lo más grave es cuando confluyen varias de esas circunstancias en la misma unidad familiar”.
Las personas que aparecen en esta explanada han sido valoradas previamente por trabajadores sociales de las unidades de barrio. “Aunque cada vez más aparecen hombres solos, sin haber sido valoradas antes”. Es decir, directamente de la calle. El boca a boca les ha traído hasta aquí y el silencio administrativo se prolonga demasiado tiempo. “En esos casos, nadie se queda sin comer y les facilitan una caja de emergencia”, aseguran.


La recepción esta mañana de miércoles se ha organizado en grupos de 25 personas y cada treinta minutos a través de Whatsapp. Si las cerca de mil personas llegaran a la vez y se dispusieran en una fila, la imagen sería muy diferente, probablemente como las de otras ciudades. “El problema de la alimentación tiene mucha conexión con la Renta Garantizada”, continúan explicando desde Apoyo Mutuo. “Es necesaria una reforma que mejore la protección de la infancia. Hay que eliminar el tope de tres rentas garantizadas por domicilio para evitar la comercialización de padrones y las injustas situaciones que se están dando y que implican mucho sufrimiento”.
El primer matrimonio en presentarse en el mostrador de unas cajas aún sin preparar del todo lo hace a las 11.00 horas. Yolanda y Adolfo, hondureños de 63 y 70 años, se acercan al mostrador improvisado con los primeros alimentos en descargarse y organizan el carro de la compra. “No recibimos ninguna ayuda, así que nos alimentamos de esta comida. Tenemos para una o dos semanas”, dicen agradecidos. “Nos vimos obligados a huir de Honduras para que las maras no nos matasen. Ya sabe, allí piden la renta ( impuesto revolucionario). Y si no se la das, matan a alguien de tu familia”.
Las familias llegan y comunican un número de identificación a los voluntarios. Una vez comprobado, reciben la caja de fruta o de alimentos básicos. Los chicos ayudan a cargarla en sus coches o les acompañan a la villavesa. La cola del hambre es, sobre todo, silencio. Hasta los pequeños se muestran serios y esquivos. “Colaboramos para que la gente pueda comer. Uno haciendo esto se siente triste pero muy útil”, asiente Freddy Pintado, otro de los voluntarios, a la vez que trocea unas sandías que acaban de recibir. Poco a poco, las cajas de plástico se tiñen de color: el naranja del gazpacho, el rojo de la sandía y de los tomates, el blanco de los yogures... Hay hasta roscones de reyes.
"ES NUESTRA PRIMERA VEZ"
Un poco antes de las doce dejan de aparecer las furgonetas y los chicos aprovechan para tomar un respiro y picotear unas cerezas. En este grupo destaca por su castellano Mohamed ‘Simo’, de 27 años. Mikel Otazu lo presenta como uno de sus hijos de acogida. Y el joven dice lo mismo una vez que se queda a solas con el periodista. “Mikel es como si fuera mi padre”. Simo trabaja de voluntario en Apoyo Mutuo y en la Fundación Banco de Alimentos. Sueña con formarse como electromecánico y trabajar. También reconoce que aún siente miedo. Un miedo que embarcó en su cabeza hace dos años, en enero de 2019, en una aldea próxima a Casa Blanca.
“Pagué 500 euros por la patera y tardamos tres días en ver costa. Se nos paró el motor y casi nos hundimos. El mar estaba muy picado y los niños no dejaban de llorar. Sé nadar, pero no llevábamos chalecos salvavidas”. Una patrullera de la Guardia Civil los auxilió frente a Zahara de los Atunes. “¿Por qué me tuve que marchar de Marruecos? Yo nací bereber y los bereberes somos repudiados en Marruecos. No tenemos derecho a educación universitaria ni a hospitales, incluso en algunas aldeas nos falta luz eléctrica”. En marzo de 2019, gracias a un conocido, llegó a Pamplona. “Y ahora ayudo a los demás como agradecimiento”.
El reparto de alimentos en este aparcamiento del edificio Iwer se distribuye en dos zonas: en una se entrega la caja de alimentos básicos y en otra la fruta. Ana y Ricardo, de 78 y 69 años, organizan el carro con mimo: garbanzos, un litro de aceite, pasta, pescado (atún, sardinas), azúcar, harina y leche. Por detrás, una joven ucraniana de 35 años con sus tres hijas, de 11, 10 y 7. La mayor hace de traductora. “Es la primera vez que estamos aquí. Mi madre está sola y no trabaja. Somos refugiados de ucranianos y este mes no hemos recibido la ayuda que nos daban”, aclara la hija. A dos metros de ellas se encuentran dos hermanos hondureños, Kevin y Yeimi, de 26 y 24 años. “Teníamos un negocio, una pulpería (comercio) y los mareros nos pidieron la renta. Entraron a la tienda, me dejaron un móvil y me dijeron que estuviese atento a la llamada que iba a recibir. En cuanto me dieron el teléfono ya sabía que eran los mareros. Dos horas después, llamaron. “Tienes que entregar la renta todos los lunes, si no lo haces ya sabes...”, amenazaron. Pidieron 500 lempiras a la semana (30 euros). Y la policía hondureña es cómplice”.
"AL PRINCIPIO, VERGÜENZA"
Adela, pamplonesa de 57 años, recibe la caja y se marcha a toda prisa. Se muestra esquiva, nerviosa. “¡Tengo una entrevista de trabajo! ¡Por fin!”. No sabe si reír o llorar. “Por fin me han llamado para una entrevista de cocinera”. Suspira. Sus palabras se serenan. “Hace cinco años me separé, el banco me quitó el piso y ahora tengo una deuda de 89.000 euros. Y sin trabajar, con 600 euros de ayuda y una hija de 20 años, es muy complicado poder alimentarse si no vienes a un sitio como este. Al principio, me daba mucha vergüenza. Recogía la comida y me largaba…”, recuerda. “Durante un mes solo comíamos patatas. A veces incluíamos otros alimentos que nos proporcionaban vecinos. ¿Que si existe esta realidad en Navarra? ¿No la estás viendo? Ahí delante la tienes. Y hay gente de aquí. Y claro que hay solución. Todo depende de la vivienda y de un trabajo digno”. Los chicos magrebíes siguen en la primera línea de la entrega sin bajar el ritmo. Hasta la puerta se acerca con un bastón una mujer de 51 años. Marta es de Pamplona y sufre una incapacidad por la que recibe 504 euros. Y sin ninguna otra prestación, paga un alquiler social de 196 euros, más los gastos de luz, agua... “Si no viniera aquí no podría alimentarme”.
15 horas. Termina el reparto. Solo han sobrado cajas de cerezas. “Estas personas son ‘Los Nadie’ de Eduardo Galeano. Acumulan tantos problemas y dramas en sus vidas”. El susurro de Tere González truena frente al vacío del aparcamiento. Mikel Otazu se queda pensativo. “Hace unos días nos han avisado que hay previsto un proyecto urbanístico para esta fábrica. Todo esto tiene los días contados. Mil personas van a tener dificultades para alimentarse, para abrigarse o recibir acogimiento si desaparecemos...”.
De repente, llega Juan, de 90 años. El último eslabón de esta cadena invisible del dolor y el amor. Lo hace en bicicleta. Se carga de bolsas y se despide agradecido. Su pensión es mínima y no le da para poder alimentarse.
Tere González cordinadora de apoyo Mutuo: “Necesitamos que se gobierne para las personas”
“Esta crisis sanitaria ha puesto en evidencia carencias referidas a derechos humanos. Estas bolsas de vulnerabilidad se encuentran al límite de la dignidad, la intimidad, la seguridad y los derechos de los menores a su integridad y desarrollo. Estas bolsas se ningunean y desconocen en la ciudad. Es como si no existieran. Y parece que no se vislumbran políticas que luchen por menguarlas. Somos sociedades satisfechas que, más que preocuparnos, parece que nos molesten estas personas, como si fueran culpables de “su propio fracaso” triste y duro, cuando el fracaso es de un sistema que lo vive todo como un negocio. Necesitamos que se gobierne para las personas, con autoridad moral, aunque se tenga miedo de lo que opine la mayoría. La pobreza no es un estado natural para vivir. Hay que simplificar y agilizar la gestión de las prestaciones económicas. Tres meses de revisión es mucho tiempo para familias con niños y niñas. Hay que eliminar el tope de tres rentas garantizadas por domicilio para evitar la comercialización de los padrones y las injustas situaciones que se están dando y que conllevan mucho sufrimiento. Empadronar a alguien en un domicilio implica subir el alquiler 50 euros. Y se están pagando habitaciones a 500, más de la mitad de la renta”.
Antonia, pamplonesa separada de 63 años: "Con 400 euros no tengo ni para comer"
Separada y con tres hijos, uno de ellos fallecido hace unos meses, Antonia explica que antes de casarse tenía un trabajo fijo y se vio obligada a abandonarlo. “Me quedaba mucho tiempo sola en casa, muchos fines de semana y empecé a sufrir depresiones. Al final, me separé después de muchos años y me quedé viviendo con mis padres”, relata. El dinero que recibió de la separación lo invirtió en un piso, lo pagó al contado, y avaló a uno de sus hijos en una casa de pueblo. En 2008, durante la crisis, su hijo perdió la vivienda y desde entonces Antonia vive encadenada a una deuda de 60.000 euros. Esta situación la llevó al precipicio de la enfermedad y gracias a la psicóloga, que conocía Apoyo Mutuo, la pamplonesa se acercó a esta asociación, donde además de alimentos y ropa, recibe compañía. “Con dos ayudas que apenas superan los 400 euros, no llega ni para comer. Y en agosto me han amenazado con quitarme mi piso”
Antonia, ¿qué recibe aquí?
Para mí es mucho. Lo básico para poder vivir... y compañía.
¿Sin esta ayuda podría alimentarse de manera digna?
-eguramente no podría comer. Porque, claro, hay que pagar otras cosas… Lo estoy pasando muy mal. Nos ha quedado la deuda de la casa de mi hijo y en agosto termina el plazo de cinco años que me dieron para devolverla. Los bancos no perdonan. Nos quitaron todo. Y me amenazaron entonces diciéndome que mi piso también lo tenía que entregar. Y yo les pregunte si no les bastaba con lo de mi hijo. A ver qué sucede en agosto. ¿Por qué no me pueden perdonar la deuda?