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Superación

Simón, ahora me toca a mí

Hace seis años, un perro fue adoptado para acompañar a un enfermo de cáncer y ayudó a su hija a superar la depresión tras su muerte. Ahora, sin un ojo y con problemas de salud, es ella quien lo cuida

Elizabeth Tardío Ochoa sostiene en brazos a Simón, en el parque Yamaguchi de Pamplona
Elizabeth Tardío Ochoa sostiene en brazos a Simón, en el parque Yamaguchi de PamplonaJ. C. Cordovilla
  • M. Munárriz
Actualizado el 03/07/2021 a las 22:58
Hasta cuatro perros pasaron por delante del hocico de Simón, y al menos un par tiraron de la correa. También un grupo de estudiantes salió a voz en grito del Planetario. Pero este mestizo de 11 años se mantuvo en su sitio, pegado a ella, y con su único ojo avizor a sus gestos. Y ella es Elizabeth Tardío Ochoa, de 39 años y vecina de Pamplona, que hace seis decidió adoptar a un perro para que le hiciera compañía a su padre.
“Él (Francisco Javier Tardío Orduna) tenía un cáncer terminal. Fue un golpe terrible porque estábamos muy unidos; vivíamos juntos”. Y habla en pasado porque él no pudo superar la enfermedad ni tan siquiera conocer a Simón, ese perro con el que había planeado pasear cuando en el hospital le permitieran salir.
Así que Eli fue a varias protectoras y finalmente recaló en la de Mutilva. “Me contaron que cinco años antes lo habían recogido vagando por una carretera de la Ribera. Por su comportamiento tranquilo, por lo bien que se deja manejar con la correa, se nota que fue un abandono”. De hecho, cuenta ella, los voluntarios que acudían a las instalaciones a sacar a los perros a pasear siempre tenían a Simón como preferido. “Pero como es ‘feico’, luego nadie lo adoptaba. Y yo pensé, pues mira, este perrete está hecho para nosotros, que nos da igual el aspecto físico, que lo que queremos es uno que se adapte al ritmo de mi padre... y como Simón eran tan bueno...”.
Pero la misma noche que Simón entraba por la puerta de casa llegaba la noticia de la muerte de su padre. “Aunque era un perro para él, la conexión conmigo ya estaba hecha. Ni se me pasó por la cabeza llevarlo de nuevo a la protectora”. Y, al final, la presencia de Simón se hizo fundamental cuando parecía que su destino no iba a ser otro que el de perro de compañía. “Caí en una depresión, echaba mucho de menos a mi padre. Pero tenía que salir cada día a sacar a Simón, no podía descuidarlo. Había adquirido un compromiso con él”.
Al principio eran paseos cortos, en los que rehuía de la gente. “Poco a poco se hicieron más largos, y entre Simón, que me ayudó a regular mi vida, y los amigos, salí de aquel pozo”. Recuerda que en los días más negros, el perro se quedaba a su lado. “Me perseguía a todos los lados, incluso hasta se venía al baño conmigo. Era como si quisiera cerciorarse de que estaba bien”.
SIN OJO POR UN PALO
Pero poco después Simón enfermó de leishmaniosis. “Temblaba, se le caía el pelo, perdía el equilibro, le salían eccemas, le dolían las articulaciones... nos costó dar con el tratamiento y, aunque es una enfermedad para toda la vida, ahora está muy estable”. Y el pobre Simón hizo bueno lo de a perro flaco todo son pulgas, porque después le picó una garrapata que le afectó al cerebro. “De vuelta otra vez al veterinario...”, suspira Eli.
Y ya, de postre, cuando el perro estaba en la huerta de su abuelo alguien le metió un palo en el ojo. “¡Uf! Casi me da algo. Lo llevo allí para que pueda correr a sus anchas y me lo encuentro herido. Corrimos a Urgencias pero no le pudieron salvar el ojo, se lo había reventado. Lo malo es que ahora empieza con cataratas en el otro y empieza a estar sordo”.
La lista de cuidados es larga y cara. “Hay gente que me dice que no me gaste más dinero, que lo sacrifique. Pero yo les digo que no tiene dolores, que sigue siendo ese perro que hace la croqueta, que te sonríe, que menea la cola feliz. Él me cuidó; ahora me toca a mí”.
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