Coronavirus

Andrea Martínez Lacamara: “Quiero que me devuelvan mi vida”

Testimonios de Andrea Martínez, Magdalena del Pozo y una médico de Atención Primaria, tres pacientes de covid persistente

Testimonios de mujeres con secuelas de covid: “Quiero que me devuelvan mi vida”
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Testimonios de mujeres con secuelas de covid: “Quiero que me devuelvan mi vida”Eduardo Buxens
Testimonios de mujeres con secuelas de covid: “Quiero que me devuelvan mi vida”

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N. Gutiérrez

Actualizado el 06/06/2021 a las 06:00

“Tuve covid en septiembre y octubre durante 40 días. Sufrí al principio neumonía bilateral. Cuando pensé que lo peor había pasado empezó el calvario”. El otoño, pero sobre todo los meses posteriores hasta ahora, marcó un punto de inflexión en Andrea Martínez Lacamara, que nació hace 48 años en Rosario (Argentina) y es hoy en Pamplona asesora de la multinacional alemana Engel &Völker. Recurre a una sentencia contudente para definir el giro vital que ha experimentado: “Mi vida está dividida entre un antes y un después de la covid”.

Su vía crucis particular estuvo jalonado de problemas en “el sistema digestivo, renal y circulatorio”. Acabó siendo diagnosticada de lívedo retricularis por los problemas circulatorios: “Se me adormecen las extremidades al punto de no poder conducir muchos días. Se me caen las cosas de las manos y me mareo. Siempre he sido activa y sociable pero al sentirme tan mala evito reunirme con la gente. Quiero que me devuelvan mi vida anterior. Siento dolores musculares hasta tal extremo que me cuesta desplazarme y dormir bien. Soy una persona deportista y muchos días me tengo que parar a descansar cuando voy caminando al trabajo. La conjuntivitis va y viene”. El jueves, cuando estaba cambiando las sábanas de su cama, reparó en que la “caída del cabello es otro síntoma” del lastre que acumula. “Mi doctora me dice que espere a resultados de una ecografía y unas placas antes de ponerme la vacuna. La verdad estoy muy contenta de lo bien que estoy atendida en el Centro de Salud del Casco Viejo”, afirma. Cuando asomó la covid en otoño, abría las ventanas de su vivienda, con vistas al Ayuntamiento, y sentía ahogarse. “Parecía que se hubiese terminado el aire en el mundo”. Aquella sensación pasó, pero el coronavirus no olvidó. Con anticuerpos generados sigue su calvario.

Magdalena del Pozo Haro, paciente: “Es un sinvivir; me han sacado 32 tubos de sangre”
 

 

 

 

 

Testimonios de mujeres con secuelas de covid: “Quiero que me devuelvan mi vida”

“Esto es un sinvivir. Me está desesperando emocional y físicamente. Me han sacado 32 tubos de sangre en diferentes pruebas para ver qué es lo que tengo. Hay algo raro en mi organismo. Todo esto me produce angustia”. El relato desgarrador corresponde a Magdalena Del Pozo Haro, que nació hace 62 años en Ecuador y burladesa de adopción desde hace casi dos décadas. En septiembre -asegura- comenzó “un martirio total”. No necesitó ingreso hospitalario porque no tuvo problemas respiratorios. Las dificultades que experimentó fueron circulatorios. “Las piernas se me ponen moradas, azules. Se adormecen los dedos de los pies. Me queman las plantas de los pies”, ofrece como ejemplo del drama personal para concluir con una sentencia demoledora: “Caminar es un martirio”.

En su caso, las secuelas se revelaron igualmente en “intensos dolores de cabeza” y pérdidas de orientación, “como despistes”. “En mi mente veo una imagen y no me salen la palabra para pronunciarlo. Es terrible”. De baja desde que se infectó en septiembre, esta consultora internacional en gestión ambiental afirma que en un principio le diagnosticaron vasculitis y que siguió un tratamiento acorde a las pautas señaladas. Pero su salud seguía renqueante. No sentía mejoría.

CAMBIO DE DIAGNÓSTICO

“Hace poco tiempo”, el proceso varió con una nueva impresión en Medicina Interna. “Tengo que darle una mala noticia -escuchó de una especialista- ‘Usted no tiene vasculitis. Tiene lívedo reticularis’” con afección de “necrosis covid”, como asegura.

Claro está, el cambio comportó un nuevo tratamiento en medio de “la desesperanza y el agotamiento emocional” que sigue aferrado a su piel. Dice que le acaban de realizar una biopsia en la pierna y que ha acabado por desarrollar “una enfermedad rara”.

Aún recuerda los primeros días de haber contraído la covid con una insistencia al 112 para que le trasladasen en ambulancia al hospital. “No podía caminar. Me encontré tirada en el baño. Sentí que me iba a morir”. Entonces estaba sola. No vivía entonces con su hija, como ahora.

Hoy, en medio de la angustia y sufrimiento que es apreciable en su rostro cansado, tiene palabras de agradecimiento por el apoyo encontrado en la Plataforma de Afectados de Covid Persistente. Además de reconocerse en el espejo de personas que padecen una situación similar, el grupo le puso en contacto con Medicina Interna y facilitó su acceso a terapias de relajación, entre otros recursos de bienestar.

M.S.A., médico de Atención Primaria y paciente de covid persistente: “Las pruebas salían bien pero yo estaba mal”
 



Una prioridad mantiene concentrada en estos últimos nueve meses sus esfuerzos mermados: “El bienestar de mis hijos”. Débil por arrastrar secuelas del mal que le atenazó el 30 de agosto, cuando le fue confirmado el contagio con una PCR positiva, busca “disimular” su estado en su entorno familiar para evitar que su ánimo lastimado afecte a sus seres queridos. “Una de las cosas que me ha preocupado -dice- ha sido ser paciente siendo madre. Ha sido de los más duro. No quieres que te vean mal. Mi preocupación ha sido proteger a mis hijos, que ellos no percibieran miedo y tristeza”. Un impulso de emoción ahoga sus palabras, reflejo de su empeño interior y callado por contener el dique de una cascada de lágrimas.

“Disimular” en los quehaceres cotidianos pasó a dominar el código de sus acciones. “Si tenía que hacer la comida intentaba que fuese fácil de preparar para poder sentarme después”.

El testimonio es de una médico de Atención Primaria, negativo en pruebas de contagio pero con un lastre duradero en su cuerpo como paciente de covid crónico. Se acoge al anonimato con la única referencia de sus iniciales, M.S.A., por la responsabilidad pública que asume a sus 45 años de edad que, claro está, limitada como se encuentra en estos momentos, no desempeña desde hace nueve meses.

En este tiempo de diálogo consigo misma ha podido repetirse, experimentar y valorar el ejemplo de “resiliencia” y respuesta ante la adversidad de aquellas personas que acudían a su consulta. “Así como yo acompaño su debilidad, la fortaleza de otras personas enfermas ha sido un ejemplo para mí”, asegura. “Día a día me he acordado de la experiencia profesional”, agrega. Volver con su mente a la consulta y colocarse ante el espejo de sus pacientes se ha convertido en parte de una rutina cambiante desde que empezó a sentir “mucho dolor de cabeza, palpitaciones y dificultad respiratoria, disnea” en los primeros días de la revelación de la enfermedad. No podía -afirma- permanecer en pie durante mucho tiempo. “Tenía que tumbarme o sentarme”. Una tos seca “durante diez días” completó el cuadro de la fase inicial. Hubo mareos que, como sucedía con la dificultad respiratoria, le obligaban a detenerse al cuarto de hora de estar de pie y tomar asiento. Aunque los test fuesen ya negativos, el coronavirus había dejado su huella. Comenzó entonces un peregrinaje de consultas por diferentes especialidades. “Me hicieron pruebas para descartar neumonía, afección pulmonar... Todo estaba bien pero yo me encontraba mal. Se me volvió a auscultar, a tomar la tensión, el grado de saturación, me vio el otorrino y me hicieron una resonancia. Hubo un diagnóstico de disautonomía, afectación al sistema nervioso periférico, que regula la tensión arterial, la frecuencia cardíaca y que justifica la disnea”. El carrusel de pruebas prosiguió en neumología, neurología y cardiología. No había motivos para la preocupación a la luz de los resultados. “Eran normales”. Pero los problemas no desaparecían. La salud continuaba inestable e incluso agravada por la detección de una nueva anomalía. “Al tercer mes seguía el dolor de cabeza. Y empecé con una desorientación temporal y espacial. Era difícil recordar en qué día estaba. Organizar el día a día, ya fuese la comida o estar al tanto de las extraescolares de mis hijos, me resultaba costoso. Me acuerdo que en noviembre, cuando iba al supermercado apoyada en unos bastones, me detenía en los pasillos a pensar dónde se encontraban las cosas. Mantener la concentración me costaba muchísimo. Me resultaba un gran esfuerzo hacer una operación matemática, como una suma, en las tareas de mis hijos”.

Dinámicas que antes del verano eran sencillas y habituales, como la preparación de un bizcocho de yogur, se tornaron en complicación. Su mente se agolpaba de incógnitas, en apariencia fáciles de resolver, pero que cuando está nublada acaban formando una espiral de difícil respuesta. “Me tenía que sentar porque no me acordaba si el bizcocho de yogur llevaba o no huevos”. La impotencia se revelaba en lágrimas. “Quería acordarme de los nombres de familiares y no podía”, añade como ejemplo de la limitación arrastrada por la covid que padeció en un momento.

MESES DE INCERTIDUMBRE

La facultativa, que es a la vez paciente, habla también de una dificultad compartida con otros aquejados por la covid crónica. “Quería nombrar objetos y no me salían las palabras”. La angustia de tener en mente una imagen y no poderla compartir recrudecía el malestar de su estado anímico por agudizar las trabas en la comunicación.

Lógicamente, la suma de debilidades aumentó la carga emocional. “Han sido meses -dice- de trabajo personal, de trabajar mucho la incertidumbre, de pensar hacia dónde va todo esto. Han sido meses de trabajar la resiliencia, con serenidad, dentro de la inestabilidad de una clínica oscilante en la que un día estás bien pero el otro no. También de disfrutar con cada detalle, con cada paseo aunque me tuviese que parar a descansar en un banco y también de agradecer el apoyo de la familia y de los amigos”.

“El Servicio de Prevención de Osasunbidea puso un recurso de apoyo para el personal, consistente en un taller de Ventilación Emocional. Apoyado y liderado por la psicóloga Matilde Lahera, a la cual estoy muy agradecida, ha sido un grupo de apoyo, bonito y constructivo”.

Su carácter animoso y tenaz ante la dificultad acabó imponiéndose en su voluntad frente a la tentación de ceder al desaliento en una dura prueba. “Participo -dice- del equipo Covid Crónico de Atención Primaria. No soy una persona que se diga a sí misma: ‘¡Qué desgraciada soy!’. Siempre he pensado que si hay un problema hay que ver qué es lo que se puede hacer. Dentro de mis limitaciones y después de todos estos meses que lo he pasado mal intento hacer todo lo posible en cuanto a formación y contraste con mis compañeros de profesión. En esta vida, o tiras para adelante o te das por vencido. Y soy una persona luchadora”.

Con ese mismo espíritu tiene una petición a los servicios de salud laboral de las empresas para que faciliten una reincorporación progresiva a personas aquejadas por covid persistente. “No se trata de hacer grandes cosas pero sí, por ejemplo, ayudar con un reparto de horario o con medidas que atenúen la fatiga porque creo que no nos vamos a incorporar a nuestros trabajos al cien por cien”. También solicita al Instituto de Seguridad Social que sea comprensivo con el proceso de recuperación lenta de personas, algunas de las cuales“están pasando por tribunal” al año de haber tramitado la baja laboral. “Ha habido en este tiempo dos prioridades: una, lógicamente, salvar vidas y la segunda, la vacuna. En medio ha habido pacientes con sintomatología residual. Era la punta del iceberg de una covid crónica”. Su opinión y solicitudes por el bien común es fruto de una reflexión, hecha a la luz de horas de rumia de pensamientos en silencio. “Se pasa mucha soledad y mucho dolor”.

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