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Esquela

El brindis póstumo por la vida de Julián

El 6 de abril de 2020 acabó la lucha de Julián Arróniz contra el cáncer. En plena pandemia, su esquela entonó una bonita jota de despedida. Un año después una nueva esquela en primera persona honra su vida. Un canto al amor y a los valores. Y con mensaje final

Julián y Ione Arróniz brindan el 25-12-2019, su última Nochebuena juntos: “No se le borró la sonrisa.  Nunca dejó de luchar ni de inculcarnos que la riqueza del ser humano reside en saber disfrutar de lo que a cada uno le toca vivir”. Debajo, la esquela homenaje a la vida de Julián publicada en 'Diario de Navarra' el pasado martes.
Julián y Ione Arróniz brindan el 25-12-2019, su última Nochebuena juntos: “No se le borró la sonrisa. Nunca dejó de luchar ni de inculcarnos que la riqueza del ser humano reside en saber disfrutar de lo que a cada uno le toca vivir”. Debajo, la esqu
Actualizada 08/04/2021 a las 06:00

Hay esquelas que celebran una vida. O la vida misma, más bien. Y la que acompaña esta página es una de ellas. “Fallecí en Pamplona, el 6 de abril de 2020, a los 74 años de edad y arropado por el inmenso amor y cuidados de mi mujer María Puy Tristán, mis hijas Lorea y Ione, mis yernos Guillermo y Sergio, mi maravillosa nieta Josune y la tranquilidad y satisfacción de saber que el pequeño Ion estaba de camino”. Así comienza el recordatorio del primer aniversario de la muerte de Julián Arróniz Remiro. Lo cuenta él. En primera persona. Se publicó el martes en Diario de Navarra con una gran repercusión. Todo un brindis de amor hacia su familia y amigos. El homenaje que no pudo tener en plena primera ola mortífera de la covid cuando el cáncer gástrico contra el que luchaba desde hacía 10 años pudo con él. Ahora, un año después, la celebración de su vida ha llegado, pero la historia comienza antes.

Julián vino al mundo en Galbarra, al abrigo de la Sierra de Lóquiz. En pleno Valle de Lana, donde antaño ennegrecían el horizonte de Tierra Estella las viejas carboneras. En ellas trabajó su padre y fraguó la filosofía de vida que inculcaría después a sus hijas: humildad y arraigo a la tierra. Pero para él y Javier, su único hermano, el destino sería otro. Marchó joven a Mondragón, donde pudo estudiar perito industrial y desarrollar después toda su vida laboral en Fagor Electrodomésticos. Y allí conoció a su mujer, María Puy Tristán, natural de Estella y también emigrada. Dos navarros enamorándose en Guipúzcoa y teniendo dos hijas allí. Lorea y Ione. Y todos los fines de semana, vuelta al pueblo. Quizá por eso a ellas les tocó hacer el camino inverso: estudiar la carrera en Pamplona y quedarse en Navarra. Una como directora de la sucursal de Laboral Kutxa en Etxarri Aranaz. Ione como gestora cultural y coordinadora del departamento educativo y social de la Fundación Baluarte y la Orquesta Sinfónica de Navarra.

Hace una década la salud de Julián empeoró. Cáncer gástrico. Años de quimioterapia y sendas complicadas operaciones que no lograron borrarle la sonrisa. “Sufrió muchísimo pero lo hizo en silencio. No se permitió el lujo de trasladarnos ni sus miedos ni su dolor. No estaba en sus planes transmitir miserias y penas, si no todo lo contrario. Positivismo y felicidad, que tan de la mano van. Poniendo en el centro de todo, siempre, a su familia y amistades. Hoy puedo decir con orgullo que lo logró”, comienza su hija Ione. Como muestra de su humor, de lo “disfrutón” que era, la referencia en la esquela a la música, las rancheras y el acordeón con el que Julián era el alma de la fiesta.

“PONEROS LAS MASCARILLAS”

Ella ha sido la encargada de redactar el texto que eriza la piel de quien lo lee. Una decena de frases que evocan bien a quien conoció a Julián. Que emocionan al que le descubre en la esquela. Y no es la primera vez. “Aita falleció en casa, con nosotras, fue muy consciente hasta el final. Nos lo puso tan fácil que nos transmitió una tranquilidad y un amor inmenso. Y se fue con paz. El descanso del guerrero. Aquel día publicamos en el Diario una esquela con una jota y un escudo. El mismo que pusimos en la casa restaurada del pueblo. Con una carbonera y un acordeón, una de sus pasiones. Decía: Muchas gracias mis amichis, mil gracias de corazón, por guardar para el recuerdo, carbonera y acordeón. Al funeral, con el confinamiento, sólo pudimos ir las tres. Mi madre, que vive en Pamplona, pasó el duelo y el confinamiento como una jabata. Entonces emplazamos a la gente al homenaje y funeral que se realizaría después. La covid lo impidió. Poco después llegaría mi hijo, Ion, que nació el 31 de julio. Una luz se apaga y otra se enciende. Y ahora, un año después, pensamos en esta esquela como homenaje. No estamos tristes, sino felices y orgullosas”, cuenta Ione Arróniz.

La idea del texto es que por encima de todo está la gratitud. Dice la familia de Julián que saben que en el año transcurrido la gente se ha acordado bonito de él, que le han brindado. Y querían agradecerlo en su boca. Incluso han tenido el detalle de guardar una posdata final: “Poneros las mascarillas y mantened las distancias. No quisiera veros por aquí. Un abrazo fuerte (aquí sí podemos darlos)”. Y su firma. Julián.


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