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Reconocimiento

Tres sanitarios ponen rostro a la Medalla de Oro de Navarra

Amaya Iriarte, Ana Ariztegi y Carlos Ibero recogerán la medalla de Oro de Navarra

Foto de Ana Ariztegi Echenique, enfermera y jefa de Cuidados Asistenciales y Atención Domiciliaria; Carlos Ibero Esparza, médico coordinador de plantas covid en CHN, y Amaya Iriarte Iribarren, cuidadora sociosanitaria.
Carlos Ibero Esparza, médico coordinador de plantas covid en CHN; Amaya Iriarte Iribarren (centro), cuidadora sociosanitaria, y Ana Ariztegi Echenique, enfermera y jefa de Cuidados Asistenciales y Atención Domiciliaria.
Actualizada 26/11/2020 a las 12:45

Tres profesionales de la sanidad y del sector de los cuidados representarán el próximo 3 de diciembre a los diecinueve mil profesionales sanitarios y sociosanitarios premiados con la Medalla de Oro de Navarra. Se trata de la cuidadora Amaya Iriarte Iribarren, la enfermera Ana Ariztegi Echenique y el médico Carlos Ibero Esparza.

Amaya Iriarte Iribarren pertenece al personal de la residencia Virgen de Jerusalén de Artajona, uno de los centros que más sufrió durante la primera ola de la covid-19 y que se destacó por su respuesta ante la crisis. Por su parte, Ana Ariztegi Echenique es jefa del Servicio de Cuidados Asistenciales y Atención Domiciliaria en Atención Primaria. Carlos Ibero Esparza es facultativo especialista en Medicina Interna y Enfermedades Infecciosas del CHN, y médico coordinador de la atención a las plantas covid-19 en el Complejo.

Tras conocerse este miércoles la designación de estos tres profesionales para recibir la máxima distinción de la Comunidad foral, Diario de Navarra los reunió por la tarde junto al Complejo Hospitalario con el fin de conocer quiénes son estos sanitarios, cómo han vivido en sus carnes la lucha contra la pandemia y cómo han recibido la encomienda de representar a sus 19.000 compañeros.

DÍA MARCADO POR LA PANDEMIA

Cabe recordar que el Gobierno de Navarra concedió el pasado miércoles 18 la Medalla de Oro al personal sanitario y sociosanitario por su actitud durante la pandemia del covid-19, con “atención abnegada, afrontando el riesgo para ellos y sus familias, y con dedicación y esfuerzo en condiciones muy adversas”.

El galardón será entregado por la presidenta María Chivite en un acto adaptado a las condiciones que exigen los protocolos sanitarios y que se celebrará el próximo 3 de diciembre, en el Salón del Trono del Palacio de Navarra, coincidiendo con el Día de Navarra.

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Navarra cuenta con unos 16.000 profesionales sanitarios y más de 3.000 sociosanitarios. Han dado y están dando lo mejor de sí mismos en la crisis por el coronavirus, llegando a poner en riesgo sus vidas, aislándose para no contagiar a los suyos o aislándose con los residentes para salvarlos de la enfermedad. Han ofrecido a los pacientes afecto y palabras de aliento, en una pandemia que ha impedido tener al familiar al lado de la cama del enfermo. La Medalla de Oro de Navarra reconoce este año su “atención abnegada” y la dedicación y esfuerzo “en condiciones muy adversas”, como detalla el decreto de concesión aprobado por el Ejecutivo foral, que optó por la candidatura al galardón propuesta por el sindicato AFAPNA.

Desde que comenzó la pandemia han fallecido un total de 855 navarros por coronavirus con PCR positiva, aunque la cifra real puede superar ampliamente el millar. Del mismo modo, a cerca de 39.000 personas se les ha diagnosticado la enfermedad en todo 2020, de las que 3.941 han necesitado ser ingresadas en los hospitales navarros. De ellas, un total de 336 han sido ingresadas en unidades de cuidados intensivos.

Carlos Ibero Esparza, especialista en Medicina Interna y Enfermedades Infecciosas: “Compartir espacios cerrados sin mascarillas es un peligro”

 


Carlos Ibero Esparza (Pamplona, 1977), facultativo especialista en Medicina Interna y Enfermedades Infecciosas del Complejo Hospitalario de Navarra, ha sido el coordinador de la atención a las plantas asignadas a los contagiados por la covid-19. Reconoce que los profesionales sanitarios han hecho un gran esfuerzo personal, incluso a costa del tiempo dedicado a sus propias familias, a lo largo de todo este año para mitigar los efectos de la pandemia, aunque destaca principalmente la contribución de todas aquellas personas en el conjunto de la sociedad que han respetado las recomendaciones preventivas para evitar contagios.

¿Qué sensaciones le produce recibir la Medalla de Oro?
Sobre todo gratitud, aunque también un poco de vergüenza e incredulidad de que seamos nosotros quienes recojamos este reconocimiento. Somos conscientes de que representamos a no solo a los sanitarios o quienes trabajan en el sector sociosanitario, sino también a todo el personal que ha estado implicado en la atención sanitaria. Asimismo, entiendo que de manera implícita se homenajea a las víctimas del coronavirus, sus familiares y aquellos afectados por secuelas, al tiempo que es un reconocimiento a los que han adoptado las medidas de prevención al tomarse en serio esta crisis.

¿Cómo vivieron los inicios de la pandemia en China e Italia?
Veíamos que era un problema que se estaba avecinando ante el cual había que prepararse para darle la mejor respuesta posible. Teníamos presente que era una catástrofe de carácter biológico que se iba a mantener en el tiempo y a la cual nos teníamos que adaptar constantemente porque iba a ser un escenario nuevo.

¿Se esperaban que la situación alcanzara la gravedad que tuvo?
Nos habíamos imaginado varios escenarios, pero llegamos a esperar momentos peores incluso.

¿Había conocido una situación similar anteriormente?
No. Ha sido una gran catástrofe mantenida en el tiempo, una amenaza desconocida que se contemplaba más como posibilidad hipotética que como amenaza real. Nos hacíamos a la idea de cómo afrontarla y cómo iba a evolucionar la situación en el día a día conforme las experiencias en las semanas previas de otros países y nuestro propio aprendizaje en la atención de los pacientes.

Tras una primera oleada, llegó el verano y mucha gente se relajó. ¿Qué podemos aprender?
En la primera oleada aprendimos que era muy eficaz el confinamiento, que provocó en uno días un descenso espectacular de los afectados, ingresos y fallecidos. Con la desescalada rápida, se podía vaticinar que progresivamente la situación iba a volver a empeorar. No obstante, dado que mucha gente respetó las medidas de prevención, con el uso de mascarillas y manteniendo las medidas en los espacios cerrados o sin la ventilación suficiente, se consiguió que los efectos en la segunda ola no fueran tan intensos. Así, se atendieron a más pacientes en el segunda ola con una menor mortalidad. Pese a ello, habíamos llegado a un punto en el que la situación volvía a ser insostenible que podía repercutir en la atención de personas con otras enfermedades.

¿Qué sentía al ver en los informativos a esas personas que celebraban fiestas clandestinas y no respetaban las recomendaciones?
Eso nos tendría que hacer reflexionar para encontrar la forma de mejorar la divulgación ante la pandemia en el conjunto de la población. No se trata de conocer o acatar la norma, sino de entender cuál es el problema y darle la dimensión que se merece. En la nota final de todo esto, que será el exceso de personas muertas este año y los venideros respecto a lo esperado, no habrá que buscar culpables en el gobierno o el sistema sanitario, sino que será el reflejo de la suma de los comportamientos individuales.

¿Cómo compaginó su trabajo con los enfermos con su vida familiar estos meses?
Los profesionales hemos restado muchas horas a nuestros seres queridos por atender esta crisis. Se lo agradecemos. Afortunadamente nadie en la familia se ha contagiado. Dentro de que mi mujer y mis hijos hemos intentado llevar la vida lo más normal posible, ellos han estado concienciados desde el principio sobre los mecanismos de contagio. También hemos mantenido un estricto y duro distanciamiento con el resto de la familia, porque nos consideramos posibles contagiadores.

¿Consejos de cara a Navidad?
Hay que tener presente que el lugar donde actualmente más frecuentemente se contagia la gente es en los domicilios. La inmensa mayoría de quienes infectan a otros son asintomáticos, que representan casi el 60% de los casos. Debemos ser conscientes de que aquello que hagamos no nos ponga en peligro a nosotros mismos ni nos convierta en un posible contacto estrecho. En definitiva, es necesario aprender a integrar en nuestro día a día las medidas preventivas. Sectores básicos como la educación o empresas han hecho bien las cosas, han compartido tiempo y han comido separados, han velado por de forma estricta mascarilla, lavado de manos, distancia y espacios muy ventilados. Hoy en día, la actividad más peligrosa en la que nos podemos ver contagiados es compartir un tiempo con no convivientes sin mascarilla en un espacio cerrado.

Frente a la tradición de juntarse con la familia extensa, ¿sería mejor evitar estas comidas?
Cualquier actividad sin mascarilla aumenta el riesgo de contagiarse, lo que después puede repercutir en todos aquellos con los que convivimos. Y ya no es reversible.

¿Está esperanzado con las vacunas anunciadas?
La vacuna es una esperanza, pero lo mejor que podemos hacer es actuar como si no fuera a llegar. Y en el momento que esté disponible, lograr que el mayor número posible de personas se vacune.

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Las residencias han sido los lugares más golpeados por la covid. ¿Cómo vivieron la llegada del coronavirus en la de Artajona?

Al principio, el virus era un gran desconocido. Veíamos que un día uno de los abuelos tenía unas décimas, otro día era otro residente el que estaba con fiebre, pero en principio nadie parecía muy grave hasta que falleció una mujer, la primera, que ya tenía problemas respiratorios. Entre nosotros, el personal cuidador, nos íbamos preguntando constantemente a ver qué tal estábamos, pero también nos fuimos contagiando, hasta catorce, uno detrás de otro.

¿Cuándo se contagió usted y cómo le afectó?
Muy pronto, a mitad de marzo. Yo había estado en contacto con muchos residentes, también con la mujer fallecida. El contacto era muy directo, les das la mano para que se duerman, estás con ellos... En mi caso, yo no tenía fiebre, estaba medianamente bien, pero en cuestión de horas una noche ya no podía con mi cuerpo. Me hicieron la PCR y di positivo A los dos días ya ni me podía mover de la cama y a los siete me tuvieron que ingresar en el Hospital con neumonía. Ese día fue cuando me percaté de verdad del desastre que estaba siendo la pandemia, viendo tanta gente en el Hospital y al personal tan preocupado...

¿Le han quedado secuelas?
Sí, los antivirales me han afectado mucho a la pierna izquierda, a los tendones y los cartílagos. No he podido reincoporarme todavía a mi trabajo. Hoy es el primer día que me he puesto zapatos, pero tengo las zapatillas en el coche. No me puedo agachar y estos tres dedos se me duermen. Espero, eso me dicen, que sea pasajero.

¿Contagió a alguien de su ámbito familiar?
A mi marido, Julio. Y lo hemos pasado muy mal. Estuvo 75 días ingresado y, de ellos, 40 en UCI y 20 sedado. Ha sido muy duro decirles a nuestros hijos que su madre está muy mal, luego que su padre está en UCI y no se sabe si iba a salir. Cuando yo pude regresar a casa no les dejaba entrar a mis hijos, no quería que me tocasen. Tenía mucho miedo y no podía ni imaginarme que ellos pudieran pasar por lo que estaba pasando su padre en la UCI. Por fortuna, Julio salió y entonces entré yo con él a aislamiento 27 días en Virgen del Camino.

¿Como recibe el personal sociosanitario esta medalla?
Imagínese. Somos unas 3.500 profesionales. Cuando me llamaron no me lo creía, me quedé sin habla. Pero entre unos y otros me animaron. Espero hacerlo bien ese día. Mis compañeras están encantadas. Es un orgullo y es muy importante que se nos reconozca a las cuidadoras, pues no esto no se ha hecho durante mucho tiempo. Pero quienes estamos de la mano con los residentes somos nosotras. Son parte de nuestra familia. Están en el término de su vida, pero pueden estar hasta 10 o 15 años en la residencia. E intentas llevarlo bien cuando uno desaparece, pero no es fácil. Es un trabajo en el que si te gusta se puede hacer mucho.

La pandemia sigue. ¿Qué mensaje envía a los navarros?
Hay que tener paciencia, esto no es una broma y hay que tomárselo en serio. Es muy duro. Que te falle la gente querida no se puede sustituir con nada. Por eso, no hay que descuidarse con las mascarillas, la distancia... Y si estas navidades no nos juntamos, el año que viene haremos doble.

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Ahora que las fuerzas empiezan a flaquear, ¿qué supone este reconocimiento?
Es una gran satisfacción por el reconocimiento a todo el personal sanitario y sociosanitario. Por la labor que han prestado, siguen y seguirán prestando si la población no se conciencia de la importancia de cumplir las medidas. Vamos decreciendo en la segunda ola pero hay que ser prudentes.

¿Qué recuerdo tiene de aquellos primeros días de marzo?
Malo. Era acción reacción. De decirse que era una simple gripe a complicarse no pasó mucho tiempo. Me tocó gestionar la Atención Primaria y el entorno sociosanitarios. Todo el mundo se subía al carro. Tenían miedo pero querían aportar. Por diferentes circunstancias nos quedamos muy poca gente en las labores de gestión. Recuerdo aquellos días con especial intensidad. Muy largos, de gran actividad... Tuvimos que reorganizar todo: jornadas, descansos.. Nos íbamos a casa sin saber si lo estábamos haciendo bien. Nos pusimos un teléfono de guardia para gestionar lo que pudiera ir surgiendo. Recuerdo una llamada de la médico de Artajona para decirme que tenía ocho pacientes para derivar al complejo. Era domingo.

¿Cómo se da la orden de actuar cuando ni siquiera había EPIS?
Era lo que nos quitaba el sueño. La preocupación de todos los días era ver dónde conseguíamos mascarillas, batas... Había que actuar pero no teníamos ni procedimientos ni medios.

¿Establecían prioridades?
No podíamos tener stock, enviábamos a los centros y a las residencias todo el material que recibíamos, pensando que cuantos más efectivos tuviéramos en el campo de batalla mejor. El personal y los centros carecían de herramientas de trabajo pero se autogestionaban. Los tratamientos eran dificultosos y los casos crecían de forma exponencial, parecía un tsunami que nos iba a arrastrar.

¿Tuvo miedo a contagiarse?
Al principio sí. A mi alrededor fue cayendo mucha gente. Cada vez teníamos menos efectivos y eso también era un problema. Me despertaba con la sensación de tener fiebre y de que yo también iba a caer. No fue así.

¿Siguió viviendo en su casa?
Salía muy temprano y volvía tarde, pero allí seguía mi marido. Desde el principio dormimos en habitaciones separadas e hicimos vidas separadas.

¿Y el resto de la familia?
Mis padres vivían en Bera. Hasta el 16 de abril no tuve contacto. Iba al pueblo, les dejaba la compra en la puerta y me volvía a Pamplona. Son mayores y mi madre estaba enferma. Falleció en septiembre.

Lo siento mucho.
En noviembre le habían diagnosticado cáncer de páncreas. Estuvo bien hasta el final pero la carga emocional y la situación familiar ha pesado mucho. Soy hija única.

¿Pudo descansar en verano?
Mi primer descanso fue de seis días, al principio de San Fermín. Cuando regresé el teléfono de la guardia empezó a sonar: era de centro de discapacidad de Tudela. Después llegaron los no sanfermines, Mendillorri. Nuestro objetivo era la segunda ola, pero llegó mucho antes de lo que pensábamos. No nos dio tiempo a prepararnoslo suficiente...

¿Qué sensación le provoca el levantamiento de restricciones?
Miedo. A la gente se la ve con ganas de salir y de celebrar una Navidad que debe ser diferente. Lo que hagamos cada uno de nosotros va a sumar. Al principio todo el mundo tenía responabilidad, pero ahora sabemos como prevenirlo. La ola que se prevé venga en enero depende de nuestras actuaciones.


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