Galardón
Navarra reconoce la dedicación y esfuerzo de sanitarios y sociosanitarios en la covid-19
Chivite entregará el 3 de diciembre la Medalla de Oro de Navarra a una representación de estos 19.000 profesionales


Actualizado el 19/11/2020 a las 14:09
Navarra cuenta con unos 16.000 profesionales sanitarios y más de 3.000 sociosanitarios. Han dado y están dando lo mejor de sí mismos en la crisis por el coronavirus, llegando a poner en riesgo sus vidas, aislándose para no contagiar a los suyos o aislándose con los residentes para salvarlos de la enfermedad. Han ofrecido a los pacientes afecto y palabras de aliento, en una pandemia que ha impedido tener al familiar al lado de la cama del enfermo. La Medalla de Oro de Navarra reconoce este año su “atención abnegada” y la dedicación y esfuerzo “en condiciones muy adversas”, como detalla el decreto de concesión aprobado ayer por el Ejecutivo foral, que optó por la candidatura al galardón propuesta por el sindicato AFAPNA. Los otros dos candidatos eran Osasuna y el IES Plaza de la Cruz.
El 3 de diciembre, la presidenta María Chivite entregará a una representación de estos profesionales el máximo galardón que otorga la Comunidad. Ayer catorce de estos sanitarios y sociosanitarios , de diferentes especialidades y centros, desde el Complejo Hospitalario de Navarra (CHN), a la Casa de Misericordia pasando por la Clínica Universidad de Navarra (CUN) y centros de Atención Primaria se reunieron a instancia de este periódico ante el pequeño monolito que homenajea a las víctimas del coronavirus junto al Colegio Oficial de Enfermería. ¿El objetivo? Que contaran en primera persona sus sensaciones ante un premio que les recordará cuando todo esto pase la larga batalla que tuvieron que librar contra la covid-19, con sus picos y depresiones, como la línea de un electrocardiograma.
“Es un reconocimiento a todo el esfuerzo, al trabajo duro. Nos pilló de repente fue algo imprevisto y luego ha supuesto cada día organizar las cosas, cambiar turnos...”, contaba el miércoles Javier Calonge Mugueta, de 54 años, celador de la CUN. Sensaciones que comparte Izaskun Goñi Pérez de Muniáin, de 39 años y enfermera del área covid en ese centro. Destaca cómo ven reconocido “un esfuerzo de meses”. Su compañero Francisco Carmona de la Torre, médico de 34 años especialista en enfermedades infecciosas, cuenta que los sanitarios lo han pasado “muy mal”. “Empezamos a reconocer sensaciones que tuvimos al principio de la primera ola y tenemos miedo por lo que puede pasar a finales de enero o principios de febrero, porque probablemente venga una tercera ola”, advierte.
Ana Navascués Ortega, de 44 años, microbióloga clínica del CHN, recalca que en una enfermedad infecciosa como es la covid-19 todo el mundo debe estar concienciado. “Cada uno tiene que asumir las consecuencias de lo que hace. Si no, afecta a las personas cercanas y al resto de la sociedad”. La responsable del servicio, Carmen Ezpeleta Baquedano, de 61 años y con toda una vida de lucha contra virus como el VIH, ébola o la gripe aviar, avanza que aunque la segunda ola ya está controlada han empezado a trabajar para la tercera, haciendo obras y comprando nuevos aparatos y más material. “Me ha hecho mucha ilusión que se acuerden de nosotros y aún más ahora”. En su mensaje de cara a las fechas que se aproximan, no hay lugar para la ambigüedad: “No hay forma de parar esto si la gente no tiene cuidado”.
Tampoco hay rodeos en el discurso de los responsables de las urgencias extrahospitalarias tras meses desplazados a Refena, desde donde sólo salen para realizar los operativos covid, entre ellos los cribados. “Tenemos la sensación de que vivimos para enfrentarnos a la covid”, reconoce Kiko Betelu Corcuera, de 64 años y subdirector del servicio. Al frente del equipo está María Pilar Sola Sara, de 51 años. Tienen asumido que el invierno va a ser complicado y no levantan la guardia. Ni siquiera ahora, cuando lo peor de la segunda ola parece haber quedado atrás.
MÁS DE 2.500 CONTAGIADOS
El suyo es sin duda un trabajo de riesgo, sobre todo cuando faltó el material de protección. Entre el personal sanitario y el sociosanitario ha habido en Navarra más de 2.500 contagiados.
La doctora Sara García Pérez, de 29 años, médico reumatóloga del Complejo Hospitalario de Navarra, es gallega y teme que ni en Navidad pueda ver a su familia. “Llevo trabajando en el covid desde marzo y salvando unos pocos días en julio, cuando estaba la situación más estable, no me he atrevido a ir a casa a ver a mis padres por miedo a contagiarles”. Reconoce que este galardón, por lo que supone de reconocimiento a su trabajo, les anima. “La verdad es que se hace largo, duro. Es casi como una maratón, y el hecho de que alguien nos dé ánimos para seguir adelante, reconforta”.
Aunque es de Pamplona, la situación tampoco ha sido fácil para Karmele Mosquera Gorostidi, de 30 años, médico de Neumología del Complejo Hospitalario de Navarra, porque cuando comenzó la pandemia se fue a vivir sola. “Es muy duro tener esa situación que vivimos en el trabajo y luego llegar a casa y estar sola”. Tras dos semanas de nuevo muy duras, cree que la situación ha mejorado desde que se pusieron en marcha las últimas restricciones. “Pero no por eso debemos relajarnos”.
En la cuarta planta del antiguo hospital Virgen del Camino, una de las cuatro habilitadas en el complejo para atender a pacientes covid, la gratitud por el reconocimiento se entremezclaba el miércoles con la historia de sanitarios que como Alejandra Falces Garate, auxiliar de 44 años, y Víctor Oses Herrera, enfermero de 25 años, llevan ocho largos meses de lucha para tratar de aliviar el día a día de los pacientes que han ido ocupando las camas de esa planta donde a modo de búnker se intenta frenar la expansión del virus. “Se nota que la situación está mejorando y ya empieza a haber camas vacías en la planta”, cuenta Alejandra Falces mientras esboza una sonrisa a modo de respiro tras su mascarilla. A punto de iniciar el turno de tarde, no oculta su emoción por un reconocimiento “para no olvidar lo que ha sucedido estos meses”.
Las condiciones en las que les ha tocado trabajar han sido especialmente duras. Nuevas reglas y una limitación de movimientos mucho más severa que en otras unidades, a la que han tratado de hacer frente tendiendo la mano a sus pacientes para reconfortarles en la soledad de una planta sin apenas visitas de familiares. “Que se reconozca nuestro labor nos enorgullece”, dice Víctor Osés. Empezó a trabajar en esa planta justo antes de que comenzara la pandemia y salvo julio y agosto, todo lo que ha visto desde entonces han sido pacientes covid. Asegura que en esta segunda ola el mayor conocimiento del virus se ha notado en la evolución de los enfermos, “menos graves que en la primera ola” y que han podido recibir tratamientos más específicos.
En la Atención Primaria, tras semanas críticas también empiezan a respirar. En la Rochapea, Juan Simó Miñana, médico de familia de 58 años y uno de los más veteranos del centro, admite que en su cupo de pacientes (unos 1.700) la segunda ola ha sido más cruel. Se muestra convencido de que habrá más olas, “quizá después de Navidad”. “Necesitamos que el 60% de la población haya pasado la enfermedad o esté vacunado y eso va a tardar”.
ILUSIÓN ANTE FUTURAS VISITAS
La situación que se vivió en las residencias, sobre todo en la primera ola, fue durísima. Maite Urbicain García, de 32 años, enfermera de la Casa de Misericordia, afirma que ya van “viendo la luz”. “Nuestros residentes están mejor, ya no es como en marzo, cuando tenían que estar dentro de sus habitaciones. Ahora pueden hacer vida por toda la residencia, salir a los jardines... Las familias pueden estar muy tranquilas”.
Lo que esos residentes echan de menos es poder estar con sus familiares, apunta Virginia Goñi Escobosa, de 52 años, encargada de enfermería de la Casa de Misericordia. Por eso, ven con “esperanza e ilusión” la posibilidad de que a partir del día 26 se permitan de nuevo las visitas a las residencias. “Ahora pueden hablar por teléfono, hacemos videollamadas... pero no es lo mismo”.
Virginia Goñi recalca que en este tiempo tan duro ha sentido a su alrededor mucho “afecto y solidaridad”. “Y entre nosotros, también”, añade Maite Urbicain. Ambas se emocionan cuando recuerdan “la entrega y el esfuerzo” del personal que acudió a trabajar a la residencia como refuerzo, en los momentos más difíciles.
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