Regreso
El tortuoso viaje de un pamplonés a la China blindada contra el coronavirus
Controlada la pandemia en su territorio, China se ha blindado para cerrar las puertas al coronavirus. Mikel Esparza, profesor de inglés en la ciudad de Shenzhen, relata desde un hotel chino su tortuoso viaje de regreso desde España al país asiático


Actualizado el 10/10/2020 a las 06:00
La odisea que está viviendo el pamplonés Mikel Esparza Murillo para regresar a la ciudad china de Shenzhen, cercana a Hong Kong y donde trabaja desde 2016 como profesor de inglés en un colegio internacional, es digna del guión de una película futurista. En todo caso, el relato que cuenta para Diario de Navarra desde la habitación de un hotel de la ciudad de Tianjin, en la que deberá permanecer confinado durante dos semanas pese a dar negativo en las pruebas pcr, no hace sino demostrar lo muy en serio que los chinos se toman la lucha contra el coronavirus.
Todo empezó el pasado febrero, cuando Mikel Esparza viajó a Pamplona junto a su novia china para presentarla en casa y quedarse un par de semanas. Por desgracia, fue entonces cuando la pandemia del coronavirus se desató con toda su crudeza. “El colegio no recomendaba volver a Shenzhen por el virus -recuerda Esparza- y a partir del 28 de marzo China cerró sus fronteras a todos los ciudadanos del mundo excepto a los suyos propios. No importaba que yo tuviera contrato, visado de estancia y visado de trabajo en vigor”.
UN VUELO DESVIADO A TIANJIN
Hubo que esperar a finales de agosto para que China abriera de nuevo sus fronteras. Pero para poder entrar, Esparza necesitaba un visado nuevo que fue muy difícil de obtener. Conseguido el visado, y tras haberse sometido a tres pruebas pcr en las que dio negativo, el pamplonés pudo volar el 3 de octubre. Su pareja pudo adelantarse y regresó en septiembre.
La primera sorpresa de Esparza fue que su vuelo, que debía aterrizar en Beijing, fue desviado a la cercana Tianjin para evitar contagios en la capital. “Durante el viaje -rememora- estuve todo el tiempo con mascarilla, visor facial y guantes, no comí nada en el trayecto por precaución”.
Una vez que el vuelo tomó tierra en suelo de Tianjin, un grupo de médicos ataviados con trajes protectores se introdujo en el avión para preguntar cómo estaban los pasajeros. “Se llevaron a una chica. Si una persona da positivo, la cuarentena no la hace en un hotel, sino en un hospital y dura entre dos y cuatro semanas”.
“Después de un rato largo -continúa Esparza- me dejaron salir del avión. Todo el personal del aeropuerto seguía vestido con trajes de protección. Tuve que presentar mucha documentación, tras lo que me realizaron pruebas pcr bucal y nasal y a continuación un análisis de sangre”.
CON ESCOLTA POLICIAL AL HOTEL
Horas después todos los pasajeros del avión (la mayoría chinos) fueron introducidos en diferentes autobuses que iban con escolta policial a un hotel que se encontraba acordonado. “Me dieron un cubo con la llave de la habitación, un termómetro y unas bolsas de basura. Subí a la habitación por una puerta lateral, no por la puerta principal, y entré directo ”.
Ahora, pese a no haber dado positivo en las pruebas, Esparza continúa confinado en su habitación, de donde no puede salir más que para coger la comida envasada que le dejan en la puerta “y si no vuelvo a cerrar la puerta rápido salta una alarma, me ha pasado varias veces”, explica desde Tianjin. “No puedo tampoco comprar nada para que me lo lleven a la habitación. Me llaman dos veces al día para que les diga cual es mi temperatura”.
“Este domingo me hacen otra pcr y tendré otra más el penúltimo día de la cuarentena (quince días) y un análisis serológico. Se lo toman realmente en serio”, enfatiza.
Entre medidas tan severas sólo hay una cosa que le anima estos días a Mikel Esparza y es la de recuperar pronto una cierta normalidad. “Desde la ventana del hotel veo gente caminando por la calle sin mascarilla, prácticamente nadie la lleva. Aquí parece que se ha superado el virus”.
Al menos, ha ajustado los horarios. “Cuando empezó el curso nuevo en China, a finales de agosto, teletrabajé desde Pamplona, lo que suponía estar frente al ordenador de dos menos cuarto de la madrugada a diez de la mañana. Brutal. Ahora sigo teletrabajando desde la habitación del hotel, pero desde las ocho menos cuarto de la mañana a las cuatro de la tarde. Es maravilloso y lo será aun más cuando esté en el colegio”, sueña.
Esparza se despide con una reflexión. En sus meses en Pamplona ha visto las celebraciones de botellones y las llamadas ‘no fiestas’. “Me da mucha pena como está la situación con el virus ahora en Pamplona y en Navarra. Quizás este viaje mío pueda servir para pensar que podemos hacer las cosas de otra forma y tomarnos más en serio la pandemia”.