Alejo Sandoval, 340 kilómetros por el pasillo

Con sus zapatillas de casa de cuadros, Alejo Sandoval Reguera, de 71 años, ha recorrido casi 340 kilómetros. Y lo ha hecho por el pasillo de su casa de Barañáin desde el pasado 13 de marzo

Alejo Sandoval, de 71 años, en el pasillo de su casa de Barañáin.
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Alejo Sandoval, de 71 años, en el pasillo de su casa de Barañáin.Diario de Navarra
Alejo Sandoval, de 71 años, en el pasillo de su casa de Barañáin.

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Sonsoles Echavarren

Actualizado el 21/05/2020 a las 06:00

Alejo Sandoval podría hacer cuatro veces la Javierada. O la mitad del Camino de Santiago. Sin ser un senderista profesional ni comprarse el último modelo de deportivas. A sus 71 años, con nueve operaciones en las rodillas y dos prótesis, solo ha necesitado calzarse sus zapatillas de casa de cuadros marrones y nutrirse de “fuerza de voluntad abundante” para superar su propio reto. El de recorrer 340 kilómetros por el pasillo de su piso de Barañáin. Caminando dos horas y media al día durante dos meses, una media de 6 kilómetros diarios. Desde el 13 de marzo y hasta el 2 de mayo no salió de casa para nada. Ni a comprar el pan ni a tirar la basura. Por lo que casi todos los kilómetros (300) los ha recorrido por un pasillo en forma de ‘L’ de doce metros de largo y noventa centímetros de ancho. Solo los 40 restantes los ha caminado al aire libre, desde el sábado 2 de mayo y hasta el viernes 15. Una hora diaria de paseo con su mujer, por Landaben o el Lago de Barañáin. Alejo Sandoval Reguera y Regina Campillo Alonso, de 67 años, nacieron en Reliego de las Matas (León) y nada más casarse se instalaron en Barañáin, donde nacieron sus hijos: Iñaki, pianista que vive en Estonia; y Alberto, filósofo, que durante el confinamiento se ha trasladado a vivir con sus padres al piso familiar. Alejo ha trabajado hasta su jubilación como administrativo y encargado de labores logísticas en una empresas de madera.


Alberto Sandoval Campillo, de 42 años, le regaló a su padre la pasada Navidad un reloj que cuenta los pasos, los kilómetros y las calorías consumidas. “Desde entonces, él había empezado a caminar mucho, unas tres horas al día. Lo necesitaba por las rodillas”, recuerda. Pero, al comenzar el confinamiento y el encierro, dejó de salir. “Nunca he sido muy andarín pero, como lo necesitaba por las circunstancias, empecé a hacerlo dentro de casa. ¡Y a dar vueltas por el pasillo!”, se ríe el propio Alejo. “¿Que si me he mareado? ¡Pues sí! A veces, un poco. Porque no es lo mismo andar por la calle, que te dé el aire, ver a gente... Que hacerlo todo el rato por el mismo pasillo, que es muy aburrido. ¡Y alguna vez ya me he chocado con la esquina!”, se ríe.


NUECES Y ACEITUNAS


Durante el mes y medio de confinamiento, Alejo ha seguido todos los días una misma rutina. Levantarse, desayunar y comenzar a caminar por el pasillo durante dos horas. “De vez en cuando, me paro y voy a la cocina a comer unas nueces, unas aceitunas, cebolletas... Lo que pillo. Algún rato me asomo a la ventana para tomar el aire”. Después de comer y de echar la siesta, un rato de lectura y otra hora de paseo.


Sin embargo, desde que han comenzado los paseos por la calle, como solo sale una hora por la mañana y da unos 8.000 pasos; los complementa por la tarde con otra caminata por el pasillo (otros 12.000). Su hijo Alberto alaba su constancia y tesón. “No es lo mismo dar vueltas a un jardín, aunque sea dentro de una casa, que hacerlo por un pasillo sin ningún aliciente. Al escuchar sus pasos, a veces me parecía estar oyendo a un fantasma”, se ríe.


Y Alejo recuerda que no guarda ningún secreto para andar. “No, no escucho música ni nada. Voy pensando en mis cosas. ¡No sé ni en qué! Cada día en algo diferente”. Añade que las rodillas “se portan estupendamente”. “No siento dolor, a pesar de todas las operaciones de menisco, ligamentos... Solo una pequeña molestia. ¿Si me canso? Bueno, lo normal Ahora cuando salgo a la calle me noto más cansado pero es que llevaba mes y medio sin salir de casa....”, se justifica. Y reconoce estar muy contento por el reto que ha logrado y por haberse convertido, casi sin darse cuenta, en el caminante del pasillo.

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