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Investigadora del Centro Nacional de Biotecnología

Isabel Sola Gurpegui: “Sientes que decepcionas: la gente quiere una vacuna ya y sabes que no es posible”

La científica de San Adrián lleva décadas trabajando con los coronavirus, una experiencia que traslada ahora a la búsqueda de una vacuna y antivirales contra el causante de la covid-19

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Isabel Sola Gurpegui: “Sientes que decepcionas: la gente quiere una vacuna ya y sabes que no es posible”
Actualizado el 03/05/2020 a las 06:00
La navarra Isabel Sola Gurpegui lidera, junto a Luis Enjuanes y Sonia Zúñiga, la gran esperanza española contra el coronavirus. Ellos dirigen la búsqueda de una vacuna y de fármacos antivirales en el Centro Nacional de Biotecnología. Era de ellos de quienes hablaba el ministro de Ciencia, Pedro Duque, cuando aseguró que la vacuna de la covid-19 podría ser española. La científica de San Adrián y su equipo se apoyan en años de investigación con coronavirus similares a este, pero por rápido que quieran ir, saben que esa vacuna no llegará antes de al menos un año.


¿Qué tal lleva la presión, que imagino tiene que ser mucha?
Te da cierta seguridad seguir en el mismo campo de estudio donde llevamos trabajando muchos años. Hemos cambiado de virus, pero nuestras acciones son las mismas a las que estamos acostumbrados, tenemos claros los pasos que hay que dar. Ahora bien, desde el punto de vista personal, sientes la responsabilidad de hacer algo lo antes posible, pero los milagros no existen. Una vacuna o un antiviral no se improvisan de un día para otro. Por eso cuando hablas con la gente y percibes lo que hay ahí fuera, sientes que de alguna manera estamos decepcionando al mundo, porque la gente quiere una vacuna ya y sabes que no es posible.

¡Qué difícil es calmar la prisa!
Lo noté hace unos días, hablando con mi madre, que está en San Adrián. Es una persona muy positiva y la he visto siempre muy animada, pero ese día me preguntaba si la única perspectiva era que todos nos fuéramos muriendo, empezando por los mayores. Yo le respondía que no, que hay mucha gente trabajando para conseguir una vacuna, que llegará, que lo que tenemos que hacer es evitar contagiarnos mientras tanto. Pero percibir esa sensación y saber que no puedes hacer más de lo que estás haciendo, que no puedes acelerar los pasos, eso es presión. También es presión el hecho de que todos los días, las 24 horas, estás con el virus en la cabeza. Llegas a casa del laboratorio y miras qué se han publicado, que más se sabe, si hay un hilo del que tirar o una pista que seguir.

¿Cómo están de avanzadas sus investigaciones con la vacuna?
Nuestra propuesta se basa en nuestra experiencia con otros coronavirus similares. Es un derivado del virus que se obtiene por ingeniería genética. Le quitamos los elementos que tienen que ver con la virulencia, con el daño que hace, pero mantenemos otros que son necesarios para generar una respuesta inmune lo más potente, equilibrada y duradera posible. Preocupa mucho que las vacunas que tienen un solo componente del virus, la proteína de la espícula, no induzcan una respuesta suficientemente equilibrada y que la persona vacunada, cuando se infecte con el virus de verdad, sufra efectos secundarios como inflamaciones inesperadas. Se han visto ese problema en modelos animales. A nuestro prototipo, al conservar distintos elementos del virus, no le ocurre. Lo hemos visto con otros coronavirus. No es una vacuna tan sencilla de obtener, pero tenemos confianza en que será más eficaz y segura.

¿La han probado ya en animales?
No. Hemos trabajado con el prototipo en el laboratorio. Las pruebas con animales se empiezan siempre con ratones, pero este virus no infecta a los ratones normales. Para que pueda simularse en ellos lo que ocurre en una persona, tienen que modificarse genéticamente para dotarles de un receptor, el punto de la célula al que se une el virus, igual al del humano. Estamos obteniendo esos ratones modificados y esperamos que en los próximos meses se puedan hacer los ensayos en modelos animales.

¿Meses?
El de una vacuna es un proceso que en tiempos normales lleva años, bastantes años. La emergencia lo acelera todo, pero un año o 18 meses no los quita nadie. Cuando se prueba en humanos, como han empezado ya en China o EE UU, lo que se hace primero es administrar dosis de la vacuna a personas sanas, observar que no hay efectos secundarios, y estudiar la respuesta inmune que genera. No vale con verlo a los cuatro días, hay que comprobarlo a lo largo del tiempo, para saber si esa respuesta se mantiene durante meses. Ya después de esa primera fase, se administraría a personas expuestas al virus para ver si hay eficacia. Y no hay que olvidarse de la etapa de la manufactura. Habrá que producir una cantidad enorme de dosis, en condiciones especiales de seguridad, y confirmar que a gran escala la vacuna funciona como la que se había producido en el laboratorio. Eso tampoco se tiene de hoy para mañana. Pero ojalá se logre pronto, sea la nuestra u otra. Todo el mundo está trabajando, hay muchos candidatos a vacuna, más de 60. Cuantas más aproximaciones haya, mayor es la probabilidad de encontrar una que pueda funcionar.

Trabajan también con antivirales. ¿Cómo les va?
Como llevamos tiempo trabajando con coronavirus como éste, conocemos ya proteínas del virus que tienen relación con su virulencia, con la inflamación exagerada que produce, que es al fin y al cabo el desencadenante de que el pulmón deje de funcionar en las neumonías. Una de esas proteínas es idéntica en un 98% a la del virus SARS de 2002 y conocemos el mecanismo por el que induce la inflación. Es una proteína muy pequeñita pero es capaz de modificar el comportamiento de la célula de varias maneras. Conocemos el camino que lleva al daño pulmonar en otros miembros de la familia, un camino que en este virus probablemente esté activado. Así que sabemos hacia dónde dirigirnos.

¿Por qué este virus parece tan difícil?
Es un virus completamente nuevo. Se parece mucho, en un 80% al SARS, pero tiene sus particularidades, que hacen que aquel virus causara unos 8.000 casos y 800 muertes y este haya cobrado una dimensión bien distinta. Como aquel, este coronavirus causa neumonía y daño pulmonar, además de inflamación exagerada. Pero, al contrario que aquel, se ha visto también que en unos casos causa infecciones leves y en otros no, que se multiplica en la nariz de manera eficiente y sin dejar síntomas aparentes, antes de seguir su movimiento por el tracto respiratorio hasta el pulmón, que produce coagulaciones diseminadas, que parece causar daño neurológico… Son derivadas que se están revelándose ahora. Después les tocará a los laboratorios explorar las causas de ese comportamiento. Llevará años de trabajo pero conocer esos mecanismos es lo que permite pensar en cómo inhibirlos y en qué fármacos utilizar o diseñar. Es una labor que comienza ahora y nos permitirá estar preparados para la emergencia de otro coronavirus o de algo similar.

¿El calor y el verano podrán debilitar el virus?
Este virus, como otros de la su familia, tienen una envuelta que toman de la membrana de la célula que infectan. Eso les hace más sensibles a las condiciones ambientales. En el laboratorio los virus los cultivamos a 37 grados y es cierto que a esa temperatura, sin células que infectar, pierden infectividad: si teníamos 10.000 partículas al día siguiente son solo 1.000. Es decir, que es posible que el calor, el ambiente más seco, una mayor luz ultravioleta, y la vida más al aire libre del verano, se lo pongan más difícil al virus para transmitirse, pero no será suficiente como para hacerlo desaparecer.

¿Le pasará como a otros virus, que se atenúan conforme se acostumbran al hombre?
Es cierto que la evolución de los virus les lleva a convivir lo más pacíficamente con su hospedador para poder multiplicarse mejor. Sin embargo, este virus está cambiando muy poco, está bastante adaptado al ser humano. No hay que olvidar que, si bien para un 20% de los afectados la infección es grave, el 80% la pasan con afecciones leves, incluso sin ser conscientes de ello.

Su primo hermano, el SARS, desapareció. ¿Puede ocurrir lo mismo?
Cuando este coronavirus apareció, la expectativa era que pudiera ocurrir lo mismo que con el SARS. Pero aquel fue más sencillo de contener. Se identificó al animal intermedio, las civetas, lo que facilitó contar la continuidad de las transmisiones entre animales y hombres. Además, al contrario que este coronavirus, que puede infectar el tracto respiratorio sin notarse, el SARS generaba síntomas a los dos días. Por eso, la transmisión fue mucho menos eficiente, se dio sobre todo en entornos muy concretos, como los hospitalarios, pero no estuvo circulando libremente como lo hizo éste.

¿Lo subestimamos?
No me atrevería a decir la palabra subestimar. Es un virus nuevo del que no sabíamos nada, y la incertidumbre en un caso así es infinita. Hemos ido aprendiendo del virus conforme el virus ha ido mostrándose. Es difícil saber cómo es un virus hasta que se muestra. Sólo sabíamos que se parecía a SARS y pensamos que podía darse un paralelismo que no ha sucedido. Pero es verdad que las zonas más afectadas por el SARS, como China o Hong Kong, lo estimaron mejor y la gente empezó antes a mantener distancias para evitar el contagio.

¿Falló la transmisión de información en un mundo tan conectado como el nuestro?
La primera noticia que tuve yo me llegó el 2 de enero, cuando aun no se sabía que era un coronavirus. China empezó enseguida a publicar la secuencia de los virus, lo que permitió diseñar piezas para construir el genoma completo o investigar candidatos a vacuna. Muy pronto se publicó cuál era su receptor, que los ratones no era susceptibles al virus o que se podía transmitir desde personas con pocos síntomas. Desde la parte científica se han ido contando muchas cosas y relevantes. Sobre la información sanitaria, yo he escuchado a virólogos americanos con contactos en China decir que el Centro de Control de Enfermedades de aquel país ha trabajado con bastante transparencia. Al fin y al cabo, tenían el antecedente del SARS, en que una respuesta internacional fuerte ayudó a contenerlo.
“Ojalá esta crisis sirva para que la ciencia importe más”

Isabel Sola no lleva mal el confinamiento. Su vida no ha cambiado mucho, siguen con el trabajo en primer término. “Echas de menos el cine, o poder ir a San Adrián, a ver a la familia. Pero mi vida diaria es el trabajo”, reconoce. De hecho, la bióloga navarra reconoce que antes de la pandemia el trabajo, sus tres hijos y los desplazamientos por Madrid no le dejaban demasiado tiempo libre. “Cuando lo tengo, me gusta hacer algo de deporte, nadar o caminar, ir de excursión a la sierra con amigos. En vacaciones siempre vamos a Navarra a estar con los abuelos y los tíos. Nos gusta el cine, leer, gustos muy normalitos”, dice .

¿Cómo le surge a una niña de San Adrián su afición por la ciencia?
Recuerdo que de pequeñita me causaba desazón preguntarme por qué ocurrían las cosas y no obtener respuestas. Además, tanto en el colegio de San Adrián como en el instituto de Calahorra tuve profesores excelentes, de los que enseñan, te estimulan, te ayudan a pensar. Me gustaba la medicina, me encantaba ojear los libros de un hermano de mi abuela que era médico y preguntarme cómo suceden las enfermedades. Sin embargo, para ser médico hay que ser fuerte para no dejarte vencer por el dolor que hay cuando tratas a un paciente. Por eso, sin apartarme del tema, pero sin esa implicación emocional, me decidí por estudiar biología en Pamplona.

¿Cómo llega a los coronavirus?
Como muchas decisiones, hubo un componente de azar. No tenía claro si quería dedicarme a la investigación y no me decidí a quedarme en Pamplona a hacer la tesis. Entonces, un profesor de genética de la Facultad, el doctor Gullón, me llamó para avisarme de que en el CSIC un conocido suyo estaba buscando gente para hacer la tesis doctoral en virología. Vine a Madrid, me contaron el tema y me pareció atractivo. Además, dos amigas con las que vine desde Zaragoza se quedaron también.

Apostaría a que más de una vez le han quitado importancia a eso de investigar coronavirus.
Es verdad. Nosotros hemos buscado siempre las bases moleculares de la virulencia de los virus, saber por qué SARS o MERS tienen una mortalidad mucho mayor que otros coronavirus que solo causan resfriados. No es solo por curiosidad: si conoces las cartas que juega el virus para hacer daño, puede quitárselas. Pues bien, este junio presentamos un proyecto para buscar financiación para una vacuna frente a MERS y uno de los entrevistadores, un científico, nos reprochó que era una enfermedad que no afecta a mucha gente, sin ver que esa vacuna podía servir de prototipo frente a otros coronavirus que podían emerger con potencial pandémico.

¿Cree que esta crisis cambiará la consideración de la ciencia?
Quiero pensar que sí. De momento, está haciendo más visible la investigación, se están poniendo los ojos en los científicos, no solo en quienes buscan vacunas o antivirales, sino en quienes desarrollan sistemas para detectar el virus en la aire o para inactivarlo en superficies. Frente a un problema nuevo, es necesario recurrir a estrategias nuevas y es la ciencia la que genera conocimiento nuevo, la que descubre, la que inventa. Quiero pensar que no va a ser cosa de meses, sino que nos lleve a pensar que la ciencia es importante. Que no pase como con SARS o MERS, contra los que al principio hubo buena financiación pero después se perdió el interés y las cosas se quedaron a medias, sin llegar a alcanzar un prototipo de vacuna o antiviral en la fase 1, seguro y efectivo en animales, que ahora podría servir de base.
DNI

Isabel Sola Gurpegui nació en San Adrián el 13 de mayo de 1967. Se graduó en Biología por la Universidad de Navarra, donde obtuvo el Premio Extraordinario de Licenciatura. Posteriormente hizo un máster en Ingeniería Biomédica en Zaragoza. Completó su tesis doctoral sobre el coronavirus en la Universidad Autónoma de Madrid.

Investigadora desde 1998 del Centro Nacional de Biotecnología, adscrito al CSIC, es coinventora de tres patentes sobre evectores infectivos derivados de coronavirus. También es profesora de los cursos de doctorado de Biología Molecular de la Universidad Autónoma de Madrid.

Casada con el médico Miguel Angel García Soldevilla , tiene tres hijos: María, Miguel Angel y Sofía, de 18, 16 y 15 años.
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