Aislados pero activos en el Colegio Mayor
Algunos universitarios optan por quedarse en sus centros; bien por falta de medios o por responsabilidad. La rutina les ayuda a llevar la cuarentena


Actualizado el 30/03/2020 a las 06:00
Imagine una familia de 30 miembros que apenas se ve en casa. De los más de 1.300 universitarios que vivían en los diez colegios mayores adscritos a la UN al inicio de curso, cerca de 200 han decidido cumplir el aislamiento en Pamplona. Aquí comparten la soledad que trajo la pandemia. En Belagua, el más grande, Héctor Devesa, su director, cuenta con un centenar de sus 400 residentes. En Larraona son 15 de 200. Y en los cuatro colegios femeninos adscritos a Alumni College, apenas quedan diez residentes. La mayoría son internacionales. Algunos están becados y no pueden pagar nuevos billetes para volver, a otros les cogió el cierre de fronteras, hay quien prefiere seguir con su rutina y muchos confían en que aquí harán un bien mayor al evitar contagios en sus hogares. Estas son sus historias.
Iván Kim Taveras, investigador dominicano en el ICS y residente en el colegio Belgua “Mi hermana está enferma y aislada aquí y no puedo verla”
Kim cumplió los 26 años el pasado 7 de marzo en Torre 2, una de las cuatro sedes de Belagua. Eran los días iniciales de la crisis y el colegio estaba de bote en bote. Hoy apenas quedan 24 residentes. “Una de las razones de quedarme ha sido por ellos. Los mayores debemos ayudar y no quería abandonar al colegio. Estudié Económicas en la Universidad de Navarra y ahora colaboro con el ICS, el Instituto de Cultura y Sociedad. Investigaba sobre el cambio climático y los factores de riesgo en los países en vías de desarrollo. Ahora hemos actualizado el estudio hacia los efectos que tendrá la pandemia en su economía. Por suerte, un día antes de que cerrase la UN pude ir y coger mi material. He montado mini-oficina en Belagua”, relata.
Y puede contar esos efectos financieros de primera mano. República Dominicana tenía 20 casos positivos hace una semana. Hoy son 392. Ha decretado toque de queda y fuertes restricciones. Ya hay problemas de liquidez como los que atraviesa su padre, consultor y dueño de una micro empresa que se ha quedado sin actividad de la noche a la mañana.
EL PRECIO DE LOS VUELOS
“En su día pudimos salir y mi madre quería llevarnos a casa. Pero el precio de los billetes de avión se había disparado y apenas había opciones. Ahora ya no se puede entrar a mi país. Si aquí se lucha contra el virus con aislamiento y lavado de manos, imagina qué pasa en países que no tienen acceso al agua o comparten estancias. He estudiado 70 países sobre cuantas personas y de que edades viven en una misma habitación”, cuenta.
Precisamente en una sola estancia vive aislada su hermana Mabel Kim, de 20 años y alumna de 3º de Económicas en la UN. Enfermó hace unas semanas con sintomatología por coronavirus. No le hacen las pruebas pero su caso se considera positivo: “Ella había viajado a California y a Madrid por sus estudios. Cuando volvió tenía tos y sentía presión en el pecho. Estuvo llamando al teléfono habilitado por el Gobierno de Navarra pero no le cogían. La semana pasada empeoró y le costaba respirar, no como para ir a urgencias. Le han dicho que se quede en su habitación. La chica con la que comparte piso le lleva la comida. Sigue mal pero ha mejorado algo. Lo he pasado mal teniendo a mi hermanita enferma cerca de mí y sin poder ir a verla. Ahora ya vamos mejor, hemos establecido rutinas en el colegio y trabajamos mucho en la limpieza y la desinfección de zonas comunes, restringiendo mucho los contactos. Pero estamos bien”.
A sus 20 años, este estudiante boliviano cursa segundo del doble grado de Derecho y Económicas en la Universidad de Navarra. Es uno de los 34 residentes que quedan en Fase 2, una de las sedes del Colegio Mayor Belagua. Para tomar la decisión, a la tranquilidad familiar antes mencionada se unió un criterio de responsabilidad personal: “El peligro no era que me contagiase yo, sino que pudiese extender el virus al pasar por dos aeropuertos, trenes y autobuses hasta llegar a casa. Tenía pensado no volver hasta junio, así que pienso que eso no ha cambiado”.
Cuando se le pregunta por el estado general de ánimo que percibe en sus compañeros se detiene a pensar. “Lo estamos llevando, no es una situación en la que queramos estar, pero ponemos el mejor ánimo posible”, confiesa.
EQUIPOS DE LIMPIEZA
Diego Roca cuenta cómo se ha transformado Belagua. En las mesas de 12 personas ahora se sientan como máximo seis. Cuando llegan a la comida la encuentran ya servida para no tocar más que lo imprescindible. Tratan de guardar más las distancias y se han organizado en turnos de limpieza para higienizar las zonas comunes de su residencia, un servicio que el personal del colegio, aislado en sus casas, ya no puede realizar.
“Ha sido muy importante fijar unas rutinas idénticas para todos. Nos levantamos como siempre, desayunamos, asistimos a nuestras clases y estudiamos. Luego tratamos de organizar cosas que animen a la gente: deporte, tertulias muy amenas... la clave es que todos estemos bien de la cabeza. El día pasa muy rápido y, pese a ello, estoy pudiendo hacer cosas que quería y a las que antes no les sacaba tiempo. Como leer. Hay que buscar el lado positivo”, finaliza.
Estudiante del doble grado de Filosofía y Literatura, esta residente de Goimendi cabalga entre los dos primeros cursos de la carrera. Conoce bien la ciudad, su colegio y la Universidad. También tiene un hermano mayor en el campus, Álvaro Obregón, que cursa 3º de Arquitectura y reside en el Colegio Mayor Belagua. También se ha quedado en Pamplona. “Tan cerca y tan lejos. Estamos a unos pasos pero no podemos vernos. Sólo por internet”, lamenta. Los hermanos Obregón decidieron quedarse en Navarra al inicio de esta crisis “para intentar mantener la rutina dentro de todo este caos”. Ella lo tiene muy claro: en Goimendi está más controlada: “Si hubiera vuelto a Lima estoy segura de que serían las 12 del mediodía y yo seguiría en pijama. Y sin estudiar. Aquí hemos mantenido la misma rutina horaria, de clases telemáticas y de exámenes, como este online que acabo de hacer. Era mi primera vez y creo que también la del profesor”.
El cierre de la UN generó un pequeño huracán en Goimendi. “De la noche a la mañana teníamos todos los pasillos llenos de gente con maletas. La mayoría han vuelto a sus casas, sobre todo las internacionales. Hubo compañeras que son de 4º de carrera y ya no las volveré a ver más. Ese día sí me dio bastante pena. Fue duro. Ahora ya nos hemos acostumbrado. Tenemos más responsabilidades, como al asumir media hora al día de limpieza del centro, y se nota esto vacío. Pero el tiempo pasa rápido”, indica. Y pone un ejemplo: a la rutina de desayuno, clase, estudio, comida y limpieza han añadido también el deporte. Clases de gimnasia en el pequeño jardín interior del colegio. “Goimendi tiene un jardín mayor pero nos informó la policía de que no podíamos hacer uso de él pese a ser privado, ya que está en el exterior. Yo utilizo los pasillos para correr. El otro día hice 3 km por ellos. Lo que peor llevo es que no nos podemos abrazar”, reconoce.
Adriana Obregón sabe que el viaje a Italia que tenía planificado para Semana Santa tendrá que esperar. Y la vuelta a Perú también es incierta una vez que el país ha cerrado fronteras y alargado la cuarentena quince días. En ella están inmersos sus padres. “Vinieron a Pamplona hace unas semanas para la fiesta de las familias y estalló todo esto. Tuvieron que hacer aislamiento en casa al regresar. Por suerte están bien”, acaba.
Ali Stein tiene claro por qué decidió quedarse en el Colegio. “Lo hablamos mucho en la familia y vimos que lo mejor era quedarnos y tratar de mantener la normalidad. Además, en breve tendré que presentar el Trabajo de Fin de Grado, así que nos pareció lógico quedarnos”, explica.
A sus 21 años, y como una de las veteranas, a la madrileña no le sobra precisamente el tiempo en este confinamiento. Asegura que trata de mantener la misma rutina que durante las clases presenciales, aunque ahora sean online, a la vez que diseña actividades para sus compañeras. “Lo mejor para encarar esto es la rutina. Si antes hacíamos una tertulia cultural después de la comida y a la noche, ahora organizamos ciclos de documentales, encuentros virtuales con las compañeras que han vuelto a casa, clases de gimnasia y partidos en nuestra mesa de ping pong, que se ha convertido en mi deporte favorito”, ríe.
Todo, dentro de las medidas higiénicas que ha establecido la OMS. Cada una en su habitación individual, extrema limpieza de manos y mantenimiento de distancia en espacios comunes como la sala de estudio o el comedor. Allí, lo que antes eran mesas corridas se ha convertido ahora en dos tríos y separados. “Así tampoco nos estorbamos en nuestras clases online”, asevera.
Y las obligaciones no acaban ahí. Las medidas de aislamiento impuestas por el Estado de Alarma han diezmado el personal que trabaja en el Colegio Mayor y a la media docena de residentes que quedan les toca limpiar el centro en turnos escrupulosos y concienzudos”.
Aunque en un principio Goimendi cierra en Semana Santa, las circunstancias harán que permanezca abierto. Será entonces cuando los hermanos Stein decidan si vuelven a casa. “Echamos mucho de menos a la familia, lógicamente, y nos preocupa la situación de Madrid. Por eso, saber que aquí tenemos la CUN nos tranquiliza mucho. En estos tiempos estoy pensando mucho, también rezo más por los que se están sacrificando, como mi madre. Llevamos bien el aislamiento, pero ojalá esto acabe cuanto antes”, termina.