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Cámara de Comptos

La institución fiscalizadora en Navarra descubre sus entrañas

El parlamento de navarra recuperó el 20 de enero de 1980 una institución histórica: la Cámara de comptos. A los 40 años de su restauración, su personal rebaja tensiones frente a las inquietudes que suscitan su presencia en los auditados: “estamos para que las cosas estén bien”

Técnicas y auditoras: Marta Sabalza Navallas, Esperanza García Cascante, Blanca Fernández de Renedo, Begoña Herrera Isasi, Edurne Martikikorena Matxain, Karen Moreno Orduña y Elvira Balduz Gil.

Técnicas y auditoras: Marta Sabalza Navallas, Esperanza García Cascante, Blanca Fernández de Renedo, Begoña Herrera Isasi, Edurne Martikikorena Matxain, Karen Moreno Orduña y Elvira Balduz Gil.

26/01/2020 a las 06:00
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Cuando estalló el caso Osasuna, tan en boga estos días de juicio a licencias sospechosas de amaños y argucias de dudoso ejemplo, hubo voces en Pamplona que clamaron la mediación de la Cámara de Comptos. Su nombre apareció también en un dilema nada baladí que se suscitó en la ciudad a cuenta del modelo más adecuado para decorar sus calles. El debate estaba a ras de suelo: Loseta o adoquín. Que la ciudadanía mirase hacia su casa más antigua, alzada en la calle Ansoleaga, era un acto reflejo de búsqueda de consejo en la experiencia y al mismo tiempo de honra y respeto a su imagen de credibilidad y rigor. La doble anécdota -la de Osasuna y el diseño del pavimento- es apuntada por Fermín Erbiti Zabalza, responsable de Comunicación en la institución fiscalizadora adscrita al Parlamento, como síntoma de confianza, que redobla el sentimiento de orgullo de aquellos que la constituyen. A pesar de las sugerencias escuchadas en la calle, la Cámara de Comptos se mantuvo al margen de ambos casos por quedar fuera de su cobertura legal, que determina su competencia a la verificación de las finanzas públicas.


Adentrarse por la entrada de piedra rematada en arco ojival de su sede tiene de semejanza con un viaje en un túnel del tiempo. En la casa más antigua de Pamplona y su entorno, como reza el subtítulo del libro que Erbiti dedicó a repasar la trayectoria y el anecdotario conservados entre sus robustas paredes, descansa la historia de una institución que nació al albur de las preocupaciones de Carlos II de Evreux, en 1365, por conocer el estado de sus finanzas. La inestabilidad que procuraban contiendas y avatares de mayor o menor índole le condujo a recurrir a los sabios en cuestiones de cuartos y dividendos.


Ya no hay oidores ni maestros de Comptos, a los que el monarca confiaba sus desvelos y depositaba su esperanza por equilibrar la balanza de los pagos reales.


Por la impronta que dejó desde 1365 hasta 1836 en la estructura de la Administración y las circunstancias y necesidades adaptadas a cada tiempo, tal propósito alumbró su restauración con la llegada de la democracia. Toda vez que quedaron sentadas las bases legales, el 28 de enero de 1980, en una sesión maratoniana según las crónicas de entonces, el Parlamento navarro decidió restablecer sus servicios tras un vacío de siglo y medio. Lo hizo sin referencia ni analogía en el país y con una acertada intuición de mirar al “modelo anglosajón” para forjar la identidad de un nuevo proyecto sobre los principios de “independencia, objetividad y profesionalidad”.


“Nos tienen mucho respeto. Lo que dice la Comptos va a misa”. La sensación de la tafallesa Karen Moreno Orduña, de 41 años de edad, flota en el despacho de uno de los cuatro auditores de la institución, donde unos trazos infantiles dan un toque cercano a la estancia que recuerdan a su ocupante el vínculo estrecho con sus hijos, Erik y Mark, -“las dos acabadas en k, como la k de Karen”-. Carmen Azcona Díez de Ulzurrun, Edurne Martinikorena Matxain y Miguel Ángel Aurrekoetxea Gutiérrez completan el cuarteto del plantel que arropan a Asun Olaechea Estanga, en el pilar de la función auditora. De la Secretaría General, con José Luis Ezquerro Royo a la cabeza, y dos letrados adscritos, amén del personal de Administración, Comunicación e Informática, cuelga el segundo apoyo. Probablemente por la reputación labrada desde sus inicios, Karen Moreno escuchó el 1 de septiembre de 2008 un mensaje que no ha olvidado: “Tenéis que querer esta casa, tener un sentimiento de pertenencia. Es la institución más bonita de la Comunidad foral, la que más arraigo tiene; la más independiente y la que ayuda, sobre todo, a hacer que las cosas vayan bien en la gestión de la Administración foral”. El autor de aquellas palabras, en el recibimiento a los tres técnicos de auditoría recién llegados, es el mismo que este martes será agasajado por sus más de tres décadas de ejercicio en el órgano que vela por los caudales públicos: su ex secretario general, Luis Ordoki. “Me acuerdo la ropa que llevaba ese día”, apunta la auditora de Tafalla como detalle del efecto estimulante que tuvo en su ánimo aquel consejo de “buen padre” recibido. Doce años después, asegurada su promoción a auditora previa oposición, intenta transmitir la misma consigna a los aspirantes a técnico. “Estamos aquí -les repite- para que las cosas estén bien y a la hora de auditar unas cuentas hemos de ponernos en el lado del gestor. Hemos de empatizar. Es mucho más fácil revisar unas cuentas a toro pasado que hacerlo en el día a día. Eso sí, hemos de mantener el rigor profesional”, aprecia.


Tal valor, traducido en ocasiones en comprobación de pruebas y documentos, es hilo conductor en la fiscalización desde que se inicia un informe hasta que se concluye con recomendaciones si fuesen necesarias. La Cámara de Comptos se atiene a una programación con auditorías de obligada elaboración por ley, como son las cuentas generales del Gobierno foral; propuestas por el Parlamento o los plenos de ayuntamientos y sugerencias de su personal a partir de su experiencia.
“Puñalada por la espalda”


“Se sabe dónde está el dinero, pero también donde está el riesgo”, apunta Fermín Erbiti. “En los años 90 comenzamos a auditar obras públicas. Aquello tuvo una trascendencia importante. Se nos decía: ¿Pero qué sabéis de obras públicas?”. El primer informe que se elaboró fue el de las finanzas de la Diputación de 1982. El diputado de Hacienda reaccionó con recelo: “Esto ha sido una puñalada por la espalda”.


La dinámica de trabajo establecida determina un consenso en el pleno de auditores, presidido por Asun Olaechea y en presencia del secretario general, para distribuirse los casos susceptibles de comprobación. Cada auditor se apoya, a su vez, en el cuerpo de técnicos, en total 22 según el plantel oficial que revela la existencia de 5 vacantes.


Lo curioso es que los especialistas no están adscritos a un auditor en concreto. “Van cambiando de jefe”, aclara de forma gráfica Karen Moreno. La fórmula arbitrada de alternancia de responsables redunda en la doble ventaja de asegurar la imparcialidad y “disponer de una panorámica de toda la Administración”.


Begoña Herrero Isasi, pamplonesa de 49 años; como su compañera Marta Sabalza Navallas, de 39, figuran en ese círculo cambiante como técnicos de auditoría que mantienen con sus titulares una relación de doble dirección de “arriba a bajo” en el análisis, trámites y recomendaciones. Cuando el estado financiero de una entidad, como puede ser el Ayuntamiento de Pamplona, debe ser fiscalizado, sus responsables reciben una llamada de teléfono de uno de los cuatro auditores, que informan del equipo, en ese momento a su cargo, que contactará para recabar la información y documentación necesaria.


Si el destinario es un ente habituado a la actuación de Comptos no hay anomalía en la reacción. Otra cuestión es la inquietud que desata una primera visita. “A aquellos que vamos por primera vez -relata Begoña Herrera- sienten una impresión invasiva. Creen que vamos a darles más trabajo. Siempre se intenta aportar valor añadido más que buscar el error. Somos personas que nos dedicamos a pensar por otros. Desde fuera tienes oportunidad de poder estudiar con más detenimiento las cuentas porque a los gestores les come el día a día”. Una vez cotejada la información, “si vemos que no es correcta, se intenta buscar la manera de que no vuelva a ocurrir”, matiza Marta Sabalza.


Frente a ideas preconcebidas o prejuicios generados sobre la figura del auditor, que desde el desconocimiento puede conducir a ideas equivocadas con la misma libertad que se etiqueta a los inspectores de Hacienda, el equipo de Comptos busca “la mejora de la gestión. Hay personas que sienten miedo. Luego les explicamos que venimos a controlar las finanzas desde un punto de vista constructivo. Tenemos que revisar la gestión, recomendar, analizar..., pero siempre con un fin positivo”, aclara Karen Moreno.


Desde que engrosó en su organigrama el 20 de mayo de 1990 en calidad de técnico auditor, José Luis Ezquerro Royo, nacido hace 62 años en Mendavia y hoy secretario general, ha contemplado también una evolución en el manejo de la contabilidad en las entidades navarras. Antes de incorporarse a la plantilla, participó en un equipo en Administración Local de ayuda a secretarios e interventores municipales. “La situación -recuerda- era bastante precaria. Ahora, se funciona bastante bien”.


En un somero juicio, sin profundizar en su conclusión, y comparando con otras comunidades, considera que el “índice de corrupción en Navarra es bajo”.


Existe un aspecto, oculto a la opinión pública derivado de labor, a veces farragosa, que puede convertirse en un quebradero de cabeza para quien deja sus ojos en repasar números y atender explicaciones. Karen Moreno realizó el informe de la externalización del servicio de Cocinas en el Complejo Hospitalario de Navarra “en medio de una gran presión social”. Cuando acabó, se sintió “orgullosa” del resultado a partir de una postura firme frente a factores y opiniones externas que no lograron desviar su atención. Como sucede con otros servicios o proyectos, objeto de análisis, ella y su equipo se desplazó al Complejo Hospitalario para participar de una cata a ciegas de un menú. “Era parte del trabajo”, rememora. En cuarenta años el ordenador ha sustituido “a la goma y el lápiz” que utilizaba José Luis Ezquerro en los albores de su carrera. La informática, con las novedades que comporta, es un reto de la Cámara de Comptos. Su futuro se dibuja sobre su pasado histórico. Ya no hay oidores ni maestros medievales, pero sí voluntad de verificar el equilibrio de las finanzas. Las cuentas claras.

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