Noche de angulas
Historia de una angula desde su pesca en Francia hasta que llega a Pamplona (CON VÍDEO)
Este fin de semana, previo a la Navidad, cientos de anguleros franceses salen a pescar en una actividad de riesgo que se sigue realizando de manera tradicional. Atrás han quedado los tiempos en los que cualquiera podía darse un atracón de angulas.


Actualizado el 19/12/2017 a las 13:38
Son las cinco menos veinte de la madrugada y las aguas del río Adour, al suroeste de Francia, se presentan entre tanta oscuridad como un paisaje fantasmagórico. Gatelier, angulero francés de 55 años, el más experimentado del lugar, se ha adelantado veinte minutos a su cita con la bajamar. El pescador francés detiene la furgoneta junto a una vivienda y una plantación de kiwis y descarga el material. El río no se ve pero discurre en calma paralelo a la carretera, justo a la izquierda. Una fina niebla lo mece acentuando el efecto tenebroso.
Al bajar del coche, pide silencio. “Hay gente durmiendo en la casa”, susurra. Después saca el cedazo (red de pesca), se abriga bien y se dirige al embarcadero atravesando una pasarela de rejilla helada. El termómetro marca un grado bajo cero y la oscuridad es total. Apenas se distingue a un metro. La barca también está helada. Hasta el agua del Adour parece congelada. “Hoy no creo que pesquemos gran cosa...”, se sincera, elevando la mirada y fijándola en una luna casi llena. Es 7 de diciembre.
El angulero enciende dos farolillos de petróleo y los coloca a la izquierda de la proa, dentro de una caja de madera que orienta hacia el agua. Ésta será la única iluminación que emplee para atraer a un pescado que escasea al inicio de una temporada que arrancó el 1 de noviembre. “No ha llovido y hace demasiado frío para que los alevines de anguilas (angulas) salgan a la superficie”, sigue explicando Gatelier. “Y con el frío, las angulas se quedan en el fondo, aletargadas, buscando mayor temperatura”.
Gatelier es uno de los anguleros más experimentados del río Adour. A sus 55 años, este hijo y nieto de angulero, reconoce que con el tiempo no ha cambiado mucho el oficio. “Lo único que ha cambiado es el confort del material, la reglamentación, las cuotas y los controles”, señala.
El angulero arranca la barca y se abre paso entre la noche con un foco en la mano que enciende y apaga para no deslumbrar a los pescadores que faenan. “Nos repartimos por zonas y cada uno tiene un cupo”, dice, aclarando que el año pasado cubrieron el cupo en enero (la temporada normalmente se prolonga hasta marzo y abril). Cada río tiene su cuota. En el Adour se permite hasta 2.745 kilos.
Tras unos minutos de recorrido entre la nada, donde la noche parece fundirse con el Adour, el angulero dirige la proa a la orilla y la inmoviliza contracorriente. Acto seguido, orienta la luz de los dos faroles y prepara la artesa, el recipiente de madera para las capturas. El tamiz de malla fina de 1,8 metros de diámetro tiene un mango de 7 metros.
La pesca de la angula normalmente comienza al inicio de la bajamar. “La pesca no debe ser agresiva, sino amable y artesanal”, insiste. “Es muy fácil dañar el animal si no se tiene cuidado”, asiente. Y como si se tratara de un chef que elabora un guiso, introduce la red en el agua, muy despacio, y remueve con suavidad. Lo hace con mimo, evitando agitar demasiado el fondo.
En un movimiento acompasado y melódico, aderezado por el sonido de una lluvia de gotas que se desprende de la red, el pescador francés vierte el cedazo en la artesa. Gracias a una luz frontal comprueba el botín. Los farolillos atraen la atención de las dos primeras crías de anguila, los dos únicos ejemplares de la jornada.
“La pesca siempre se realiza a oscuras, porque las angulas buscan la oscuridad y las aguas revueltas”, explica Gatelier. Las dos angulas pasan del cedazo a la artesa y luego a un cubo. Por último, acaban en los viveros de agua dulce de la empresa con la que trabaja, localizada a unos kilómetros, en Thyrosse.
Falta una hora para el amanecer y en el horizonte ya se vislumbra el alba. El rostro de Gatelier se relaja. “Hoy finalmente no vamos a conseguir nada”, observa, recogiendo el ancla y poniendo en marcha la barca.
De regreso al embarcadero, cuenta que lo que se pesca no puede salir del bote sin ser pesado y anotado. “Hay mucho papeleo. Estamos muy controlados”. La trazabilidad de cada gramo de este animal debe ser impecable. Cada viaje, movimiento o cambio de vivero tiene que ser anotado. Sin rellenar su talonario de capturas no saca el cubo ni siquiera al embarcadero.
La pesca suele ser aleatoria en cuanto a climatología. “Se aprende a base de prueba y error”, apunta. La intuición, su experiencia, es clave, pero no existe una ciencia exacta. “Esta temporada ha empezado mal. Ha llovido poco y ha habido poco movimiento de mareas... Y eso influye”, explica. En cuatro días apenas ha pescado 400 gramos.
De vuelta al embarcadero, Gatelier cometa que empleará el resto del día inmerso en su mayor pasión, la lectura. Mientras, confía en que llueva y las aguas del río se revuelvan lo suficiente para que las angulas encuentren el camino del mar al río. Además, este fin de semana habrá luna nueva. La noche perfecta.
Joseba Agirrebarrena tiene 58 años y antes que gerente de la empresa Angulas Ibaigune fue pescador de truchas y angulero. “¡No sé de dónde soy!”, dice riendo, abriendo unos ojos azules. Estos días, previos a la Navidad, sus jornadas discurren en la carretera de Francia, coordinando a los 200 pescadores que tiene repartidos por el país. “El momento de la angula es tenso. No hay una ciencia cierta y dependemos de la pesca”, se disculpa por el estrés. “Hay muchos problemas que solucionar. Muchos pescadores. Además, el inicio de temporada ha sido bastante malo. El año pasado por estas fechas llevábamos pescados 4.000 kilos y éste sólo 200”.
Nacido en un caserío de Lizartza (Guipúzcoa), Agirrebarrena cuenta que su relación por primera vez con el río Adour comenzó en 1984 gracias al hermano de su mujer. Su primera temporada de pesca de angula la recuerda con un cedazo en las manos y una caja a los pies, “plantado en la orilla”. Y la segunda, subido a una barca de segunda mano.
Hasta el año 1992 no abandonó la pesca. Es cuando abrió su propio negocio. Un negocio que “cogió forma” hasta especializarse en el mercado europeo y español. Hoy su empresa hace posible que los alevines de anguilas viajen directamente desde el tamiz de los pescadores, como el de Gatelier, al consumidor en Navarra, sin intermediarios. “Por eso somos los más baratos del mercado”, asegura. “Nosotros vamos directamente al consumidor, compramos a los pescadores, elaboramos el producto de manera tradicional y lo llevamos a la tienda”. Se trata de una angula que se pesca en los ríos más grandes de Francia. “Por el Adour, por ejemplo, es el río donde más angula entra. Y los franceses no la consumen”, sonríe. “El agua dulce que vierte sobre el mar la atrae como si fuera un radar”.
Al contrario de lo que se piensa, la pesca comercial de la angula en el País Vasco está prohibida desde la campaña de 2009. “El Gobierno Vasco aplicó definitivamente la ley porque los ríos estaban esquilmados por culpa del comercio ilegal con el mercado asiático”, lamenta. “Hoy el 90% que se vende en España proviene de Francia”, revela.
La competencia del mercado europeo ha ayudado a insuflar el precio, que esta semana alcanzará los 690 euros el kilo (69 euros 100 gramos). También influyen en la merma de la especie, añade, la construcción de las presas, la contaminación de los ríos y la dureza del oficio. “Aunque el hábitat de este animal ha disminuido un 80%, “se ha demostrado que la afección de la pesca es de un 18%”, dice, admitiendo el interés económico que también mueve este mercado.
En 2009 su empresa fue ampliando mercado, incidiendo especialmente en la repoblación de los ríos europeos. “Todos los gobiernos europeos dedican unas subvenciones para el repoblamiento”.
El gerente reconoce el desconocimiento de las nuevas generaciones por este producto. “Hay un vacío generacional por miedo a comprarla. Y no hace falta llevarse un kilo para degustarla. Hay mucha gente que se lleva 100 o 200 gramos porque las han comido en casa de siempre”.

