Análisis

'Reporteros de móvil' en mitad de la tragedia

Hay quien se toma la vida como si estuviera de turismo permanente; dispuesto a cobrarse la foto del sufrimiento o la imagen de la estatua de Colón. Da lo mismo.

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'Reporteros de móvil' en mitad de la tragediaAFP
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Jose Murugarren

Actualizado el 24/08/2017 a las 10:13

Hay una manera nueva de contar las cosas que exige la inmediatez con la que responden las redes sociales. Hoy urge relatar a toda velocidad y solo después procesar lo lanzado. Por este procedimiento casi de ‘velocista’ y ayudado por la tecnología de los teléfonos móviles todos los testigos de un acontecimiento se convierten en periodistas que difunden fotos, textos, vídeos..., sin reflexión ni filtro. Simplemente es un ‘ahí va’ que echa sobre el lector paletadas de datos y opiniones, imágenes y comentarios que forman una menestra de imposible digestión.

Elaborar una información exige un entrenamiento que siempre tuvo algo de ‘corredor de fondo’, bastante más que de ‘velocista explosivo’. El periodismo es una labor técnica, minuciosa, que requiere el adiestramiento imprescindible para ponderar hechos, valorar imágenes y construir un relato reflexionado y contrastado.

Hacer información consiste en mirar la realidad dejando el tiempo indispensable para que los hechos que están aconteciendo puedan ser comprobados. En el relato sobre la matanza de Barcelona se han producido excesos derivados en buena parte por la urgencia de contar los hechos al ritmo que marcan las redes sociales y sus alimentadores, los ‘espontáneos’ de la información, reporteros de móvil que lanzan por sus aparatos electrónicos lo que ven, piensan, intuyen o imaginan. Como si todo fuera lo mismo.

Esta nube genera confusión, multiplica los errores y es terreno abonado para los excesos. Duele ver paseantes que hacen fotos, toman vídeos de gente que sufre en el suelo de las Ramblas de Barcelona y las difunde como si el ojo del teléfono por el que miran no tuviera detrás un corazón humano que lo regulara. Horroriza descubrir el móvil convertido en un objeto deshumanizado, incapaz de distinguir el espectáculo de la matanza.

Duele averiguar que con un objetivo pegado al ojo la especie humana trata con igual distanciamiento una foto de un grupo de circo, una carrera ciclista o una masacre con personas abatidas, malheridas. Tiene algo de terrible esta sociedad hiperconectada en la que hay salvajes dispuestos a matar y a impedir que vivamos como queremos vivir y gente volcada a la pulsión de ‘retransmitir’ en directo la instantánea del desconcierto resultante. Resulta descorazonador que cuando hay gente que sufre como víctima, atropellados, vejados por la camioneta de unos terroristas, haya cerebros conectados que se toman la vida como si estuvieran de turismo permanente; dispuestos a cobrarse la foto del sufrimiento o una imagen de la estatua de Colón. Lo mismo da. Hacer información, al menos el sucedáneo de las redes sociales, se ha convertido en un entretenimiento globalizado del que buena parte del mundo quiere ser emisor y receptor. No hay consuelo posible para los familiares de las víctimas de la nueva salvajada. Ojalá lo tuviéramos en cuenta.

El drama es que los mismos espontáneos de la información que un día cazan ‘pokémons’ con el móvil marcan al día siguiente el ritmo frenético al que los medios tienen que elaborar y distribuir una de las peores tragedias de la historia reciente.

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