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Diego Carcedo: "Yo soy periodista por casualidad"

El exdirector de Radio Nacional, que publica 'Los cónsules', repasa una carrera que le llevó "de la guerra a los despachos"

Ampliar Diego Carcedo, en el reportaje de RTVE de la caída de Saigón
Diego Carcedo, en el reportaje de RTVE de la caída de Saigón: "Saigón últimas horas"Archivo RTVE
Publicado el 02/10/2022 a las 06:00
Diego Carcedo confiesa que se adapta a cualquier situación. "He ido de la guerra y los bombazos a los despachos y el coche oficial", explica al relatar su vasta peripecia como reportero, que incluye capítulos tan complicados y diferentes como el conflicto de Vietnam y la dirección de Radio Nacional y de los servicios informativos de Televisión Española. Pero su labor profesional también ha abarcado la docencia y la literatura. 'Los dos cónsules' (Espasa), su última entrega literaria, recrea la peripecia de los representantes diplomáticos de España y Portugal en Burdeos cuando, en el verano de 1940, era la sede del Gobierno francés y el país vecino se hallaba a merced de los invasores alemanes. En tan solo una semana, ambos expidieron más de 37.000 visados para que judíos y otros individuos temerosos de la expansión nazi pudieran cruzar la frontera.
¿Esta generosidad era habitual entre los representantes españoles en el extranjero? 
El cuerpo diplomático fue proclive a escuchar el drama de los perseguidos, pero tropezaba con las reticencias del régimen. No olvidemos que Ramón Serrano Suñer era tan antijudío como Hitler y Goebbels. La mayor parte obedeció y no intentó salvarlos. El representante español en la ciudad francesa sufrió represalias por su generosidad y fue degradado.
Su historia habla de un periodista bisoño que es enviado desde Madrid a Burdeos para relatar lo que acontece y no sabe por dónde comenzar. ¿Le sucedió a usted algo similar? 
Mi bautismo de fuego fue con el golpe de los coroneles en Grecia. Yo sabía francés, algo de inglés y, por supuesto, nada de griego. Acudí a una abarrotada rueda de prensa de los militares y tuve la suerte de que alguien dejó un fardo con papeles, extraje alguno y era un comunicado en el que proclamaban la abolición de la monarquía y la instauración de la república. Salí disparado y escribí una crónica cojonuda para la agencia en la que trabajaba. Cuando volví, me revelaron que el redactor jefe se asombró al recibirla y, como Efe y Reuters no decían nada, pensó que me había vuelto loco y no publicó nada.
¿No se desquitó con alguna otra primicia? 
Cuando estaba en el programa 'Los reporteros' hice varios programas no especialmente brillantes y se me ocurrió algo ambicioso, nada menos que entrevistar al general ugandés Idi Amin, entonces un dictador en el auge de su poder. Le enviamos un télex diciendo que se le habían nombrado VIP en España, un título que nos gustaría entregarle. Era osado porque nos podíamos meter en un follón considerable, pero llegó la respuesta invitándonos al país para entregar el galardón. Fue arriesgado y luego cortaron la mitad de la entrevista con el tirano, pero se vendió a todo el mundo.
EL RIESGO ASUMIDO
¿El miedo no va con usted? 
Los cámaras se quejaban de que les metía en embolados. Cuando estaba en mitad de la acción no me daba miedo morir, estaba soltero y sin hijos, no tenía nada que perder. Ahora bien, podía desmayarme después al explicarme el riesgo que había asumido. 
¿Lo suyo es vocacional? 
No, yo soy periodista por casualidad. Había estudiado Filosofía y Letras en Madrid y no quería volver a mi Asturias natal. Entonces, un grupo de amigos, entre los que estaban José Luis Balbín y Ramón Sánchez Ocaña, me animaron a prepararme para las pruebas de la Escuela de Periodismo. El proceso resultó duro y, aunque parezca increíble, creo que fue decisivo que supiera el nombre del primer ministro de Malasia. Me parece que fui el único que lo sabía de cientos de aspirantes.
Ha compaginado la escritura con la gestión, caso de la dirección de Radio Nacional.
Sí, y puedo decir que me he peleado con todos los gobiernos. Recuerdo que Rosa Conde, la portavoz socialista, se quejaba continuamente.
¿Qué le parece la cobertura de la invasión de Ucrania? 
No sabemos nada de lo que ocurre en el bando prorruso y no podemos acercarnos a la zona en conflicto, tan sólo hablamos de ruinas y víctimas. Los corresponsables de Moscú se tiran de los pelos porque no pueden contar nada. 
¿El oficio ha cambiado? 
Completamente. En Vietnam había barra libre y nos movíamos por todos los frentes. Luego, la Casa Blanca nos acusó de haber influido en la creación de una opinión antibelicista. La primera vez que me di cuenta de que algo estaba cambiando fue cuando vi a un oficial norteamericano guiando a aviones bombarderos a través de un ordenador. 
¿No se arrepiente de su osadía cuando accedía a primera línea del frente? 
Creo que di muchos disgustos a mis padres. Los enviados a la guerra contra el Vietcong no disponíamos de teléfono y las imágenes eran enviadas en avión desde Bangkok y tardaban días en editarse. Ellos se iban a la cama sin poder hablar conmigo, sin saber si estaba vivo o muerto.
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