Salud

Pincharse está de moda, y no sólo Ozempic

Los sueros están en todas partes, ya sean fórmulas bien prescritas o péptidos comercializados que escapan a los controles sanitarios

Obesidad, Ozempic, infarto... Tras caras del precio que se puede pagar por una mala alimentación
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Una persona se inyecta un sueroCEDIDA
Obesidad, Ozempic, infarto... Tras caras del precio que se puede pagar por una mala alimentación

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Ixone Díaz Landaluce

Publicado el 08/08/2026 a las 05:00

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que ponerse una inyección no era cualquier cosa. Para eso estaban precisamente los practicantes, una figura entre lo médico y lo asistencial ya extinta que se dedicaba exclusivamente a eso. 

Algo que en el contexto actual, donde pincharse uno mismo se ha convertido, en algunos casos, en un símbolo de estatus, suena al cuento del abuelo. La aguja se ha desmitificado. 

Tiene que ver, sobre todo, con la popularización de los dispositivos tipo pluma, que incorporan agujas microscópicas ocultas bajo un armazón mucho menos amenazante que la clásica inyección.

“La aguja suele ser muy fina, en muchos dispositivos apenas se ve y la dosis viene preparada. La experiencia acumulada con la insulina y con medicamentos biológicos en distintas especialidades ha normalizado la autoadministración en casa. Pero la facilidad de uso tampoco debe hacernos olvidar que se trata de medicamentos, no de productos de consumo libre”, explica Fernando Vidal-Ostos de Lara, miembro del comité gestor del área de obesidad de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN).

“Además de la influencia de las redes sociales, que es innegable, creo que la vacunación masiva durante la pandemia de alguna manera normalizó el pinchazo”, apunta Jesús Rivera, doctor en Sociología y profesor de la Universidad de Salamanca. 

Efectivamente, en este fenómeno se mezclan muchas cosas y muy diferentes. Y conviene distinguirlas bien. Por un lado, la era dorada de la biotecnología ha dado lugar a fármacos hiperespecíficos para tratar enfermedades crónicas o autoinmunes.

 Son los llamados biológicos que se utilizan, sobre todo, en reumatología, dermatología (para psoriasis grave o dermatitis atópica severa), gastroenterología (para enfermedad de Crohn o colitis ulcerosa), pero también para controlar casos graves de asma y alergias.

 A diferencia de los fármacos químicos tradicionales, se producen a partir de organismos vivos (células o bacterias, por ejemplo), son muy eficaces y muy caros, por eso, suelen estar financiados por la Seguridad Social. Por otro lado, están Ozempic y todos sus primos hermanos.

 Es decir, la semaglutida y los GLP-1, una familia de medicamentos sintéticos que regulan el azúcar en sangre. El problema con ellos es que de su prescripción original, para controlar la diabetes, se ha pasado al uso masivo -y sin control médico- para perder peso. «La popularidad de los GLP-1 ha hecho mucho más visibles las plumas de administración y ha reducido la resistencia inicial que algunas personas mostraban ante un tratamiento inyectable», confirma Vidal-Ostos de Lara.

UN FENÓMENO SOCIAL

Algo que ha dado lugar a un tercer escenario mucho más preocupante y que, en Estados Unidos, ya ha alcanzado la categoría de fenómeno social. 

Hablamos de los péptidos comercializados para tratamientos faciales y dermatológicos, con nombres tan crípticos como BPC-157, GHK-Cu o TB-50, pero también otros que prometen perder grasa, ganar pelo o aumentar la masa muscular. Algunos son versiones sintéticas de sustancias que produce nuestro organismo; otras son totalmente ajenas al cuerpo humano. No se administran en plumas, pero sí en microagujas con las que la gente se pincha sin formación ni miramientos. “Los péptidos son cadenas cortas de aminoácidos que actúan como mensajeros en nuestro organismo. Algunos regulan el apetito, la glucosa, el crecimiento o la respuesta inmunitaria. Por eso, pueden emplearse para diseñar medicamentos capaces de actuar sobre mecanismos muy concretos. El problema es que, ahora, se promocionan péptidos para aumentar la musculatura, recuperarse antes de una lesión, mejorar la piel, prolongar la vida...”, cuenta el doctor Vidal-Ostos de Lara para quien, más allá de su efectividad, esta tendencia presenta un riesgo añadido.

“Si se mete todo en el mismo saco, puede producir desconfianza. Para la población puede resultar difícil distinguir entre un medicamento biológico autorizado, que ha pasado controles regulatorios estrictos, y un supuesto péptido adquirido en una web que se presenta como producto de investigación. Pero la vía de administración no determina si un medicamento es bueno o malo. Lo que importa es que exista evidencia científica, una indicación aprobada, calidad de fabricación, trazabilidad y seguimiento sanitario”.

Para el sociólogo Jesús Rivera hay dos factores que han ayudado a alimentar el fenómeno. “Por un lado, está la cultura de la inmediatez. Pincharse tiene un efecto mucho más rápido que ir al gimnasio o seguir una dieta. Por otro, mientras antes se hablaba del capital cultural o humano, ahora el estatus está en el capital corporal. El pinchazo es la manera de tener un cuerpo ortodoxo, desde el punto de vista de los cánones occidentales de belleza, algo que facilita mucho las cosas: desde encontrar pareja hasta tener un trabajo mejor”.

Mientras los fármacos autoinyectables viven su momento, el futuro, en cambio, debería ser más oral que inyectable. O eso sería lo deseable. De hecho, la industria farmacéutica ya compite por crear los GLP-1 orales más efectivos, que también deberían ser sustancialmente más baratos.

 “Ahora mismo los péptidos, que son trozos de proteína, no se absorben bien en el intestino, donde las enzimas los destruyen. Si no es posible que sean orales, se trabaja para espaciar más los pinchazos que en lugar de cada semana, sea cada mes o incluso más”, explica Pedro Zapater, que advierte que las plumas, aunque en general son seguras, pueden provocar molestias o reacciones en la zona de inyección.

Fernando Vidal-Ostos coincide. “Creo que seguirán conviviendo. Lograr que los péptidos sobrevivan al aparato digestivo es, de momento, un reto tecnológico. El futuro, probablemente, combinará comprimidos, inyectables de acción prolongada y nuevas formas de administración. La elección deberá basarse en las características del medicamento, la enfermedad que se trata y las necesidades de cada persona, y no en la presentación que esté de moda”, concluye el especialista.

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