FAMILIA

La invasión de los juguetes

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Sonsoles Echavarren

Actualizado el 20/12/2017 a las 12:52

Los catálogos de juguetes invaden mi casa desde hace casi un mes. Es lo que tiene vivir al lado de una juguetería: que cada vez que mis hijos se acercan al portal, se llevan una revista del expendedor que hay en la puerta. Por si las del día anterior se han perdido o han servido para hacer manualidades, que nunca se sabe. Más vale ser previsor en esta vida. Así que, me encuentro esas revistas por toda la casa (en el baño, debajo de una almohada, en el cajón de los trapos de cocina...) y ya me las sé de memoria. Aunque los encargos a sus Majestades de Orientes aún no están del todo definidos y cambien de día en día. "Pero, ¿no habías pedido una fichas de construcción? ¿Cómo dices ahora que quieres una camiseta del Barça?", pregunta asustada mi madre a mi hijo pequeño, que acaba de cumplir 4 años y que repite todo lo que oye a sus hermanos. "No, las fichas ya no las quiero", sentencia tan tranquilo, ante la mirada horrorizada de mi madre, que ya había escrito su correspondiente misiva real. El mediano, de 8, ve en bucle vídeos en Youtube sobre rotuladores que pintan en tres dimensiones porque quiere hacerse, a toda costa, con uno de esos artilugios que pintan objetos reales (aún no entiendo muy bien cómo). "¡Mamiiiii, veeeennnnn! ¡Corre, que ahora sale el rotulador!", me grita desde el otro extremo de la casa, tumbado boca abajo en su cama delante del portátil. "Aunque en el fondo, a mí lo que más me gusta es la Nintendo", deja caer. Sí, sí, y a mí un viaje al Caribe en pleno enero, pienso para mis adentros. Sin embargo, echo la culpa a los Reyes Magos. "Me parece que es muy cara y no creo que puedan traerla", y le echo ese rollo de que tienen que llevar regalos para todos los niños y tal y cual. Pero en esta ocasión, no es solo una parrafada aprendida. Me provoca más sarpullido pensar en los regalos de Reyes de mis hijos: en los juguetes que les van dejando por las casas de abuelos y tíos, que no valoran, que se pierden y se rompen a los dos días. Y lo que ahora es una leve alergia me afectaba como una urticaria cuando mi hijo mayor tenía 2 años y era el único nieto y sobrino en buena parte de la familia. La carta a los Reyes Magos y los juguetitos de marras me costaron más de un disgusto con algunos familiares, a los que reñí muy en serio ante tal dispendio. El caso es que ahora, como a todo se pone nombre, se habla del 'Síndrome del niño hiperregalado': lo que toda la vida venía siendo la invasión de los juguetes. ¡Menos mal que algunas asociaciones y familias están poniendo un poco de cordura en este despropósito! Y entre ellas, la Fundación Vicente Ferrer ha puesto en marcha 'el hiperregalo': una iniciativa para regalar solidaridad y sustituir las montañas de juguetes bajo el árbol de Navidad por el apadrinamiento de un niño de la India.

La invasión de los juguetes

Mi hijo mayor, de 11 años, es un adolescente en toda regla, de los de zapatillas con puntera de goma aunque esté jarreando, pegatinas en su patinete (perdón, 'scooter'), el flequillo ladeado y un '¡jo tío, chaval, qué guapo!' permanente en su boca. Pero ser adolescente también tiene su parte positiva. Hace dos años se llevo el mayor disgusto de su vida al enterarse de la verdadera identidad de Melchor, Gaspar y Baltasar, ya no pide "cosas caras" e intenta concienciar a sus hermanos. "No hay que pedir tantas tonterías. Mira, yo solo quiero unos pantalones y unas deportivas". Y es verdad. Uno de estos días de puente, nos fuimos juntos a hacer las compras de rigor y lo pasamos muy bien renovando su armario con ropa 'molona' y no 'esa de pringao' que le compraba hasta ahora (camisas y jersey bien monos que llevaba sin rechistar hasta hace nada). En fin. La vida. El caso es que le conté lo de la campaña del hiperregalo y le pareció una buena idea. "De ese país no tenemos apadrinados, ¿no?", me preguntó como si fuéramos una ONG y envíasemos dinero a niños de todo el mundo. "No, cariño, solo tenemos un niño de Venezuela", le recordé. Esteban, un pequeño de 8 años, de una familia con pocos recursos, que sufre parálisis cerebral y del que escribí un reportaje hace unos meses con motivo de la gala de la Fundación Juan Bonal.

Mi hijo mediano continúa doblando las esquinas superiores de las páginas de los catálogos y su lista de regalos va en aumento. "Creo que voy a pedir también unas gafas de realidad virtual. Te las pones y parece que estás en otro lugar", dice convencido. Pues igual me pido yo unas, vuelvo a pensar, porque, a veces, no me vendría mal cambiar de escenario. Sobre todo en momentos de peleas entre hermanos por ver quién se lleva el patinete al colegio o porque todos quieren el mismo lugar en el sofá. Mi marido y yo nos reíamos el otro día con las ocurrencias de nuestro mediano. "¿No podría pedir unos 'legos' de toda la vida? ¿O unos coches? ¿O incluso unas espadas láser?", nos preguntábamos. Pues no. La tecnoadicción se ha instalado con fuerza en nuestra casa y sus peticiones son de lo más 'frikis'.

Así que, cuando aún quedan tres semanas para que llegue el día de autos (de auto de los Reyes Magos, me refiero), nos seguirán bombardeando la publicidad, los catálogos y las conversaciones entre madres (porque, como suele ser habitual, no es un tema muy recurrente entre los hombres). "¿Qué han pedido tus hijos? A ver si me das una idea porque los míos no se deciden... ¡Y mira que les enseño catálogos!" ¡Por catálogos será! Digo que, mientras se acerca el momento, cada vez me voy poniendo más nerviosa. Empiezo a hacer sitio en las habitaciones de mis hijos, a tirar juguetes rotos, a regalar otros que ya no utilizan.. y desviar la conversación cada vez que los abuelos me sacan el tema de los juguetitos. Tanto acumular, ¿para qué? Ya sé que es remar contracorriente y que todos los niños (los míos incluidos) son consumistas. Pero, por lo menos, me gustaría ofrecerles un regalo sin precio pero muy valioso: una caja de cartón vacía para ayudar a los demás. Y a ellos, los primeros: para escapar de esa invasión de los juguetes.

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