x
Diario de Navarra | Facebook Se abrirá en otra página Diario de Navarra | Twitter Se abrirá en otra página Hemeroteca Edición impresa Boletines
Mi Club DN ¿Qué es? Suscríbete

La Hemeroteca
URRUTIKOETXEA 20-22 IRRIBARRIA

Irribarria logra su segunda txapela en una gran final

Un cambio de estrategia del campeón manomanista con 12-7 en contra propició la remontada en el Bizkaia

Iker Irribarria celebra su victoria en la final del Manomanista frente a un Urrutikoetxea tendido en el suelo.

Iker Irribarria celebra su victoria en la final del Manomanista frente a un Urrutikoetxea tendido en el suelo.

Efe
Actualizada 10/06/2019 a las 07:44
A+ A-

Iker Irribarria ha encontrado la salida al túnel en el que el exceso de presión y la falta de confianza le habían metido en los últimos años. Y lo ha hecho a lo grande. No puede haber mejor remedio para recuperar las sensaciones óptimas que ganar la txapela de las txapelas, la que sitúa a cada pelotari en su lugar en la historia de esta modalidad. Ya en el último Parejas el guipuzcoano dio muestras de mejoría, pero se quedó a medias: llegó hasta la final y ahí pinchó, rígido, preso de la responsabilidad.


En el Manomanista no ha fallado, y eso que ha tenido que afrontar una final durísima, de nivel sublime y tensión monstruosa frente a Mikel Urrutikoetxea, el pelotari con el colmillo más afilado del cuadro. La victoria por 20-22 le encumbra a lo más alto. Está por ver si el vértigo le somete de nuevo o ha vuelto al trono para quedarse.


La final fue brillante. Urrutikoetxea es un digno heredero espiritual de Aimar Olaizola. Habla el mismo idioma pelotazale que el de Goizueta. No destaca en pegada, no es el mejor finalizador, no tiene un saque definitivo ni las mejores piernas, pero es el más listo, el más templado, el más frío, el más calculador... con el permiso del maestro Olaizola. El vizcaíno sabía que le iba a tocar andar de recadero, llevar mucha pelota a buena sin esperanza de dominar, pelear por el simple hecho de mantener con vida el tanto y trasladar las dudas a la cabeza de su rival. Le puso todo el empeño del mundo a la tarea. También la clase, que le sobra.


Después de un inicio de partido en el que Irribarria parecía que iba a dominar la final con su inigualable pegada, Urrutikoetxea fue haciendo realidad su plan. Como una hormiguita, volea a volea -casi siempre defensivas-, buscando la derecha de Irribarria o el pique de la pared izquierda, alguna pelota corta para luego jugar en largo, el de Zarátamo se metió en la mente de Irribarria. Lo empequeñeció. Le hizo dudar. Y los pelotazos del de Aspe, antes brillantes, de repente tomaron el camino de los colchones o las tablas con demasiada recurrencia. Así se pasó de un 4-7 favorable a Irribarria al 12-7. Saltaron todas las alarmas.


El finalista más joven, todavía dentro del túnel de la desconfianza, buscaba un botillero en el que ayudarse. Necesitaba una explicación a lo que estaba sucediendo. Soluciones. Pero ahora ya no hay botilleros. Fue listo y aprovechó el descanso largo del tanto 12 para irse a los vestuarios. Allí le refrescaron las ideas. O, mejor dicho, le cambiaron la estrategia a seguir. Con pegar y pegar no era suficiente. Había que jugar a pelotari: variar los golpes, arriesgar en las finalizaciones.


Valiente Irribarria


Salió Irribarria a la cancha como un toro. Decidido, determinado y con una idea clara en su mente donde antes había estorninos, palomas y hasta perdices. El cambio se notó al instante: el 12-8 fue su primer tanto de gancho. Al instante, con 12-10 en el marcador, Urrutikoetxea tomó nota de que la premisa del partido había cambiado. El vizcaíno activó entonces su plan de contingencia. Tampoco le valía con solo defenderse. O, mejor dicho, tocaba defenderse de otra manera. El duelo ahora pedía acortar el frontón, convertirlo en un cuerpo a cuerpo en los cuadros alegres, en un momento en el que Irribarria estaba dispuesto a aceptar el reto. Y Urrutikoetxea demostró en esta fase del choque toda su versatilidad, su juego camaleónico, para provocar los fallos de su rival y estirar la ventaja hasta el 15-10.


El de Asegarce se plantó entonces ante el Rubicón: estaba a un paso o dos a lo sumo de dar la puntilla a la final. Quiso en ese momento regalarse un tanto, lanzar una cana al aire. Se jugó un gancho y se le fue a la contracancha. Aquello fue lo más parecido a ser César, poner un pie en la ribera del río y dar marcha atrás. Irribarria agradeció la vida extra: hizo dos tantos de saque y otro de saque-remate. 15-13. Había partido y el viento, cambiante a lo largo de la final, soplaba a favor del guipuzcoano.


Pleno de confianza, Irribarria sacó a pasear de nuevo su privilegiado cañón, acompañado además por certeros remates, y el marcador no tardó en ponérsele de cara (17-18). Urrutikoetxea se resistía a perder, pero las piernas ya no le respondían. Dejó de correr a una apertura al ancho. Y con 18-18, seguramente exhausto, no supo terminar uno de esos tantos que ha firmado a miles a lo largo de su carrera. Acusó el error: se quedó sentado, con la espalda en la pared, consciente quizá de que había dejado pasar su penúltimo tren.


Irribarria se escapó hasta el 18-21. La final agonizaba y aún así Urrutikoetxea siguió peleando y logró dos meritorios tantos más (20-21). El Bizkaia rugía, pedía un 21-21 iguales. Sin embargo, el pelotari local estaba en las lonas, completamente desgastado: intentó ahorrarse una carrera hacia atrás, una de tantas, y buscó el bote pronto. La pelota resbaló por la yema de sus dedos, no entró bien en la mano y salió peor. Irribaria era el nuevo campeón. Los dos pelotaris quedaron tendidos, largos, en el suelo, separados por apenas un par de metros. Dos héroes caídos en una final para el recuerdo. Ninguno de los dos se levantó derrotado, pero solo uno, el que más lo necesitaba, lo hizo como vencedor.


Una final sobresaliente


Decía Juan Martínez de Irujo en una entrevista publicada en Diario de Navarra días antes de la final que el mano a mano actual no lima gota a gota, sino que atropella. Seguramente él fue el gran responsable del cambio con su juego rockandrollero, algo estridente en su época, y sus voleas ofensivas donde antes tocaba correr hacia atrás y buscar el juego a bote, sus restos de saque de aire... Sin embargo, el secreto del Manomanista permanece inmutable: lo que complica el duelo individual es que nunca se puede golpear bien cuadrado, en el sitio, con tiempo y distancia, herramientas fundamentales para cualquier pelotari.


Irribarria tiene un don: el de empalmar a la pelota con una facilidad inusitada. El poder de su brazo, su palanca, y una postura académica hacen el resto. Urrutikoetxea posee ese punto de calidad que le permite solventar cualquier apuro con el recurso técnico adecuado: es elegante y de juego aparantemente sencillo, como lo eran todos los grandes campeones de antaño.


Entre ambos consiguieron ayer que el Manomanista, a veces feo por complicado, áspero y amargo para los paladares menos educados, brillara en su máxima expresión. Intercambiaron peloteos largos, brillantes, veloces y siempre con sentido. Los pelotaris le pudieron a la modalidad y se vieron estrategias diferentes, una lucha no menos mental como física. Un soplo de aire fresco que el torneo más importante del año necesitaba. Irribarria recuperó su trono; el Manomanista vuelve a reinar.

Te puede interesar

Selección DN+

Comentarios
Te recomendamos que antes de comentar, leas las normas de participación de Diario de Navarra

Lo más...
volver arriba

© DIARIO DE NAVARRA. Queda prohibida toda reproducción sin permiso escrito de la empresa a los efectos del artículo 32.1, párrafo segundo, de la Ley de Propiedad Intelectual

Contenido exclusivo para suscriptores DN+
Navega sin publicidad por www.diariodenavarra.es
Suscríbete a DN+
Solo 0,27€ al día (Suscripción Anual)
Ya soy DN+
Continuar

Estimado lector,

Tu navegador tiene y eso afecta al correcto funcionamiento de la página web.

Por favor, para diariodenavarra.es

Si quieres navegar sin publicidad y disfrutar de toda nuestra oferta informativa y contenidos exclusivos, tenemos lo que necesitas:

SUSCRÍBETE a DN+

Gracias por tu atención.
El equipo de Diario de Navarra