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Opinión

Ser de Osasuna desde niño

Fernando Ciordia.
Fernando Ciordia.
Actualizada 24/10/2020 a las 10:15

Paseaba un sábado por la mañana con mis padres por el antiguo edificio de la Caja Municipal de Pamplona. Allí había una taquilla. Bajaron unas escaleras con barandillas negras y me compraron una entrada. Yo no sabía nada. Era un Osasuna-Sevilla, con Buyo de portero. El del petardo. Mi primer recuerdo.

Ir a El Sadar en los 80 siendo un crío era meterte en el parque de las sensaciones. Impresionaban aquellas dos torres de focos que iluminaban la hierba impecable que desprendía humedad y el olor a recién cortada. Impactaba el ruido del golpeo del balón en el calentamiento antes de que el estadio fuera un volcán o la cantidad de cabezas que había por allí. Te lo llevabas a casa. El verde chillón del césped y los sonidos tan rompedores.

Mi padre era socio en Tribuna de Preferencia. Tiempos difíciles para las familias. La afición por los colores podía para sacar "la tarjeta". Me sentaba cerca suya en unas escaleras, los niños no tenían lugar asignado. Seguía boquiabierto los partidos, una, dos o tres veces por temporada como mucho. Era ver a los jugadores de los cromos.

"Mira, esa es la mujer de Iriguíbel y ese es su hijo". Les observaba con admiración por estar cerca de la familia del ídolo. Tendría unos siete años, calculo. Recuerdo haber visto a Maradona y un partido contra el Hércules con gol de Orejuela, un cabeceador de rizos. De vez en cuando miraba al reloj del estadio y me alegraba saber que quedaban muchos minutos por delante. Y qué decir de un gol. Todos de pie y agitando brazos. Qué locura nunca antes vivida.

El marcador manual simultáneo de la esquina, la megafonía (tengo en la memoria el anuncio de Viajes Vincit), las almohadillas, el aroma del puro que ni molestaba y era agradecido, las bufandas de lana o el paseo hasta el estadio en ríos de gente forman parte de aquellos primeros años en rojo. Ir al estadio era sentir agitación y si no, las veces que más, en casa escuchaba a Martínez de Zúñiga. A la noche, tardísimo para un niño, Estudio Estadio. Merecía la pena esperar tanto por ese minuto y medio de resumen. Aun perdiendo en Murcia con una camiseta verde horrible.

Me llamaba la atención ver a un extranjero. Vi el debut de Dusko Milinkovic, a quien identifiqué pronto por la melena. Qué horror de fichaje. Siendo tan joven, leía las noticias de Jesús Riaño en el Diario y en el Marca (los domingos que compraba mi padre en el kiosko de la calle mayor de Burlada), y el humor en rojo de Oroz. Eso me generaba una atracción mayor a Osasuna. Normal que fuera feliz al ver Iñaki Ibáñez y Sammy Lee promocionando una tienda de deportes a dos manzanas de mi casa o al pedir autógrafos cuando el equipo jugaba en El Soto en fiestas. Te daba cosa ir a molestar al primero, luego te crecías orgulloso.

En El Sadar comencé a cruzar el puente hacia la esquina de la mítica charanga de Marcilla, junto al marcador de los anuncios asignados en el periódico. Aquí nos colocaban a los niños de los clubes. Mi equipo era del colegio Capuchinas (con Rubén, Sergio, Óscar, Mikel, otro Sergio e Isaac). Nuestro entrenador, Echeve, era ojeador de Osasuna y ahí nos metía en las noches entre semana. Me tocó nada menos que el Glasgow Rangers. Tengo flashes de ver a la policía montada a caballo más que del propio partido.

Desde ese ángulo de El Sadar me impactó ver una hilera de bengalas encendidas en Graderío Sur, de córner a córner, creo que en una noche contra el Barcelona. El humo no se quitó hasta el minuto 10. Era sábado. Al día siguiente, por la mañana, veía con mi padre al juvenil en Tajonar, por donde pasaban clubes grandes. No quitaba ojo de las camisetas.

Siendo más consciente de lo que veía en el campo, ya me daba cuenta de la calidad de Urban, de cómo se colocaba Martín González o de cómo mandaba y sacaba de puerta Pepín, un central en quien yo me fijaba pensando en que alguna vez podría llegar a ser como él. Tampoco perdía ojo de Chiquilín colgado en la valla.

El osasunismo siguió en las venas en Segunda en aquellos partidos de sábado por la tarde insulsos y de cemento en el paisaje. Se encendió el fuego con el milagro de Martín en la mañana contra el Mallorca y la tarde lluviosa contra el Levante (no he visto más gente en El Sadar en mi vida). Tenía ya 20 años. No sospeché que estaba cerca de comenzar una carrera profesional que me ha permitido contar y vivir desde dentro éxitos y desgracias. Osasuna en su esplendor.

Tocar el cielo en Hamburgo y el infierno en Sabadell. Caer en una final, pero seguir emocionado. ¿Cómo es posible que uno de los goles más importantes sea en un partido perdido? Lo es. Vivir el ascenso más bonito contra el Recre, el pase a la Champions o una eliminatoria contra el Girondins de ensueño. Sufrir con los días más críticos de la institución.

 

Te das cuenta de lo orgulloso que se siente este pueblo por ser de Osasuna, una institución tan integradora. De generación en generación. Pasión, entrega, nobleza y cantera. Osasuna somos todos y todos nos sentimos parte de esta familia. En 1920, en los 80 y ahora, en el 2020 de la pandemia.


Por otros cien años, no. Por otros cien años siendo Osasuna.

Ser de Osasuna desde niño

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