EL OTRO ONCE DE OSASUNA (5)
José Mari Iglesias, el socio número 20
- Avisaba a los jugadores casa por casa del cambio de entrenamiento o trajo a Félix Ruiz a Osasuna, se encarga de conservar la historia viva del club y, además, es parte de ella
Publicado el 30/04/2011 a las 01:04
T ODO club necesita una persona que pase horas y horas en sede, aunque solo sea para quitar el polvo en la sala de trofeos, sin otra compensación que sentir de cerca su escudo, el olor de la camiseta, y desde la mera condición de socio. ¡Ay de aquél que no la tenga entre su activo más valioso! Ese club habrá muerto como tal. No es el caso de Osasuna. Tras jubilarse en la Nochevieja de 1995, después de 53 años en nómina y plantilla, José Mari Iglesias Echeverría sigue formando parte del paisaje rojillo más arraigado. Su principal cometido es archivar la historia partido a partido, pero sabe de otras muchas facetas para sentirse útil. Con harto dolor de corazón, ya como jubilado, se encargó, por ejemplo, de desmontar las oficinas de la Plaza del Castillo para llevarlas a El Sadar.
Recién terminada la Guerra Civil, en la que su padre, Juan Ramón, fue movilizado como chófer de Campsa, entró en Osasuna de botones el primero de junio de 1942 por 50 pesetas al mes (30 céntimos). Con 13 años de edad, este pamplonés de la calle Mercaderes (16, marzo, 1929) se convirtió así en el tercer empleado de una nómina que encabezaba Miguel Oficialdegui como secretario general y completaba el conserje. El horario de oficina incluía una hora por la mañana y tres por la tarde, pero su disponibilidad era mayor. Las tarjetas de socio se cobraban mensualmente a domicilio y, como el teléfono era un lujo, si había cambio en la hora del entrenamiento le tocaba ir a casa de los jugadores, uno por uno, para avisarles. A los de fuera costaba menos, casi todos vivían en Casa Catachú o en el Otano.
Osasuna, que estaba en Segunda, ya era un club reconocido, pero pronto bajó a Tercera y la cifra de socios a 200. Los tres empleados -todavía no había entrado Victorino Casal- no pudieron cobrar la nómina durante seis meses. "Esto es lo que hay, o lo tomas o lo dejas", le dijeron. La sangre rojilla ya corría por sus venas, siguió y sus cometidos en la oficina aumentaron. En 1946 entró como secretario general Ángel Vizcay Martínez, que completaba su horario en Matesa, modernizó el funcionamiento interno del club, y resultó decisivo en el trabajo de su empleado más joven. Además de aumentarle sus tareas -valoraba su buena letra o su carácter trabajador, ordenado y perfeccionista-, le encargó el historial del club, que ha continuado desde entonces. "No lo dejes de la mano", le recordó cuando se jubiló en la temporada 1979-80. Si hoy le preguntan por qué sigue haciéndolo, responde: "Le di mi palabra a don Ángel". Reparte la tarea entre el club y su casa cuando hace mal tiempo. SI hace bueno, toca salir a pasear con su mujer. Guarda ficha y anotaciones de todos los partidos disputados desde 1944. No hay estadística de Osasuna, foto o anécdota que se escape a sus anotaciones. Ni la de Cachulín, el perro del conserje que en el viejo San Juan animaba el prepartido levantando con el hocico un balón que conducía después sostenido a cabezazos.
A José Mari Iglesias le gustaba el fútbol, donde destacó como rápido extremo derecha, y como ariete. Jugó de chaval en el San José, pasó al equipo de la parroquia El Redín, y se hizo mayor en el Anaitasuna, donde fue primero fundador de la peña y de la sociedad después en la calle Mayor. También a través del fútbol conoció su mujer, Ermelinda Marcellán Gil, zaragozana de Undués Quintano que servía en el portal de al lado del presidente del "Anaita", en Paulino Caballero, en casa de los Urdiroz, uno de ellos jugador de Osasuna. Como futbolista, José Mari llegó a debutar en el primer equipo de Osasuna, aunque en amistosos. Jugó habitualmente en lo que hoy sería el Promesas, entonces un equipo de Regional para los suplentes -se llamaba "el reserva"-, y que no puntuaba en la clasificación.
Ha actuado también de delegado de juveniles, del Promesas o del primer equipo en Segunda División. En ocasiones ha sido llamado a la junta directiva para dar su visión de algunos partidos o jugadores. Fermín Ezcurra, por ejemplo, le pedía asesoramiento sobre cuestiones deportivas. Gracias a él llegó Félix Ruiz a Osasuna. Un tío suyo, presidente del Erri Berri, le avisó cuando tenía 14 años, fue a verle y recomendó su fichaje. En cambio desaconsejó el de Mantecón. "De esos hay muchos", dijo. El defensa estuvo un año y apenas jugó media docena de partidos. Los equipos Osasuna que más le han hecho disfrutar han sido los de principios de los 60, con Zoco y Felix Ruiz en la medular, y de los 80 bajo la dirección de Pepe Alzate. Recuerda una alineación con once canteranos y algún reserva más, y muchos partidos con diez titulares de casa. Entre los partidos para el recuerdo se queda con los decisivos para un ascenso, y los goles que los dieron, caso del de Randez y Trceziak.
Hizo grandes amistades con jugadores. Había mucha relación con ellos en la oficina. Todos los meses pasaban por allí a coger el sobre con el sueldo en metálico y decían: "Vamos a San Nicolás a echar un chiquito". Ha estado en despedidas de soltero o en bodas. De él ha salido la anécdota de la madre de un jugador de Pamplona, de condición humilde, que apareció llorando en las oficinas porque su hijo no le hacía llegar ni una peseta. El presidente, Antonio Lizarza, decidió que le dieran el sueldo a ella. Cuando llegó el jugador, su respuesta fue clara: "Si cobra mi madre, que juegue ella el domingo".
Entre los entrenadores sobresale su relación de amistad desde siempre con Miguel Blanco, y entre los presidentes destaca a Joaquín Saldise y a Fermín Ezcurra, de quien todavía trata hoy de explicarse cómo conseguía terminar las temporadas con superávit. "Ganaba cien y gastaba ochenta", explica. Destaca su relación con cualquiera de los cientos de directivos que ha tenido. Acostumbra a poner el "don" por delante cuando les cita.
Pamplonés de pura cepa, ha disfrutado de la juerga, aunque sin pasarse. Le gustaba vivir los sanfermines a conciencia. Desde pequeño veía desde el balcón de casa, y corrió después hasta que en 1953 recibió una puntada de 7 cm en la rodilla en el callejón. En la enfermería le atendió el doctor Antonio Armendáriz, que también lo era de Osasuna. Los días siguientes sólo veía toros por todas las partes y decidió no correr más.
Hombre metódico, se casó tras nueve años de noviazgo ahorrando. "Debiendo a nadie no quiero casarme" le decía a su novia. Así que pagó en mano la mitad del importe del piso en la Rochapea. Allí nacieron Ana Isabel y José Mari, a quien disfruta al verle continuar su labor en las oficinas del club. "Yo traté de explicarle cómo se debe comportar y todo lo demás", dice de él. Cuando acabó los estudios de Magisterio le propuso a Fermín Ezcurra que su hijo trabajara allí. "Yo no te puedo responder. Debo consultar a la junta, pero sabes que te tenemos en alta estima", le dijo el presidente. Aquel mismo día se reunió la directiva y recibió la respuesta afirmativa.
José Mari Iglesias Echeverría guarda dos insignias del club. La primera de oro y brillantes por su medio siglo como empleado, y otra más después por sus cincuenta años de socio, que hubieran sido más si le hubieran contando como antigüedad los años de socio infantil. Es el socio número 20.