EL OTRO ONCE DE OSASUNA (3)

Javier Primo. Oír, ver y regar

  • En El Sadar también ha ejercido de cazador, tratando de dar antes que el árbitro con los objetos lanzados al campo (guarda tornillos, una rueda de rodamientos .), o persiguiendo al cerdo que le echaron a Juanito o a una liebre que le hizo perder hasta las gafas. Zubizarreta le ayudó en el empeño.

J.M. ESPARZA . PAMPLONA.

Publicado el 16/04/2011 a las 01:01

EL Sadar pudiera decir una palabra, ésta sería, sin duda, de agradecimiento al hombre que le cuida desde hace cuarenta años, sea en la limpieza de las gradas o dejando el césped como una alfombra. También le guiñaría un ojo de complicidad, porque nadie conoce más que él historias guardadas entre los cuatro muros del estadio. Hablar de El Sadar es hacerlo de Javier Primo García (Tabar, 29 de agosto de 1949). Ambos son lo mismo, el uno para el otro. No ha dudado, llegado el caso, a enfrentarse él solo a un equipo entero, como hizo con el Valencia de Villa y Albelda que entraron a vestuarios dando patadas a todo por perder al final del partido. Marchena salió en su ayuda.

La historia comenzó cuando el profesor José María Eslava, que iba mucho por el pueblo con Julio Santamaría, defensa de Osasuna, le animó allá por 1971 a entrevistarse con Fermín Ezcurra en la sucursal de la Caja Municipal en el Paseo Sarasate, donde era el encargado de préstamos, y Osasuna debía muchos. El entonces presidente le examinó un poco de todo, también de la hierba. Al acabar, cogió el teléfono para dar la orden de que no siguieran buscando un empleado para el campo, que ya había encontrado uno. A los pocos días Javier Primo cambiaba la azada por la escoba, el primer instrumento que puso en sus manos el conserje Luciano Ozcoidi. Dejaba su casa y su vida en el pueblo y, con un sueldo de 2.400 pesetas al mes, empezaba otra en una patrona en la capital.

Javier, el cuarto y último de los hijos de Francisco y Elena, agricultores con dos bueyes y cien robadas de viña y cereal en Tabar, al lado de Lumbier, estudió en la escuela de Tabar, donde entonces había vida con 40 niños. Pero no sacó el Graduado Escolar, lo dejó para la mili en Aizoáin. A los 13 años ya estaba labrando para casa o para otros. La agricultura le gustaba y entró a trabajar en unos viveros de la Diputación, donde cumplía las ocho horas y se iba después a la viña. Los cuartos se los gastaba después en Lumbier o en Sangüesa, a donde iban en bici o andando por los túneles de Foz, como los perros, decían. A Pamplona vino por primera vez de mozo, con seis amigos a un partido en el viejo San Juan. Le impresionó mucho el campo, pero más la ciudad. Cuando vieron salir los jugadores prefirieron ir a conocerla antes de que el autobús les recogiera de vuelta en la Plaza del Castillo.

La caza ha sido siempre su gran afición. Cuando podía, pasaba desde el amanecer hasta el oscurecer persiguiendo a la presa. Así forjó su personalidad. Es un cazador nato, siempre al acecho. No se le escapa ni una, escurridizo, socarrón, noble, sin escatimar un esfuerzo para salir airoso. Quien sea cazado ya no podrá cazar. Aunque sabe esperar cuanto sea preciso -su calendario lo marcan los ciclos de la tierra-, no le gusta el jabalí. Prefiere la perdiz, la codorniz o el conejo, ir de frente. La escopeta se la dejaban, de tercera y cuarta mano. A los quince años le reventó el caño de una. No tuvo arma propia hasta que Julio Santamaría le regaló una a base de la amistad que hicieron, porque Javier sabe hacer amigos. Un detalle: en el cómic que ha realizado este año la Fundación Osasuna es el único trabajador del club reconocible.

En El Sadar también ha ejercido de cazador, tratando de dar antes que el árbitro con los objetos lanzados al campo (guarda tornillos, una rueda de rodamientos .), o persiguiendo al cerdo que le echaron a Juanito o a una liebre que le hizo perder hasta las gafas. Zubizarreta le ayudó en el empeño. Luego se la comieron. También ha encontrado un cerdo muerto en la grada, donde los días de partido nocturno suma más de 200 sacos de basura, y antes se ponía un casco de obra junto a Daniel Zariquiegui y recogían 35 canastos de botellas. En el estadio le ha tocado vivir de todo. Nunca había imaginado de joven venir a trabajar a Pamplona y lo que le esperaba aquí. Le aguardaba, por ejemplo, Mari Carmen Greño Lafuente, de la calle Estafeta, la madre de sus hijos, Andoni e Iñigo.

También le esperaban las particularidades de cada entrenador, desde Fernández Mora, el primero. Barrios le pedía la hierba siempre corta; Pachín le llamaba "Jardinero, venga aquí" para decirle que regara o darle la consigna de hierba alta o baja; Lotina, que era capaz de acortar el campo si la situación lo aconsejaba, también se preocupaba mucho. Al Madrid le esperó con hierba alta y bien regada. "Esto déjamelo a mí", le respondió Javier. No se hizo barro y Osasuna ganó 3-1. También algunos entrenadores contrarios le han dado consignas. Javier Clemente le contó que regar venía bien a los dos equipos. "Pero si me lo pides tú, será que te viene bien a ti. Tú mandarás en San Mamés" le respondió. "Si te dicen algo, ni caso", apostillaba Pedro Mari Zabalza, al que siempre recordará como un señor.

La hierba es delicada. Los tacos de un rival pueden contagiarle una enfermedad, Pamplona tiene cuatro meses muy complicados, y siempre hay enfermedades al acecho. No ha sido fácil cuidar el césped, y menos antes de hacerse Tajonar, cuando había fines de semana con tres partidos: el juvenil, el Promesas y el primer equipo, o cuando los nervios te comen, hay que ganar como sea, pero regar resulta contraproducente para la hierba, y hay que regar. Cuando se levanta un trozo de hierba es como si le arrancaran un girón de la piel, y apenas consigue conciliar el sueño si el césped no se encuentra como le gusta. Por eso recuerda con terror los conciertos de Elton John y sobre todo de Bon Jovi, con grúas de 50 toneladas sobre el césped, la hierba quemada, los tepes levantados. Una pesadilla, que le tocó luego solucionar a él solo.

A pesar de todo, Javier Primo ha podido presumir de conservar el césped de Poa sembrado en 1967. Sólo hace tres años trajeron tepes de Raigrass para la parte de Preferencia, la más castigada por la sombra. Antes, hasta que en un viaje a Almería cogió pánico al avión, viajaba como utillero con el equipo, y comparaba su césped con el de otros campos de Segunda y Tercera. Siempre salía bien parado. Últimamente le han felicitado delegados ingleses de la UEFA, y acostumbran a hacerlo los árbitros. Los jugadores, salvo excepciones, no suelen preocuparse mucho. Algunos como José Mari Lumbreras se interesan, José Mari Bakero le felicitó, y Zinedine Zidane se acercó a hacerle preguntas sobre el césped.

Así han pasado 40 años dedicados por entero al estadio rojillo desde el punto de la mañana, sin vacaciones. El último sábado que, por ejemplo, jugó el Promesas, allí estaba el domingo a las siete de la mañana para dar la vuelta a lo que hiciera falta o arreglar los vestuarios para que las señoras de la limpieza se lo encontraran mejor el lunes. Así, hasta el mediodía que cerró la puerta. Se sabe un empleado del club, siempre al tanto de lo que decida la directiva de turno, y le han tocado unas cuantas. A todas les ha dejado con el convencimiento del deber cumplido, al menos por su parte.

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