Análisis

La realidad paralela de Lisci y el enfado en la grada

El final de temporada decepcionante del equipo con mayor estatus en la historia de Osasuna abre un escenario de reflexión, por lo menos en Primera tras haber evitado el fracaso

Lisci, en la banda del Coliseum
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Lisci, en la banda del ColiseumJ.P. Urdíroz
Lisci, en la banda del Coliseum

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Gorka Fiuza

Actualizado el 24/05/2026 a las 11:48

El desahogo de Osasuna después de haberse salvado con un sufrimiento que no se corresponde al nivel de la plantilla ha sembrado de dudas el camino. Cinco derrotas en las últimas cinco jornadas encienden las alarmas, pese al final positivo, que no es lo mismo que feliz. 

El enfado de algunos aficionados desplazados a Getafe, después de haber vivido una nueva decepción sobre el terreno, era patente por mucho que sobre el césped se desataran escenas de alivio lógicas por la tensión que se habían vivido en las últimas semanas.

Mejor tomar decisiones tras haber esquivado un descenso que hubiera sido terrorífico, después de haber celebrado precipitadamente -pese a que después valiera- y con la plantilla de mayor estatus en la historia de Osasuna.

“Les pido que lo celebren”, decía Lisci anoche tras la quinta derrota consecutiva. Y en la grada, que las ha vivido de todos los colores, emergía el malestar. Esa misma hinchada que un día antes, en un ejercicio de madurez y fidelidad, despidió con honores al equipo. El verdadero patrimonio, por encima de cualquier nombre.

Esa alegría no era la sensación que invadía los corazones osasunistas, ni mucho menos. No por falta de perspectiva -quizá en algunos casos la haya- sino porque no tocaba tras una caída generalizada muy preocupante e inadmisible que ha enseñado las vergüenzas. Cinco derrotas para acabar y salvados por el golaverage. Ver para creer. Unos hacían las cuentas necesarias para la permanencia y Osasuna las que conducían a Segunda.

Ya sea por el bloqueo, por el miedo o por mala gestión de los recursos, Osasuna ha llegado al final de temporada queriendo que se acabara con jornadas de antelación, con futbolistas desconectados, rindiendo muy por debajo de sus posibilidades -algunos muy mermados-, y un entrenador que queda marcado por no haber sacado jugo a un equipo que hace un año quedaba a un gol de Europa. Es compatible valorar una permanencia con la exigencia que corresponde a esta plantilla, bañada en elogios hasta hace pocas semanas.

Entre la incapacidad desde el banquillo y el vértigo que no se ha sabido gestionar desde el césped se vio muy cerca el infierno. Un ecosistema donde ha florecido una realidad alejada de lo que debe de ser Osasuna. De la cercanía en el trato, la sencillez y la intensidad, se ha caído en el distanciamiento, el letargo y la falta de pulso. Duele.

Capítulo aparte merece el debate sobre el perfil del inquilino en el banquillo, cuando por delante se debe afrontar una regeneración complicada: sobre la mesa están el nivel competitivo para seguir creciendo, el paso a aire fresco y la huella del núcleo de casa. Una autocrítica y reflexión necesarias, que hubiesen sido obligatorias en Segunda y que podrán plantearse en Primera. Menos mal.

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