Copa del Rey
Cuaderno de bitácora: viaje nocturno hasta la final de Copa
Decenas de aficionados salieron por la noche desde El Sadar en autobuses directos a Sevilla. Más de 10 horas de carretera


Actualizado el 06/05/2023 a las 11:12
Daniel Gil sube al autobús con aquello con lo que todo osasunista sueña: la Copa del Rey. Por supuesto, no se trata de la de verdad, sino una versión hecha a mano por él mismo. "A ver si cambiamos esta por la verdadera y nos la traemos el domingo", sonríe Gil, de 21 años. No le importa las más de diez horas que separan Pamplona de Sevilla. 900 kilómetros por recorrer durante toda la noche.
Gil, su amigo Adrián Imaz, de 20 años, y el resto de la cuadrilla vienen bien pertrechados para el viaje: almohada hinchable, agua, bollos, galletas y el pacharán que han tomado antes de subirse para que "entre un poco el sueño".
Faltan cinco minutos para las once y media de la noche, la hora prevista para que salgan rumbo a Sevilla los cuatro autobuses estacionados en las inmediaciones de El Sadar. Según explican desde Gorriak On Tour, empresa responsable del viaje, 50 personas van en el autobús número tres, donde viajaremos. En total, transportan a 400 aficionados durante esta jornada, con varias salidas programadas, tanto por la mañana como más tarde de las once y media de la noche. El precio por subir a bordo: 150 euros. La sorpresa: bufanda de Osasuna para cada uno de los clientes.
La gente acomoda las mochilas y se sienta. Dentro, el ambiente es tranquilo, sin apenas ruidos. Javier Tirapu y Javier Tabar, de 20 y 19 años respectivamente, han logrado ocupar los asientos justo al lado de la segunda puerta del autobús. "Para estirar los pies", confiesa Tirapu. Tabar acaba de llegar de Zaragoza y ahora comienza un nuevo viaje. Ambos confían en que Osasuna se lleve la victoria y van con muchas ganas de disfrutar del ambiente.
Esta mezcla de ilusiones se palpa entre las personas, aunque todavia permanece dormida, a la espera de que estalle cuando vengan momentos más oportunos. La garganta también tiene sus horarios de descanso. Suena el motor del autobús. Las once y media. Rumbo a Sevilla.


En cuanto se apagan las luces, varias personas buscan la postura para dormir. Poco a poco la mayoría se dejan vencer. Pantallas de algún móviles y un par de susurros que desaparecen con el pasar de la carretera y el paisaje. Pamplona se empequeñece, hasta convertirse en una sombra de colores tenues que, de pronto, se borran. Rodea al autobús un manto negro, solo alterado por las luces delanteras del vehículo, alguna gasolinera y los coches que pasan por la izquierda. Apenas hay tráfico. La carretera está casi vacía. Los árboles y las señales de tráfico se suceden uno detrás de otros, como el carrete de una película en blanco y negro. Es de larga duración, un Señor de los Anillos versión extendida. Son las dos de la noche. Sólo se escuchan voces al comienzo del autobús. Cómo no, los conductores. Mucho asfalto.
Joseba Argiarro tiene 59 años y es uno de los dos timoneles encargados de llevar a esta tripulación a buen puerto. Hablar entre ellos ayuda a mejor la navegación. De momento, la noche va "sin problemas", menos por los puntos para parar de 24 horas que, por lo visto, lo de 24 horas es más cartel que realidad.
Esas paradas resultan una oportunidad para estirar las piernas y moverse un poco. Mikel Irisarri, de 40 años, mantiene el ánimo intacto recién superadas cuatro horas de viaje. "Se han hecho cortas. He podido dormir algo. Hay ilusión en la ida", dice Irisarri. Cada vez que la gente pisa tierra despierta un aluvión de voces. Cada vuelta a la carretera, a la cama/asiento. La garganta de Argiarro no entiende de descansos. Por suerte, el trabajo sí. Para eso están los compañeros.
A once kilómetros de pasar Cáceres tiene lugar el último parón antes de llegar a Sevilla. 45 minutos para recargar pilas y el grueso del grupo va directo a la barra del bar de este área de servicio. Café. A espabilarse. "Hace falta un poco de energía. Estamos intentado dormir lo que podemos, pero si queremos aguantar todo el día hasta el final, hay que tener energía", asegura Nerea Sarriguren, de 23 años, quien descansa junto con sus amigos en el interior del local. Sarriguren ha visto vídeos del ambiente que hay en Sevilla. "Está la ciudad llena de rojillos y estoy con muchas ganas de poder estar ahí en unas horas con ellos y disfrutar de la experiencia", explica la joven. El día ya clarea. Son las siete de la mañana. Quedan menos de tres horas.
TIERRA A LA VISTA
Dan las diez cuando alguien corre la notica: veinte minutos. El ambiente poco a poco se calienta. Pasados unos minutos, por el micrófono anuncian que echaran ancla en la avenida Carlos III. "O volvemos con la copa o no volvemos", se escucha.
El sol penetra los cristales del vehículo. Ya se huelen los botes de crema. Ya se escuchan los primeros cánticos, como si alguien hubiese lanzado un chupinazo tras el anuncio de la llegada inminente.
"¡A por ellos, oe, a por ellos, oe, a por ellos, eo, eo, eo!", ruge el autobús.
Un minuto de euforía y a recoger todo para el desembarco. Llegamos al aparcamiento. El autobús para y bajamos. "¡A ganar!", se oye entre los aficionados. Hambre y sed por traer de vuelta aquello con lo que todo osasunista sueña: la Copa del Rey. La de verdad.