Opinión

Presionar, no perseguir (y no morir en el intento)

Fotos del entrenamiento de Osasuna en Tajonar ante decenas de aficionados.
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Foto de un entrenamiento de Osasuna en Tajonar
Fotos del entrenamiento de Osasuna en Tajonar ante decenas de aficionados.

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Javier Belloso Ezcurra

Publicado el 27/07/2025 a las 13:31

Aunque en ese momento no lo sabía, Rinus Michels fue quien trajo eso del “fútbol total” allá por los años 60, con el Ajax y la selección de Países Bajos. Su idea se dividía en tres: que los jugadores pudieran intercambiar posiciones con frecuencia (desorden ajeno), que presionaran justo después de perder el balón (reacción inmediata), y que la posesión se hiciera pensando también en qué pasaría si se perdía (orden propio). Para que eso funcione, el equipo tiene que entenderlo bien, moverse en bloque y que cada pieza se adapte al ritmo que le permite su nivel de cansancio en ese momento.

Presionar alto (y/o tras pérdida) suena muy bien en las charlas de pizarra y en los documentales. Todos juntos, todos arriba, todos intensos. Pero en la práctica, es como intentar que once personas bailen al mismo ritmo mientras el rival te lanza cuchillos. Si uno llega tarde, si otro se despista, si el de al lado flaquea, todo se desmorona. Y lo que era presión se convierte en persecución.

Es como un puzle que solo encaja si llevas la iniciativa y controlas el ritmo del partido. La clave está en atacar y defender donde y cuando más te convenga, generando superioridades numéricas en zonas que, muchas veces, ni siquiera son donde está el balón, sino donde quieres que acabe. Eso sí, si la presión no se hace bien, el equipo queda vendido y los contraataques pueden ser letales. Eso sí, llevar la iniciativa no significa estar todo el rato atacando o presionando. Significa jugar para sacar el máximo beneficio propio y que el rival lo pase lo peor posible.

Casi simultáneamente, vivimos en Pamplona la época de los Indios con Pepe Alzate. “Aparecen por todos los lados”, decía Paquito. Con el tiempo supimos que esa consigna solo aplicaba a los primeros quince minutos de cada parte (como también hizo el Mirandés en la 24/25). El resto del tiempo no estaba prohibido presionar, pero tampoco era lo más recomendable, porque no se aguantaba todo el partido a ese ritmo.

Imaginemos un mundo virtual en el que cada ataque lleva una especie de etiqueta con porcentajes que se actualizan al instante. Esa etiqueta analiza cómo va la jugada, cómo están colocados los jugadores, el nivel de cansancio de cada uno y decide qué hacer si se pierde el balón. ¿Presionamos (si la etiqueta pasa del 50%) o nos replegamos? Si toca replegar, puedes respirar un poco al llegar a tu posición defensiva. Pero si se decide presionar, no hay descanso porque el objetivo es recuperar rápido y volver a atacar. Y, además, hay que tener claro durante cuánto tiempo se va a presionar sin éxito, para no pasarse y acabar desorganizados.

En la práctica, esto es mucho más complejo y, sobre todo, agotador. Los jugadores no tienen esa visión conjunta de forma natural; cada uno ve la jugada desde la perspectiva que le da su posición. Los entrenamientos y partidos sirven para crear mecanismos intuitivos para que el equipo funcione como uno solo y todos reaccionen igual ante lo que pasa.

Y cuando el equipo todavía se está formando, es normal que los automatismos no estén maduros. En pretemporada, además, el desgaste físico es mayor porque aún no se ha alcanzado el nivel físico óptimo. Recuperar rápido el balón pasa por haberlo perdido justo después de atacar, sin tiempo para transiciones. Si el rival está desordenado, atacará peor. Y si tú has atacado con orden, defenderás mejor.

Por ahí debería empezar todo.

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