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Balonmano

'Efectos colaterales' de los aplazamientos

Juegan en la elite del balonmano y, también, trabajan. Un equilibrio que han combinado con sacrificio las últimas campañas pero que en ésta, con tantas suspensiones y citas entre semana, se está volviendo aún más difícil

Álvaro Gastón, Ibai Meoki y Carlos Chocarro, en un entrenamiento del Helvetia en el pabellón Anaitasuna esta pasada semana.
Álvaro Gastón, Ibai Meoki y Carlos Chocarro, en un entrenamiento del Helvetia en el pabellón Anaitasuna esta pasada semana.
Actualizada 20/10/2020 a las 06:00

En otros deportes jugar en la máxima categoría nacional es sinónimo de profesionalismo, de poder vivir por y para ese deporte. Y aunque siempre hay excepciones, actualmente y a diferencia de temporadas y épocas pasadas, jugar en la Liga Asobal de balonmano no significa vivir de ello a tiempo completo. Es el caso, por ejemplo, de tres de los jugadores veteranos del Helvetia Anaitasuna: Carlos Chocarro Gorraiz (10 temporadas en Asobal), Álvaro Gastón Fernández (9) e Ibai Meoki Etxebeste (9 en tres épocas).

Así como otros de sus compañeros estudian -por ejemplo, entre otros, dos internacionales como Antonio Bazán, que está preparándose para el MIR, o Ander Izquierdo, que cursa Administración y Finanzas-, los tres compatibilizan su pasión y actividad en la máxima categoría del balonmano con otros trabajos profesionales.

LA FALTA DE PLANIFICACIÓN

Un equilibrio que en las últimas temporadas han podido compatibilizar con sacrificio pero que en ésta -con el número de aplazamientos de partidos que se están registrando por la covid-19 y que se deben recolocar entre semana- se ha vuelto aún más complicado. Sobre todo cuando el partido a jugar es fuera de casa.

Así ocurrió, por ejemplo, en el último duelo en Guadalajara. “Al menos ese fue un viaje en el día y no fuimos el día anterior como, posiblemente, tengamos que hacer en el partido de Cuenca, que ya lo han señalado para el miércoles 18”, explicaba Meoki. “Acabamos de jugar, nos montamos en el autobús y llegábamos a Pamplona hacia las 3.30 horas de la madrugada. Y al día siguiente tocó trabajar. Claro”, reconocía el de Doneztebe.

“Es algo a lo que te acostumbras. Ya llevamos años en esto. Sabes que vas a pasarlo mal cuando toca viajar y al día siguiente hay que trabajar. Al final, y aunque a mi por ejemplo me cuesta dormir muchísimo después de cualquier partido, si encima tienes que subirte al bus... No descansas igual”, apunta Chocarro, quien reconoce, eso sí, que la falta de planificación es el gran problema de la liga actual. “Hay semanas que piensas que va a haber partido y lo aplazan el día anterior o dos días antes. Me gustaría poder planificar, organizarme , avisar a tiempo a los clientes... Y eso que hay confianza y se portan muy bien... pero la situación es la que es”, reconoce.

En su caso, como autónomo y socio del centro Ukore en Mutilva, el extremo y preparador físico cuenta con el apoyo de su otro socio: el pelotari Rubén Ayarra. “Se porta genial. Me ayuda mucho. A las tardes, suele encargarse de las últimas horas y así puedo ir a entrenar o, por ejemplo, al día siguiente de haber partido es él quien abre el centro a las 7.00h. Nos repartimos los días y él me hace ese favor. Eso me deja descansar un poco más. Es un poco encaje de bolillos”, explica el capitán verdiblanco, cuyo horarios suele extenderse desde las 7.00h (dos días a la semana) y de 9.00h el resto hasta la hora de comer y, después, de 16 a 19h, momento en el que se va a entrenar con el grupo (suelen tener vídeo a las 19.30h y comienzan a ejercitarse a las 20.00h).

Más complicado tiene su horario Meoki, quien trabaja en la consultoría Akka Technologies con los diseños de las torres eólicas para Gamesa. “Tengo la suerte de que en mi empresa se portan muy bien y, además, tengo cierta flexibilidad. Puedo entrar de 7 a 9.30h aunque, lógicamente, según la hora a la que voy salgo a las 17.15h o más adelante”, expone el central, quien también “tira de días de vacaciones” para poder viajar y jugar cuando no tiene más remedio.

“Lo que más afectan son los partidos fuera en miércoles. Tengo la suerte de que los viernes trabajamos sólo seis horas y, si lo necesito para viajar con el equipo si el desplazamiento es de dos días, la empresa me permite estar unas horas y recuperar el resto a lo largo de la siguiente semana. No puedo quejarme”, explica, antes de reconocer que ve “inviable” el actual formato de competición “dadas las circunstancias”.

También reconoce que los cambios en el calendario le afectan. “Ya me ha pasado esta temporada. Pedir día d efiesta para jugar y, el día anterior, tener que llamar a mi jefa a decirle que no, que lo anulase porque no había partido. Tengo la fortuna de que es comprensiva y me ayuda”, añade.

APOYO Y SACRIFICIOS

Por su parte, el horario sólo de mañana que tiene Álvaro Gastón en su trabajo en la contabilidad de la Catedral de Pamplona (de 9 a 14.30h) permite al extremo no “sufrir demasiado”. “Por ahora apenas han tocado partidos fuera en miércoles pero, tal y como está la cosa, van a venir. Y entonces sé que tocará dormir poco y, al día siguiente, tratar de echar una siesta y descansar. Me resulta imposible dormir bien después de un partido. Es casi como si siguiera en la época de estudiante”, expone, reconociendo, eso sí, que las facilidades que le dan en su trabajo -por ejemplo, ir a entrenar una mañana a la semana recuperando luego las horas- hacen que lo pueda compatibilizar con el deporte de elite. “Si necesito, me voy cogiendo días de vacaciones. Total... en verano las pretemporadas también suelen empezar pronto y no me importa ir gastando algunos durante el año si los necesito”, explica.

Pero no sólo se trata de los partidos de los miércoles. Las obligaciones laborales también afectan el día a día, teniendo en cuenta que el Helvetia Anaitasuna incluye sesiones de entrenamiento matinales. Aunque ahí entra ya el “total apoyo” del entrenador Quique Domínguez y el resto de la plantilla.

En su caso, Gastón suele acudir a una sesión por semana con el equipo y el resto del trabajo físico matinal lo realiza en un gimnasio cercano a la Catedral “al mediodía, nada más salir de trabajar”. Chocarro -y aunque hay días se incorpora tarde y debe acabar en solitario- sí suele acudir cuando puede y Meoki las realiza por la tarde, solo y antes de afrontar la segunda sesión de trabajo -ya más táctico y técnico con el resto del equipo-.

Eso sí, los tres coinciden. El sacrificio y esfuerzo que conlleva trabajar y jugar “compensa”. Al menos “durante unos años”. “Nos gusta competir a ese nivel y por ahora compensa todo lo que vives con el balonmano, aunque sacrificas muchas cosas y vas todo el día a tope. En mi caso lo puedo hacer por el apoyo, comprensión y ayuda total que tengo de mi novia Edurne. Si no, sería imposible”, dice Meoki.

Chocarro lo corrobora. “En mi caso tengo la suerte de que Silvia (Lima) ha jugado, sabe que se siente y me apoya al máximo. Es duro. Lo sé. Pero también está claro que son ciclos y etapas que, en un momento dado, también se acaban. Hay días muy duros, pero las vivencias, las emociones, que te aporta el deporte a este nivel no te las da nada y los sacrificios son el precio a pagar por ello. Lo sabíamos todos al empezar. Eso sí, es cierto que sin su ayuda sería mucho más difícil. Al final ellas son protagonistas de que podamos compatibilizar todo”.

Gastón también tiene el apoyo de su pareja. “Lo llevamos bien. Entre semana es más complicado vernos pero el fin de semana sí trato de desconectar y estar con ella”, dice. “Tenemos el balonmano en la sangre, estamos motivados y queremos seguir ahí. Es el secreto”.


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