Baloncesto
La cosecha argentina del Osés Construcción Ardoi
Julieta Mungo, Diana Cabrera y Andrea Boquete ya habían compartido cancha antes. Las argentinas del Osés Construcción Ardoi, líder en la Liga Femenina Challenge, vuelven a reunirse en la capital navarra. Ponen en práctica lo aprendido. Juntas


Publicado el 25/01/2024 a las 05:00
Las argentinas Julieta Mungo, Diana Cabrera y Andrea Boquete se conocen de tiempo atrás y se conocen muy bien. En Zizur, las tres vuelven a compartir cancha tras su paso por la selección de su país. A más de 10 mil trescientos kilómetros de distancia de su Argentina natal, pero con una gama de colores parecida en su equipación, las tres estrellas del baloncesto nacional echan la vista atrás. Con su equipo, el Osés Construcción Ardoi, gobernando en solitario la clasificación de la Liga Femenina Challenge, las tres internacionales admiten estar pasando por un buen año. Porque cuando la pasión por el baloncesto y el trabajo ya vienen de casa, solo es cuestión de dejar que echen raíces y florezcan.
LA SEMILLA
En un país donde priman los “arcos” de fútbol por encima de las canastas, Julieta Mungo (Buenos Aires, 1997) comenzó a practicar baloncesto a los 4 años porque se pasaba el día en el club en el que trabajaba su madre, el Moreno Quilmes. Aunque terminó por decantarse por esta modalidad, Mungo probó otros deportes, desde patinaje hasta volley, pasando por las artes marciales. Acabó por inclinarse por el baloncesto porque le gustaba y, además, estaban sus amigas. A los 13 años, el que terminaría siendo su entrenador, Juantxo Ferreira, se percató de su potencial. Un vecino le puso en contacto con el técnico navarro y la bonaerense terminó en el Temperley, donde por aquel entonces entrenaba Ferreira. “Al principio le tenía miedo”, confiesa pausadamente y entre risas. “Él vio algo en mí y me ayudó un montón”. Los consejos de Ferreira no andaron descaminados y, tras su debut con la selección y su éxito con el Berazategui, Mungo aterrizó en España, y se convirtió con el paso de los años en una de las jugadoras referencia de la Liga Femenina Challenge, donde disputó las tres temporadas de la historia de la competición.
Antes de que Mungo diera sus primeros botes con el balón, Andrea Boquete (Godoy Cruz, Mendoza, 1990) comenzó a jugar a baloncesto con 8 años básicamente porque a su hermana le dio por ahí. “No me preguntes por qué, pero eligió el baloncesto”. Nieta de un futbolista del club de Godoy Cruz, su pueblo, la gente que la rodeaba no tardó en darse cuenta de que quizá no fuera mala en aquello de encestar en una canasta. Gracias a los “Argentinos” (competiciones por provincias dentro del país), el talento de Boquete llegó a los oídos de la capital. A los 14 entró en la selección. “Me acuerdo de que yo no quería ir porque, primero, no entendía que era y porqué era ‘recontramamera’; me separaba dos metros de mi mamá y lloraba”, recuerda con una amplia sonrisa.
Contactó con ella Luis Verde, un “señor que sabía mucho de baloncesto femenino” y le pidió que viniera a Buenos Aires. Todos los años recibía la llamada, pero a los 17 se fue a España dejando a una temprana edad una huella en el baloncesto argentino. “Al seleccionador nacional, Eduardo Pinto, no le gustaba que nos fuéramos, nos quería a todas allí”, recuerda.
Supuso un salto grande para la mendocina. Con tan solo 17 años emigró a España sin pasar antes por la capital. No se arrepiente. “Fue donde más maduré y crecí tanto como deportista como como persona”.
Aterrizó en el Lorca, un equipo que desapareció después de que ella se fuera del conjunto justo al año siguiente. Después, la jugadora intercaló temporadas en su natal Argentina y España, dejando el listón cada vez más alto por cada equipo en el que aterrizaba. Con un palmarés más que envidiable, la autora de la asistencia de la década, tras ascender dos veces a Liga Femenina con el Baxi Ferrol junto a su compañera Mungo, cayó en el Osés Construcción Ardoi tras la llamada de dos viejos conocidos.
Una de esas viejas conocidas era Diana Cabrera (Entre Ríos, Argentina, 1993). Empezó con el baloncesto a los 5 años, hija de una familia que tuvo siempre el deporte como epicentro, jugó en el club de su pueblo hasta los 13-14 años en dos categorías de manera simultánea. Tras alcanzar la mayor categoría de su pueblo, terminó yéndose a Paraná para jugar en Liga Nacional, donde llamó también la atención de la capital. Terminaron por rifarse su talento distintos clubes de Buenos Aires. Uno de estos clubes, el Unión Florida, mandó a un emisario para proponerle una oferta que no podía rechazar: ir a su casa para poder jugar en la capital. Y así lo hizo. Entre los años 2010 y 2011, Cabrera tomó un “colectivo” (una villavesa o autobús) de ocho horas los jueves y los domingos para volver a casa. Sola. Terminó jugando 8 años en el Florida. “Soy mucho de lo afectivo, de sentirme como en casa”, resalta con solemnidad.
Un día en 2007 viendo un partido en la televisión le dijo a su madre que le encantaría jugar en la selección. Ese mismo año, mientras tomaba mate también con su madre, pasó un avión por encima de ambas y le comentó la posibilidad de volar alguna vez. “Quién sabe”, contestó su progenitora. En 2008 le llamaron con la selección y jugó sus primeros sudamericanos.
En 2018, debido a su estrecha relación con la ex jugadora de Ardoi Cecilia Liñeira, Cabrera aterrizó en España para unirse a las filas zizurtarras. Liñeira habló con Aitor Alonso, entonces entrenador y, tras mandar unos vídeos, fue reclutada en las filas azules donde ha jugado hasta este año, en el llegaron sus compañeras de selección y exrivales en las canchas argentinas Mungo y Boquete.
LOS FRUTOS
En un lugar donde “la gente no se da tantos abrazos”, las argentinas han terminado sintiéndose como en casa, a pesar de las distancias. Suelen quedar para tomarse el mate en una ciudad que tiene de todo. “Sacando la lluvia, es una ciudad muy linda”, afirma Cabrera entre risas.
Ahora mismo se encuentran sentadas en el trono de la categoría. Muchas son las razones de un éxito que va más allá de la pizarra. “El grupo tiene una química que en pocos lugares pasa, estamos jugando muy lindo”. Las tres son conscientes del impacto que tiene su juego en las jugadoras más jóvenes en ambos lados del charco. La propia Cabrera entrena a un equipo de benjamines en Ardoi. “Muchas veces cuando voy a jugar, trato de disfrutar y que disfrute y aprenda el que me está viendo”, señala.
Son conscientes de la especialidad que tiene cada una en el campo, saben que su talento hace el equipo mejor. En su último partido contra el Joventut (61-69) las tres se combinaron para meter 39 puntos. Tocan físicamente madera. Han plantado semillas, han florecido y ahora echan raíces en Navarra. El cielo es su límite.