Literatura
Réquiem por La Fogoneta
El autor dedica este texto a el establecimiento del Segundo Ensanche pamplonés, que considera "el bar más literario de la ciudad", que fundó en 2015 José Castells


Publicado el 05/07/2026 a las 05:00
Hay lugares que son como la infancia, como el día en los desiertos. Desaparecen de pronto, sin que puedas darte cuenta, y cuando quieres recordarlos, ya no están. Ya no puedes volver. Sólo queda la niebla del recuerdo, el martillo de un pasado que te golpea el corazón y te dice: “Es verdad, sucedió, y ahí fuiste tan feliz”.
La Fogoneta ya no existe y es como si hubieran arrasado el parque de la Media Luna o hubiesen secuestrado a los patos de la Taconera. ¡Como si le hubieran afeitado la barba a la estatua de Hemingway! Fuimos tan felices. Puedo, al fin, escribir de La Fogoneta y de José Castells, su fundador, sin miedo a que parezca publicidad. Este es un obituario y los muertos no ganan dinero.
Pamplona se había extraviado y no nacían lugares que sucedieran a lo que un día existió y no conocimos: los restaurantes que encerraban la cultura de una ciudad y la ponían en manos de la gente. Las Pocholas, el Bearin, los sitios por los que navegaban Eusebius -crítico musical de este periódico- y su Nave de Baco.
Armado con sus bolsas de tela, Castells se iba al mercado del Ensanche y ponía en marcha la barraca de Lorca. La comida -muy rica, la de nuestras abuelas- era una excusa. Allí, de lo que se trataba, era de viajar. De ser esos aventureros sedentarios de los que escribió Pierre Mac Orlan.
Cualquier centímetro de La Fogoneta era un billete de viaje. Sobre todo, de viaje al pasado. Veo las fotos del tranvía del Irati que pasaba por el Paseo de Sarasate y sé que un día estuve allí. Con Castells, una noche de cien años después, en La Fogoneta, a bordo de alguna historia. Como si Pamplona fuera París y como si nosotros, todos los que caíamos por allí, actuáramos en el Midnight in Paris de Woody Allen.
Entrabas en La Fogoneta y, como los personajes de la película, te ibas encontrando con nuestros genios resucitados: José María Iribarren, Víctor Eúsa, Galo Vierge, Pablo Sarasate, Navarro Villoslada, Pablo Antoñana, Basiano, Ciga, María Luisa Elío, Francis Bartolozzi. Midnight in Pamplona. Las placas de las calles viejas, las fotografías, los libros encuadernados en piel. Los cuadros en la escalera, los cuadros en el reservado de arriba. Los menús de la aristocracia enmarcados en alguna parte.
La Fogoneta tenía un antagonista, que es el taller chamarilero de Castells, a solo unos metros de allí. Ambos lugares estaban conectados y los objetos del pasado viajaban de un lugar a otro como en esas novelas donde, cuando todos duermen, las cosas de los museos alumbran vida y se mueven.
Tenía ganas de la tortilla de alcachofas, de las virutas de solomillo, de la mejor ensaladilla rusa de Pamplona. Putin no logra esa ensaladilla ni de broma. Pero lo que de verdad quería era que Castells se acercara con alguna de sus historias, con alguno de sus papeles. Con alguno de esos pecios de los que hablaba Ferlosio salvado de algún naufragio.
La Fogoneta no sólo era barato así, a secas. La tapa que te ponía Castells era la típica historia que luego podías contar a los amigos. Como cuando el Conde de Rodezno maldijo indignado sobre el Club de Tenis: “Pero, ¡qué es esto! ¡Se ha llenado de deportistas!”. Como cuando Iribarren avistó en la Ribera una peluquería de dos plantas que se anunciaba con este cartel: “Se afeita arriba y abajo”.
La Fogoneta no va a volver y tengo miedo de que no haya nada, de que los Beatles no nazcan jamás, de que el Mesías no se aparezca en miles de años. Resisten la librería Walden, el Casino, Miqueleiz, La Perla. Cada vez son menos. Como escribía Gistau, “hasta aquella novia tan guapa que tuve se ha convertido en un Starbucks”.
Nos queda Castells rodando con su bicicleta por las calles, escribiendo sus paseos. A veces, cuando vuelvo de Madrid, me lo encuentro y se me aparece como una librería andante, con alguna de sus historias. Pero no es lo mismo. Ese Castells es una estrella fugaz. Me niego a atravesar la calle Bergamín. Temo aspirar fuerte y no encontrar ese olor: los postres de Tereta. Sus trufas, sus tartas de los dos chocolates, su tocino de cielo.
Qué vamos a hacer. Adónde vamos a ir. Dónde vamos a poder escondernos para vivir escribiendo sin escribir. Cuándo nacerá un loco que conozca todas las historias de la ciudad, tenga tanta gracia contándolas… ¡y se le ocurra fundar un restaurante! Esta es la primera crónica, el primer recuerdo de esas veces en las que nos miraremos y diremos: “La Fogoneta, ¿te acuerdas? Fuimos tan felices”.