La autora argentina Mariana Travacio, en Pamplona con 'Quebrada' y 'Como si existiese el perdón': "Hay quien muere cumpliendo solo mandatos, sin preguntarse qué desea"
Considerada una de las escritoras más personales de las letras latinoamericanas, ha visitado la capital navarra con dos obras atemporales, sobre venganza y redención y sobre la pérdida y el desarraigo que imponen las migraciones


Actualizado el 08/07/2026 a las 16:21
Para Mariana Travacio (Rosario, Argentina, 1967) no existe el 'spoiler' en la literatura, y por eso, cuando habla de sus novelas, puede contarlas enteras, incluso los finales. “Lo que leemos y disfrutamos en la navegación lectora es justamente el valor estético, y pienso que, aunque nos cuenten el cuento entero, se puede disfrutar porque no nos están contando el cómo”, señala la autora, licenciada en Psicología. Considerada una de las escritoras más personales de las letras latinoamericanas actuales, ha estado el mes de junio en España, por Madrid, Barcelona, San Sebastián y Bilbao. También en Pamplona, el lunes 29 de junio, en la librería Walden. En esta entrevista estaban sobre la mesa sus novelas 'Quebrada' y 'Como si existiese el perdón' y los relatos de 'Me verás caer'.
¿Cuánto de su experiencia en Psicología traslada a los personajes de sus libros?
Es curioso. Tengo la teoría de que escribimos con todo lo que nos compone. Cuando antes me preguntaban si mi formación en Psicología me ayudaba a componer un personaje, decía que no era algo voluntario, y hoy pienso que, si me formé y trabajé y hay una experiencia, forma parte de mi acervo de lecturas y de experiencias. Es una especie de archivo icónico y sonoro que se compone de todo lo que leíste y viste, incluso canciones, voces infantiles. También creo que lo que nos define es la biblioteca que tenemos, y no hay dos iguales. Estamos reescribiéndonos todo el tiempo y reescribiendo lo que hemos leído y lo que no hemos podido decidir y seguimos intentando.
Preguntaba lo de Psicología por cómo actúan muchos personajes: con vidas y situaciones dramáticas, no dramatizan. Cuentan qué les pasa hasta con ingenuidad infantil, paz interior, y asumen que así es la vida, el destino.
[sonríe] Nunca escribo con un plan, sino tirando del hilo de una o dos o tres oraciones que tienen una sintaxis que me interesa seguir, y tirando del hilo de esa voz se van formando esos personajes y esas historias. Cuando escribo, parto de un parrafito que tiene una gramática que quiero explorar, y al escuchar esa voz hay para mí una persona, no un personaje. Y escribo como diciéndole: “¿Y ahora qué hacemos?, ¿para dónde vamos?”. Y escuchando esa voz se va formando el texto. Es como si, de alguna manera, esos personajes no pudieran hacer otra cosa que lo que hacen.
Seguir adelante.
En particular en 'Como si existiese el perdón' y tal vez en 'Quebrada', novelas de cierta exploración de la intemperie, de cierta sequedad y precariedad en todos los sentidos. En esa intemperie te vas habituando a sobrevivir, y los personajes aceptan ese estar, esa manera de transitar, expresando también sus deseos. Porque [en 'Quebrada'] Lina se quiere ir y lo hace, y después Relicario la quiere seguir y lo intenta. Tienen un deseo y lo siguen en el camino que les toca, aceptando que transitan. La vida también es eso. Hay cosas que están en tus manos, y puedes obrar, sobre todo cuando encuentras un deseo. Pero en el camino también está lo que no has elegido, y saber lidiar con eso es también parte de lo humano.
Como cuando un personaje de 'Quebrada' dice a otro: "Cuando uno se echa a andar, se abren los caminos".
Me resulta bastante inquietante que personas en un momento de sus vidas no favorable no se muevan, no hagan nada diferente, pero sí la reverberación en la queja. Y me parece que cambiar de punto de vista, de perspectiva -que a veces implica cambiar de lugar o ponerte a caminar o modificar esa mirada- permite ver otros horizontes. Muchas veces creo que estamos entrampados, entrampadas, en algo que no nos deja salir de una situación crítica o de malestar, pero también que moviéndote, modificando algo, puedes empezar a entrever otros horizontes. Y estos personajes muchas veces hacen eso: se echan a andar a ver qué les depara el camino. Porque a veces nos venden mucho este asunto de la vida como un lugar a donde llegar, como si hubiera una meta.
¿Por qué lo dice?
En la época de Me verás caer, tenía mucho en la cabeza la noción Disney, el cuentito de que te casas, tienes tu casa... como si fuera un objetivo y es lo que te hace feliz. Pero al poco de andar te vas dando cuenta de que, en realidad, no hay un lugar a donde llegar y que en todos estos cuentos y novelas se trata de rescatar que la vida es el mientras tanto, el camino mismo. Si no, se va al éxito, al resultado, a la obtención de algo, como si eso fuera posible, perdiéndose el disfrute de cada momentito del camino.
¿Y a usted le ha costado darse cuenta de que no es tan importante la meta y el éxito sino vivir el camino?
Claro, eso es un ejercicio, y me da cierta pena que hay gente que muere sin preguntarse por su deseo, solo cumpliendo mandatos. Cumplir un mandato que te dan es bastante cómodo en un punto, pues no entras en conflicto. Pero en otras vidas entra enseguida en tensión el mandato con un deseo que emerge, lo que te obliga por fuerza a tomar decisiones que muchas veces implica un dolor afectivo y pelear por un deseo que va en otra dirección. Y eso es más trabajoso y convierte un poco más penoso o más triste ese camino o ese momento.
¿Cómo lo lleva a la escritura?
La escritura es para mí un territorio de puro naufragio, constante, por escribir sin plan, no sabiendo nunca si voy a llegar a algún puerto. Aprendo a disfrutar de la escritura también en el mientras tanto de la escritura, sin que me importe si ese texto naufragará definitivamente o llegará a algún pseudo final. Entiendo la escritura como una disposición al fracaso, y cuando uno entiende que la vida es sostener los fracasos constantes y que no importe tanto el éxito, ante una pequeña perla empiezas a disfrutar de esos pequeños instantes.
En estas novelas hay mucha sequía y mucha agua. ¿Por qué los fenómenos meteorológicos extremos le importan tanto?
Me parece que el clima tiene mucho que ver con los habitantes de un espacio y que no da igual vivir en un territorio de pura nieve, de pura sequía, de fríos extremos, de vientos extremos. Como lectora no me terminan de convencer nunca esos textos donde el paisaje, los fenómenos climáticos, son un mero decorado, como si esa nieve no me diera frío. Para mí, el hombre y su entorno vienen totalmente anudados. Vivimos en un planeta con unas determinadas condiciones, y tu estado de ánimo, tu humor, no es el mismo.
¿Por eso un personaje de 'Quebrada dice': "Cuidado con el agua, se lo puede llevar todo, incluso nuestra historia y nombres"?
Sí. Con el cambio climático, estamos viendo ahora olas de calor, inmensas sequías, inundaciones tremendas... y me importa poder retratarlo y retratar también todo lo que se lleva. En 'Como si existiese el perdón' hay personajes que viven en un territorio de pura sequía donde todo ocurre con una lentitud acorde también a ese paisaje, y ni se figuran cómo será el campo con abundancias de agua que al mismo tiempo traen abundancia de locura y personajes abrumados que van con acelere. Fue una excusa para ver cómo trabaja la psique de los personajes en un caso y en el otro. Como en 'Quebrada'.
Ahí un personaje dice que ni la tierra ni los muertos se abandonan. Es inevitable pensar en las migraciones y cómo las personas se aferran a su territorio.
El otro día participé en el festival KM América [Festival de Literatura Latinoamericana de Barcelona] y tuvimos una mesa que se llamaba 'La raíz', hablando del arraigo, del desarraigo, de las migraciones... un tema tan humano, tan hondo, tan literario, que nos atraviesa como seres humanos desde siempre. Me acordé después de la charla que con 29 años acompañé a mi hermana a Sicilia, que es bioquímica y tenía un congreso, e hice tours. Un día fui a visitar el cráter del volcán, y, cuando estábamos llegando al cráter, por la ladera de la montaña vimos casitas sueltas. El guía nos dijo: “Cada tanto, la lava o algo del volcán arrastra estas casas. No obstante, pasa esto y las personas vuelven a arraigar la casa en el mismo lugar”. Fíjate el empeño de no desarraigar, de volver a tu tierra, de volver a tu origen... fíjate la cantidad de conceptos, incluso que en algún momento el peor castigo era el destierro... Pienso en la migración forzosa por razones políticas, por guerra, por hambre, por sequía extrema... Hay algo en esto de movernos, y no da igual la errancia que la migración, la trashumancia, el arraigo.
Usted nació en Rosario y pasó su infancia en Brasil.
Tenía apenas dos años —mi hermana, cuatro meses— cuando mis padres se trasladaron a San Pablo por un trabajo que le salió a mi papá en Brasil. Soy hija de argentinos, criada en Brasil, en otra cultura, educada en un liceo francés, en una tercera cultura. Es una cosa medio difícil de arraigarse, ¿sabés? En la escuela todo en francés, por la tarde se jugaba en portugués y por la noche se cenaba en castellano [ríe]. Hace poco mi hermana y yo recordamos que tiempo después mi madre dijo "volvemos a la Argentina", pero que nosotras no volvimos, no teníamos a dónde volver. Y tampoco tuvimos dónde arraigar. Pero te voy a contar otra historia.
Cuente.
Mi papá era ingeniero, en la década de los setenta se desarrollaron muchas fábricas, y por eso se fue a trabajar a Brasil. Allí la sequía del nordeste daba mucha hambre y mucha falta de trabajo y hacía que hubiera mucha migración interna: iban a las grandes ciudades a buscar trabajo, como a San Pablo, que era muy próspero. Visitaba mucho a mi papá en fábricas y me crie mucho en ellas, y no se me borra la imagen de una mujer que había migrado del nordeste: en la cocina de la fábrica, a la hora del almuerzo, la encontré todas las tardes, con un sombrerito naranja, la cabeza apoyada, escribiendo cartas. Un día le pregunté: “¿Qué escribís?”. Y me dijo: “Escribo a todo lo que dejé en mi tierra”. Y sus ojos eran de una melancolía... porque ella no había elegido ese desarraigo. Me conmueve profundamente esa migración que no es elegida, que te somete muchas veces a la violencia de adaptarte a un nuevo lugar, a una nueva cultura, muchas veces a una nueva lengua.
Habla usted también mucho de la familia en sus novelas. ·"Las familias se arman o se desarman a capricho del viento", escribe.
Creo mucho en el valor afectivo de lo comunitario: en esas comunidades migratorias o de migrantes, el otro, el prójimo es fundamental, pasa a ser tu familia, es el que de alguna forma te va a comprender en ese camino. Creo mucho en la necesidad del otro, en lo comunitario, en lo colectivo... Había una investigación antropológica en la que encontraron los primeros fémures soldados, hace 40.000 años, en sociedades aún ágrafas: encontrar un hueso soldado quería decir que había un otro, un prójimo, que se había quedado a su lado esperando a que ese hueso se soldara porque si no ese humano se moría de hambre al no tener quien le acercara un plato de comida o agua. Creo que sobrevivimos en comunidad, y que hace las veces de familia.
Porque, lo comentaba la escritora ecuatoriana Juliana Ruano Ortiz en el festival KM América -ella hablaba de los abusos intrafamiliares a menores en Ecuador-: a veces la casa, tu familia, no es cobijo. No siempre tu familia es tu lugar a salvo, no siempre la casa es el lugar donde quieres estar. Esos casos también te obligan a un movimiento, a salir a construirte en otra parte, a salir a recrearte a otra parte. Y vas a tener por el camino amistades, comunidades, y formar eso que hace las veces de tu familia o que elegís como familia.
'Como si existiese el perdón'. ¿No existe el perdón?
Es una construcción absolutamente singular. Te puedo contestar desde muchos lugares. En Psicología se trabaja muchas veces con víctimas, con qué perdonar... Pero si a nivel político vamos a los desaparecidos en Argentina y a la última dictadura militar, ni olvido ni perdón: estamos pidiendo verdad y justicia. Como sociedades, tenemos que no olvidar, tenemos que conocer nuestra historia, sobre todo para no repetirla, y pedir justicia. No la venganza, pero sí la justicia.
'QUEBRADA'
Autora: Mariana Travacio.
Editorial: Las afueras.
Número de páginas: 166.
Precio: 16,95 euros
'COMO SI EXISTIESE EL PERDÓN'
Autora: Mariana Travacio.
Editorial: Las afueras. Número de páginas: 144.
Precio: 15,95 euros.