Benjamín Prado habla en Pamplona de sus memorias: "La vida está llena de derrotas, pero viviría hasta los 200 años"
Aparcó su octava novela sobre la serie Juan Urbano para escribir sus memorias tras diagnosticarle una enfermedad neurodegenerativa incurable y empezar a tener olvidos “de cosas cercanas”.


Publicado el 21/06/2026 a las 17:11
Poeta, novelista, periodista, letrista y dramaturgo. Benjamín Prado se ha metido “en tantas camisas de once varas” que los cuarenta años de trayectoria literaria le han dado para una inmersión profunda en la lengua, por la que siente pasión. La suerte, dice, le ha permitido conocer y ser amigo de muchos grandes nombres -Almudena Grandes, Juan Marsé, Rafael Alberti, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Octavio Paz, Ana María Matute, Jaime Gil de Biedma o Mario Vargas Llosa- que habitan su último libro. Son sus memorias, 'Qué estoy haciendo aquí'. Sintió que debía escribirlas tras diagnosticarle párkinson y darse cuenta de que empezaba a tener olvidos. Tiene 64 años. El jueves de la semana pasada participó en un encuentro organizado por el Ateneo Navarro y al día siguiente fue jurado en el Premio de Poesía Ciudad de Pamplona.
¿Qué tal está?
[sonríe] Me lo has preguntado en un tono normal. Es que ahora la gente me habla en bajito [imita un hablar en susurros]: “¿Cómo estás?”. Y yo digo [sigue hablando en susurros]: “Estoy de puta madre, pero ¿por qué hablamos tan bajito?” [sonríe y vuelve al volumen normal]. Estoy bien, estoy con una espadita de Damocles sobre la cabeza, porque la tengo, eso es evidente: cuando tienes una enfermedad de la que el médico te dice que es degenerativa, incurable, sabes que estás en una cuenta atrás. Pero de momento bien, sin saber qué ocurrirá, aunque en el fondo no lo sabemos nadie. Yo tengo ahora una certeza de que hay un relojito que está marchando ya.
No hace ni un mes que salió ‘Qué estoy haciendo aquí’. ¿Sigue creyendo que ha sido una buena idea publicar estas memorias?
Sí. Estoy empezando a tener algunos olvidos, y comenzaba a ver que cosas inauditas, por cercanas, por continuas, empezaban a fallarme, y fue “o lo cuento ahora o no lo cuento”. Y siempre supe que tenía que escribir una autobiografía: soy hijo literario de Alberti, hijo [de la Generación] del 27, y los del 27 escribían poesía, teatro y memorias: ‘La arboleda perdida' de Rafael Alberti, ‘Memoria de la melancolía’ María Teresa León, ‘Vida en claro’ Moreno Villa, ‘Recuerdos y olvidos’ Francisco Ayala, etcétera etcétera.
¿Cómo fue esa época con ellos?
A esta gente los llamamos la Edad de Plata de nuestra literatura —la de Oro son Cervantes y demás—. Son gente muy importante que tuvo además un periplo histórico impresionante: una Guerra Civil, una guerra mundial, el exilio, el retorno, la democracia, la vuelta a España... Yo no soy ninguna de las dos cosas, ni Lorca ni un personaje histórico, pero he tenido la suerte de nacer en un momento en el que esa gente estaba ahí todavía: podías ser amigo de Alberti, podías ir a ver a su casa a Gerardo Diego y que Dámaso Alonso te enseñara su biblioteca, podías ir a ayudar a escribir un artículo a María Zambrano, quedar de vez en cuando con Rosa Chacel…; estaba el boom latinoamericano en su eclosión total, con lo que un día coincidías con García Márquez, otro con Cortázar... Suelo resumirlo diciendo que en aquella época no había un trabajo más fácil que ser jurado del Premio Cervantes: la duda era a quién dárselo, a Onetti o a Borges, a Alberti o a Gerardo Diego... Ahora no está tan fácil [sonríe]. La suerte tiene mucho que ver con eso porque nací en el momento en que estaban ahí todos.
¿Y esa primera pieza de la suerte en usted fue conocer a Alberti? Cuente por qué usted su hijo literario...
Un profesor del instituto, por razones absolutamente misteriosas para mí, me dice un día: “Tienes que escribir poesía. Vete y lee ‘Poeta en Nueva York’, de Lorca, y ‘Sobre los ángeles’, de Alberti, que te ayudará”. Esto es un viernes, y, muy disciplinado, me voy a una librería y me leo ‘Sobre los ángeles’, de Alberti. Y el sábado mi padre me manda a comprar helado al bar de la esquina y ahí está Alberti, y nos hacemos amigos. Que a mí me fascina Alberti es normal. ¿Qué vio Alberti en mí? No tengo ni idea. No lo sé, el misterio es ese: por qué Alberti me llamó dos días más tarde y me dijo “niño, ¿qué vas a hacer hoy?, ¿te parece que vayamos a ver un dedo incorrupto de Santa Teresa que hay en Ávila?”, y me fui con Rafael, y a partir de ahí...
Por eso lo de dar con esa primera pieza de la suerte...
Lo único que he hecho en mi vida es llevar el cazamariposas en la mano siempre. Si pasaba la mariposa, la pillaba. Pero poco más. Luego una cosa ha ido llevando a otra. La mala suerte que tengo para otras cosas la tengo buenísima para eso [sonríe].
¿Qué está haciendo aquí?
No lo sé. Afortunadamente he hecho tantas cosas distintas, me he metido en tantas camisas de once varas, que ya ni yo mismo lo sé. El otro día estaba grabando en Barcelona un capítulo de otra serie, ‘El otro mundo’, de Berto [Romero] y [Alberto] de Toro, y estaba pensando: “Otra vez, es que lo tuyo ya es de otro planeta” [ríe]. Porque, claro, yo me vuelvo todo el rato, pregunto dónde están los otros escritores y no hay: solo me pasan a mí estas cosas, y no sé por qué [sonríe]. No tengo miedo. Para la vida real soy un gallina, muy cobarde —hacerme un análisis de sangre equivale a que entren los turcos por Tarifa—, pero luego no me asusto cuando me sale la posibilidad de hacer algo... Mi teoría es que el que mejor se lo pasa en el garaje es el pulpo, siempre, y entonces me meto en cosas, y no sé por qué.
¿Por qué al título de sus memorias no le ha puesto interrogantes?
Porque puede ser una respuesta también: qué estoy haciendo aquí. Me gustó jugar a la ambigüedad. Una de las mejores cosas que puede tener la literatura es la polisemia. Un poema que dice solo lo que tiene escrito no es bueno. Tiene que tener otras cosas. Y este título tiene las dos posibilidades: puede ser una pregunta y también una afirmación. Leído el libro, ¿tú qué crees, es más pregunta o afirmación?
Afirmación.
Yo también.
[risas]
Nunca me lo habían dicho todavía, pero estoy de acuerdo contigo [ríe].
En este libro habla del temor al fracaso. ¿También ante unas memorias?
Sí. El miedo al fracaso no tiene nada que ver ni con el éxito, ni con los trienios, ni con el número de lectores. Estoy muy relacionado con el mundo de la música: los más grandes, los que cada vez que van a un concierto saben que tienen 20.000 personas aseguradas, están acojonados en el camerino. Y hay una cosa que dicen mucho: el día que no te dé miedo salir al escenario lo mejor es que no salgas porque sin ese miedo como ingrediente lo harías muchísimo peor. Si sales sobrado, pensando “lo tengo chupado”, fracasas. El miedo es un hilo conductor muy interesante para las cosas. En el mundo de la literatura, por ejemplo, puede ayudar a no repetirte. He tirado novelas cuando tenía 150 páginas escritas...
Lo cuenta en estas memorias.
¿Lo cuento? Ya no sé qué he contado y qué no, me he perdido. Pues me alegro de haberlo contado: miras esas páginas y te dices que no, las tiras y no pasa nada.
¿Y escribir unas memorias no es caballo ganador?
No, y tengo miedo porque todo el rato estoy pensando “se me ha olvidado esto; no debía haber contado esto; ay, tenía que...”. Tienes miedo a no haberle dado a alguien lo que merecía, en los dos sentidos [sonríe]. Yo quería hacer unas memorias divertidas. Cuando escribí el libro, estaba escribiendo a la vez los poemas de ‘La edad de los fantasmas’, y de manera natural, sin que yo lo tramara ni nada, todo lo melancólico, la tristeza, la pérdida, los amigos muertos... se fueron para los poemas, y todo lo divertido, la gamberrada, lo simpático… se fue para el libro de memorias, de manera espontánea, es curioso. De hecho, me di cuenta cuando los había acabado los dos. Y te lo dice uno que siempre ha mantenido que eso de que en la poesía le va mejor la melancolía, la pérdida... son gilipolleces y se pueden hacer poemas de celebración, de amor, de felicidad y tal.
Sus memorias parecen la vida de cientos de personas.
La vida está hecha de intersecciones, de cruces. De hecho yo no estaría aquí haciendo esta entrevista si no fuera porque me he cruzado con determinada gente en un momento determinado u otro: a lo mejor sería un estupendo mecánico tornero, un piloto de avión o un científico. La vida está hecha de mezclas. Por eso me fío tampoco de la gente coherente. Me parecen dignos de muy poca confianza. “Toda la vida he sido coherente”. ¿Qué me quieres decir?, ¿que no has conocido a nadie que te haya cambiado, que te haya alterado tu manera de ver las cosas, que te haya influido, que te haya hecho dudar? Pues debes de ser un fanático, porque si no, no hay quien lo entienda... La vida de uno es la vida de muchos.
¿Cómo se define usted?
No tengo ideología, tengo ideas, y muy básicas. Y he venido a este mundo a reírme y, a ser posible, a hacer reír a los demás. ¿Para qué hemos inventado los libros, las películas, los cuadros? Probablemente para no estar pensando todo el rato que somos unos seres caducos; que se muere lo que más quieres; que pierdes cosas; que llega un momento en la vida, como me pasa a mi edad, en la que tienes casi más muertos que vivos en las agendas...
Y eso que usted tiene 64 años... Lo que ocurre es que usted era muy joven cuando comenzó a conocer gente que ya tenía una edad...
Me parece inverosímil la edad que tengo. No sé cuándo ha pasado, pero yo no estaba ahí, desde luego [ríe].
Alberti ha salido varias veces en la conversación.
Rafael fue como el “do” que te da el tono. Era una persona maravillosa, que disfrutaba de la vida en cada milímetro, en cada comida, en cada conversación, en cada viaje, en cada poema, en cada chica que se le acercaba —cuando se acercaba una, sacaba un peine y se peinaba, muy coqueto a los ochenta y tantos años [sonríe]—. Era un tipo verdaderamente increíble, con unas ganas de vivir como yo no he conocido nunca. Y luego era una biblioteca ambulante. De él era esa idea, que comparto plenamente, de que la poesía es algo no solo bonito, también decisivo, importante para la marcha de las cosas: demasiada economía, demasiado poco humanismo en este mundo, me parece a mí. Tenía fe en la poesía. Para él todo pasaba por una solución poética. Y era un tipo que, cuando te decía “esta comida le encantaba a Pablo”, tú pensabas si Neruda o Picasso [ríe].
¿Alberti le dio algún consejo que siga a día de hoy?
Todos.
Elija uno.
Dos. Uno me ha servido para ir a tertulias por ahí, y era: “Niño, no seas sectario y escucha siempre a los que no están de acuerdo contigo porque de esos aprendes más que de los otros”. Eso lo he llevado conmigo a todas las tertulias que he ido, y he descubierto que escuchando a la gente se produce un milagro: ves que también te escuchan a ti. Y el otro consejo: “Niño, tómate muy en serio tu obra y muy en broma a ti mismo”. La primera parte, porque te evita caer en libros contemplativos —si no tienes nada que decir, pues no lo dices, y seguramente por eso yo ando pegando saltos de la poesía, a la novela, al ensayo, al teatro, al no sé qué... para no tener que repetirme—. Y lo segundo, porque este mundo está enfermo de solemnidad: demasiada gente tomándose en serio a sí misma todo el rato es un coñazo, en mi opinión.
Novelista, poeta, periodista, dramaturgo, ensayista... ¿Con cuál se siente más usted, con la poesía?
No, es un mito que se cuenta sobre mí todo el rato. La poesía está siempre ahí, es verdad, y no está siempre ahí la novela o el ensayo, pero me lo paso muy bien escribiendo novelas. Ahora estoy escribiendo un ensayo sobre la Generación del 27 y me lo estoy pasando bomba. Disfruto mucho escribiendo. No es algo de lo que me haya cansado. Siempre empiezo pensando que no voy a ser capaz.
¿Y siempre acaba?
No siempre. Y de poemas fracasados están llenos mis cuadernos. En la vida hay que saber rendirse, porque, si intentas todo el rato, es como el cincuentón que se pone la chupa de cuando tenía 20 años y quiere molar en un ‘after hour’: a la primera chica que pregunte si va mucho por ahí le responderá “¿y usted, señor?”. Lo mismo que no hay que intentar todo el rato ser moderno, estar a la última, molar a la gente... hay que aceptar también las limitaciones que te impone el tiempo.
Está escribiendo un ensayo. ¿Y el octavo libro de la serie con Juan Urbano que dejó por estas memorias?
Eso me da mucho miedo, me da pánico porque vi sufrir tanto a Almudena [Grandes] por no acabar sus ‘Episodios de una guerra interminable’... Creo que, después de lo obvio —no volver a ver a sus hijos y estas cosas—, era lo que más la torturaba. Entonces me parece terrible. ¿Por qué seré tan bocazas y dije que iban a ser diez? No lo sé. Sinceramente, no creo que llegue. En mis condiciones y a mi edad, no creo. Porque tardo en escribir una novela como cuatro años...
¿Y entonces…?
Cuatro por tres, doce... A ver si llego a la nueve.
Escribe: “[...] a esta edad y en estos tiempos a los que no tengo interés alguno en seguirles el ritmo: lo nuevo no me interesa”.
No me interesa.
¿Y qué le interesa de estos tiempos?
Pertenezco a otra cultura, a otro momento. Soy de la cultura del nosotros, y ahora estamos en la cultura del yo. Soy de la cultura de los que pensamos que la literatura era un viaje hacia atrás que había que saber, y ahora se piensa que hay que estar enterado. Yo quería parecerme a Alberti o a Neruda, y ahora la gente joven quiere parecerse a Elvira Sastre, que es un amor, la adoro y es mi hermanita pequeña del alma, pero creo que se ha perdido profundidad en casi todo. Creo que se debería hacer ese viaje tan bonito hacia atrás y que consistía en que, si te gustaba Gil de Biedma, entonces querías leer a Ángel González, y luego a Ángela Figuera Aymerich, y luego te hablaban de Carlos Sahagún y también lo querías leer, y a Alfonso Costafreda... Querías conocerlo todo. Y ahora creo que la gente no tiene tiempo, que tiene mucha prisa por llegar, y la prisa y la literatura no son buenas. La literatura es el lugar de la reflexión. No puedes estar corriendo y escribiendo poemas al mismo tiempo. Luego hay valores que no me interesan.
¿Por ejemplo?
La idea de la fama por encima del éxito. La fama es un coñazo, pero el éxito de los poemas sí me interesa. Creo que se ha perdido un poco de algo muy importante para la literatura: la originalidad, intentar hacer cosas distintas o las mismas de otra manera. Creo que en el mundo de la poesía hay un cierto regreso a la cursilería que me preocupa porque hemos luchado mucho contra la cursilería los poetas de nuestra generación, muchísimo. Hay mucho gusto por lo facilón... Y todo eso me preocupa. Estamos en esa movida de la especialización. La gente ahora a los 14 años dice que para qué se va a leer el Quijote si va a ser odontólogo o para qué va a saber las 50 partes de una célula si va a ser abogado matrimonialista. ¿Porque existe una cosa que se llama cultura general, porque vas a saber en qué mundo vives y qué estás haciendo y porque seguramente vas a ser mejor en todo si sabes un poco más de todo lo demás? A mí eso me desespera un poco.
¿Es nostálgico?
No. Absolutamente. No lo soy porque todavía me quedan amigos. El día que no me queden, lo seré más. Pero bueno, vivo refugiado en nuestro mundo de señores mayores que se siguen riendo de las mismas cosas y que cuando escribe unas memorias es muy gracioso porque tienes el efecto Mandela todo el rato ahí danzando: te han contado tantas veces muchas historias en reuniones de amigos que llega un momento que no sabes si tú estabas allí o te la han contado.
Dice en estas memorias: “Siento que me estoy despidiendo”.
Sí.
¿Le pone triste?
Sí, tengo unos hijos de 11 años, y me pone muy triste, no sé hasta cuándo los voy a poder ver.
Le pone triste por ellos.
Por ellos, por mí, porque la vida es muy bonita. Está llena de horrores, de derrotas y de abandonos, pero es muy bonita. Viviría hasta los 200 años sin ninguna duda. Soy hijo de un mecánico; esta vida no me correspondía, no es normal que me haya pasado todo esto. He tenido una vida muy bonita y me da mucha pena que se acabe, y tú notas que se acaba cuando tienes mi edad y, además, otras cosas. Te das cuenta de que mucho no te queda.
DNI
Benjamín Prado (Madrid, 13 de julio de 1961) publicó su primera novela, Raro, en 1995, a las que han seguido otras doce, entre ellas las siete de la serie que protagoniza Juan Urbano. Autor también de dos libros de relatos, cuatro ensayos y tres aforismos, su obra poética está compuesta por once libros, que inició con Un caso sencillo (1986). Además, el libro Incluso la verdad con Joaquín Sabina.
'QUÉ ESTOY HACIENDO AQUÍ'
Autor: Benjamín Prado.Editorial: Alfaguara. Número de páginas: 352. Precio: 20,90 euros.

