Arqueología
Santa Criz, ciudad de la apariencia
La población hoy en Eslava contaba con entre 1.000 y 1.500 habitantes en el siglo I

Publicado el 12/04/2026 a las 05:00
Con un punto de ironía, Javier Andreu Pintado, catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Navarra, dibujó el foro de la ciudad romana de Santa Criz, como producto de un “exceso de optimismo”. También de un deseo de presencia, muy de la época, que les llevó a forzar la máquina y embarcarse en esfuerzos constructivos que podían sostenerse en “tiempos de bonanza”, pero que se pagaron cuando las cosas se pusieron más feas. “Preferían la apariencia por encima de la sostenibilidad”, señaló el historiador en la visita guiada de este sábado a las ruinas romanas, la actividad que cerró el ciclo Romanos y vascones: una historia común, organizado por Diario de Navarra en colaboración con la Sociedad de Estudios Históricos de Navarra (SEHN) y que contó con la ayuda del municipio de Eslava, en el que se encuentra el yacimiento.
La visita, guiada por Andreu y por la arqueóloga María García-Barberena Unzu, del gabinete Trama, aglutinó a cerca de 80 personas, que semanas atrás habían agotado en cuestión de horas las plazas disponibles, un éxito que ya gozaron las dos conferencias de marzo, una de Andreu sobre la romanización de las ciudades vasconas, y otra de García-Barberena sobre la ciudad de Pompelo, que llenaron las salas de la Cámara de Comercio donde tuvieron lugar.
CIUDAD MONUMENTAL
Ese romano deseo de apariencia marcó la historia de la localidad de Santa Criz. En su apogeo, desde finales del siglo I a.C. y durante buena parte del siglo I d.C., esa ambición la convirtió en la ciudad romana más monumental que se conoce hoy en Navarra, por su foro o su templo, de los que quedan importantes vestigios, o su necrópolis, única en las ruinas de la época en la Comunidad foral. Son atractivos que hacen imperdible una visita que solo dificultan la inevitable cuesta hasta el cerro y un acceso por un camino apto pero incómodo para los coches.
Sin embargo, la ‘chulería’ latina, la obligación de que la ciudad luciera importantes edificios públicos, llevaba consigo la semilla de la destrucción. Andreu lo expresó con una expresión moderna: “Construcción low cost”. Así, en la primera mitad del siglo III d. C., tiempos de pobreza para los dominios romanos, Santa Criz no solo sufrió el “colapso financiero” que afectó a otras ciudades. El colapso fue también “material”. El foro, literalmente, se hundió. Años atrás, los errores de construcción se habían detectado y reparado. En ese tiempo no. Sus habitantes fueron dejando la ciudad, y aproximándose a las orillas de los ríos y formando pequeñas aldeas precursoras de las localidades que hoy perduran.
A Santa Criz, cuyo nombre pretérito no se conoce, no la inventaron los romanos. En lo alto de un cerro había un poblado vascón. De hecho, Andreu y García-Barberena creen que estudiar el subsuelo de Eslava, donde todavía se esconde cerca del 90% de la ciudad romana y de los castros previos, proporcionará pistas impagables sobre la hibridación de los unos con los otros, sobre cómo se relacionaron entre ellos, y sobre cómo la cultura latina impregnó la vida de los indígenas. Andreu situó el primer contacto de las civilizaciones entre el 195 a.C., cuando Catón tomó Jaca, y el 178 a.C., la fundación de Graccurris, la actual Alfaro.
Los romanos aprovecharon una posición privilegiada, cercana a la vía que unía Jaca con Vareia, cerca de la moderna Logroño, para promover una ciudad que prosperaría en unos años de paz, entre el 14 a.C. hasta el 9 d.C. “Hubo un proceso de autorromanización: las élites locales deciden vivir a la romana, que significa desde ordenar la ciudad a la romana, hasta enterrarse a la romana… “, explicaba Javier Andreu a los suscriptores de Diario de Navarra que participaron en la visita. “Es un honor tener gente de este nivel en Navarra, se le entiende muy bien”, apuntaba uno de ellos, vecino de Pamplona originario de Arróniz, José Ángel Remírez Arana. “Conocíamos las ruinas, pero nuestra anterior visita fue como ver piedras. No teníamos la explicación, que esta vez ha sido muy buena”, abundaba Begoña Sara González, pamplonesa que estaba en Santa Criz con Juan Olaverri Garay. “El emplazamiento, el sitio y lo que hemos visto están muy bien, y está muy cuidada la labor de quienes nos lo han presentado”, concluía el pamplonés Rufino Hernández Minguillón.
DISTINTAS ALTURAS
En Santa Criz vivían mil, mil quinientas personas. Era una ciudad media en una Hispania donde se habían levantado unas 500 ciudades y que habitaban cinco millones de almas. Para hacerse una idea, una densidad de población que hoy tiene Soria, apuntó Andreu. Ocupó cerca de 13 hectáreas, en distintas alturas. La más alta, para el foro, la gran plaza pública, con una basílica, un edificio judicial, columnas, estatuas…, que para ganar superficie obligó a construir un criptopórtico, una estructura que la aguantaba, que pasó por reformas para asegurarlo y a la postre colapsó. En niveles inferiores, otras zonas de la ciudad y ya en las afueras, la necrópolis. En las cotas superiores, conseguían agua recogiendo la de lluvia; más abajo, parece que aprovecharon un manantial, que tiempos después se llamó la Fuente del moro.
Santa Criz, después de varios siglos de vida e importancia, quedó en el olvido. Sus piedras las utilizaron las gentes para sus intereses, para construir casas, hacer corrales. En 1917, el párroco de Sada, Juan Castrillo, vio las primeras señales de que esos montes escondían ruinas de tiempos mejores para la zona, las que construyeron aquellas gentes, que hibridaban culturas vasconas y romanas, que ambicionaban una apariencia que les dio gloria y también colapso.
El castro vascón que se vació antes de Roma
María García-Barberena se encargó de explicar las investigaciones del castro vascón, de las pequeñas catas y sus conclusiones que esperan confirmar a partir de la nueva campaña desde el verano. Por ejemplo, que han llegado a la idea de que, efectivamente, allí donde han mirado hubo una población de la Edad del Hierro, pero la falta de material les hace pensar que sus habitantes dejaron esa ubicación antes de que se produjese el contacto con los romanos. Suponen, eso sí, que se fueron con todos esos materiales bien cerca, a un cerro al otro lado de donde después se levantaría el foro romano.
Un togado de mármol, un rostro en arenisca
La figura de la foto inspira el logotipo de Santa Criz. Es un pulvino, un adorno de algún altar funerario que muestra una cabeza, un rostro, con una representación astral, el Sol o la Luna. Es una de las piezas destacada de la exposición Santa Criz de Eslava, reflejos de Roma en territorio vascón, que también formó parte de la visita, cortesía del ayuntamiento de Eslava. Al lado, un togado de mármol de Carrara, hecho en Italia, que recorrió el Mediterráneo y el Ebro para llegar a Santa Criz. No tiene cabeza. Posiblemente honraba al emperador, y la cabeza se cambiara conforme un líder/dios sucedía al otro.
Un templo de culto imperial que 15 camiones de piedra cubrían
No es seguro, pero casi. El templo de Santa Criz estaría dedicado al emperador, sería una emulación de lo que habían hecho antes en Tarraco (Tarragona) y aún antes en Roma para honrar a Augusto, el dirigente que murió en el 14 d.C. y que fue tratado como un dios. Al menos, eso indican los restos que quedaron a la luz tras retirar 15 camiones de piedra y grava que cubrían esta estructura noble de la ciudad romana, a la que se accedía por una escalinata.