Opinión
"En una banda de excesos como Black Sabbath, Ozzy Osbourne reinó como el más formidable de los excesivos"


Actualizado el 23/07/2025 a las 11:33
Ha muerto Ozzy Osbourne. Ha ocurrido a los 76 años, 30 o 40 años más tarde de lo que sus excesos y sus hábitos exagerados presagiaban. Ha muerto un cantante de éxito, un pionero del heavy metal, una estrella que exploró los ‘realities’ de televisión, un loco que se comió la cabeza de un murciélago en directo, un creador al que acusaron sin demasiado fundamento de inducir al suicidio de dos jóvenes… El príncipe de la oscuridad, le llamaron, por sus guiños a lo oculto, a lo monstruoso, a lo esotérico y a lo mágico, más por imaginería que por convicción.
Ha muerto Ozzy Osbourne, un hombre que triunfó contra todo pronóstico, que convirtió en fosfatina cualquier predicción. Nacido en Birmigham, ciudad industrial en crisis, su destino más probable hubiera sido la cárcel. Pasó por ella. Pero tocaba rock and roll con Tony Iommy, un tipo, cosas del destino, al que un accidente en una fábrica arrancó la punta de los dedos, tuvo que cambiar la forma de tocar la guitarra, e inventó así los sonidos pesados del heavy. Ozzy no tenía una gran voz, pero se consagró como un gran cantante. Con ese tono suyo, dulce, como un niño grande que canta, logró el sueño para un irredento de los Beatles como él: que la melodía dominara por encima de un muro sonoro que salía de los altavoces en ‘Black Sabbath’.
En una banda de excesos como aquella, Ozzy reinó como el más formidable de los excesivos. Tanto que le expulsaron y nadie dio un duro por un tipo ligado a todo tipo de adicciones. Pero se levantó. Descubrió a un cisne azul de la guitarra heavy, Randy Rhoads, se alió con los músicos adecuados y lanzó un par de discos que le pusieron de nuevo en la referencia del rock. Aquel joven guitarrista se le mató al poco, en un accidente de avioneta. Ozzy siguió. Halló a Jake E. Lee, a Zakk Wilde. Cuando los tiempos del heavy empezaban menguar, lanzó un disco como ‘No more tears’, que le devolvió a lo alto, y se sumergió en un ‘reality’ familiar de televisión que le dio fama entre quienes no le conocían.
En los últimos años, cuando la enfermedad ya se le había apoderado, fue capaz de editar dos discos notables, colaborando con rockeros y también con raperos. Se despidió, nadie sabía que para siempre, justo a un paso de San Fermín, en un concierto en que cantó sentado en un trono de murciélagos. La imaginería siempre. Su verdad fue otra. “Soy un rebelde del rock and roll. No te mentiré. Dicen que adoro al diablo. Deben de ser estúpidos o ciegos. Soy un rebelde del rock and roll”, canta en una de la mejores canciones de ‘Bark at the moon’. Ha muerto Ozzy Osbourne, un rebelde del rock and roll, un hombre de vida imposible que desafió todos los pronósticos.