Dos pamploneses que se 'jugaron' el pellejo contra el francés
La lucha contra el Ejército napoleónico no solo se hizo con armas: también hubo quien ayudó a escapar a un preso o quien guardó libros valiosos


Publicado el 31/05/2025 a las 05:00
Durante la guerra de la Independencia muchos navarros combatieron al invasor al modo de bravos guerrilleros que se lanzaban al monte siguiendo la estela de Javier Mina y de Francisco Espoz: Lucas Gorriz, Cruchaga, Cholín… Todos ellos eran gente sencilla cuyas hazañas y sacrificios dejaron numerosas historias que quedaron plasmadas en las profusas páginas escritas por cronistas e historiadores.
Pero a lo largo de los seis años de guerra no solo se jugaron el pellejo de esa forma, ya que muchos otros aportaron su particular granito de arena para logar el mismo objetivo. De hecho, en Pamplona (sede del gobernador francés y centro neurálgico de la ocupación del reino) era irónicamente donde más movimiento insurgente existía y muchos anónimos pamploneses entorpecían la labor de los invasores. Así se sucedían desde pequeños robos de armas a soldados despistados, hasta la confección de uniformes para los voluntarios de Mina y de Espoz, e incluso se desarrolló una meticulosa red de espionaje: ojos que todo lo vigilaban, oídos que todo lo escuchaban y documentos que salían de Pamplona ocultos en sitios inimaginables. Las autoridades napoleónicas bien sabían de este proceder, pero les resultaba muy difícil atajar el problema, pues eran sombras y humo que se les escapaba de las manos.
Muchísimos nombres de estos hombres y mujeres, junto con su “pequeña” historia, se han borrado con el paso del tiempo. Hubo quien se arriesgó más y quien lo hizo menos, pero lo importante fue que cada uno hizo lo que buenamente pudo y de esta forma, granito a granito, se consiguió vencer al que por entonces era considerado el mejor ejército del mundo.
Pero de entre las nieblas de la historia de vez en cuando aparece un puntito de luz y en los viejos legajos de nuestros archivos podemos encontrar nombres, hechos, recuerdos que, de no haberse puesto por escrito hubieran desaparecido hace mucho. Así pues, conozcamos a dos pamploneses de entonces y a la pequeña pero arriesgada labor que desarrollaron en pos de la libertad. Unos valientes que se han ganado que les devolvamos con este escrito a la vida.
El primero de ellos se llamaba Saturnino de San Martín. Desempeñaba el oficio de ministro de las Puertas de Pamplona durante la ocupación francesa. Aseguró que, en 1809, “habiéndose en la Puerta Nueva cumpliendo con sus funciones, al tiempo que conducían por aquel paraje dos mil prisioneros de Zaragoza a Francia; dio escape a uno, cubriéndolo con su propio capote, proporcionándole su libertad y exponiéndose por ello a gran riesgo.”
El segundo es Luis Jiménez del Corral. Desempeñaba el puesto de guarda-almacén de Tablas y Tabacos en la Administración General de la Real Venta de Tablas de Pamplona y durante años demostró “haber ocultado con grave riesgo de su persona en un paraje oscuro de los almacenes una gran porción de libros de coro de los conventos de Sto. Domingo, Carmen Calzado, Descalzos de esta Ciudad que habiéndolos entregado a los religiosos Capellanes de dichas Iglesias, a luego que entraron en esta Plaza las tropas españolas le manifestaron valían más de mil pesos, dándole las gracias y los recibos correspondientes que exhibe en debida forma, cuya operación justifica su celo patriótico pues los preservó de que se empleasen en tacos de cañón del enemigo.” También llegó a esconder avituallamientos varios para que no fuesen usados por los franceses.