Cinco joyas escondidas en los museos navarros

Con motivo del Día Internacional de los Museos, expertos de cinco centros artísticos invitan a fijar la mirada en obras que suelen pasan más desapercibidas para el visitante

Olaia Nagore, responsable del Área de Educación del Museo de Navarra cotempla el escarbeo expuesto en la Sala de Prehistoria de esta institución
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Olaia Nagore, responsable del Área de Educación del Museo de Navarra cotempla el escarbeo expuesto en la Sala de Prehistoria de esta institución
Olaia Nagore, responsable del Área de Educación del Museo de Navarra cotempla el escarbeo expuesto en la Sala de Prehistoria de esta institución

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Nerea Alejos

Publicado el 18/05/2025 a las 05:00

Todos los museos cuentan con sus obras estrella, un reclamo que atraiga a los visitantes, pero también atesoran piezas singulares que han sido eclipsadas por otras más conocidas o llamativas. Expertos que trabajan en cinco museos de la Comunidad foral seleccionan sus respectivas piezas “escondidas” para reivindicarlas en este reportaje. Un amuleto egipcio del siglo VI a.C., una fotografía etnográfica de José Ortiz Echagüe, un boceto del pintor francés Léon Maxime Faivre, las postales carlistas que creó la artista navarra María Teresa Gaztelu y una escultura de Oteiza componen la selección.

Museo de Navarra. El escaranajo egipcio que llegó hasta Castejón

No puedo evitar viajar en el tiempo e imaginar algunas de las posibles rutas que seguramente trazó este pequeño objeto, y también a las personas que pudieron estar implicadas en su fabricación, transacciones y desplazamientos: artesanos, comerciantes, marineros, soldados o administradores, entre otros”. Así resume Olaia Nagore Santos la fascinante historia que encierra este pequeño amuleto egipcio, conocido como escarabeo por su forma de escarabajo. Está expuesto en la Sala de Prehistoria del Museo de Navarra, donde ella trabaja como responsable del Área de Educación. “Es una de mis piezas favoritas del museo”, señala.

De un tamaño casi diminuto (1 x 0,7 cm), este escarabeo es el ejemplo de escritura jeroglífica que se ha hallado más al norte de la Península Ibérica. En su dorso se observan las partes anatómicas del escarabajo: la cabeza y las alas. En la base posee la imagen de la divinidad-halcón egipcia, Horus, portando sobre su cabeza la corona roja del Bajo Egipto, un elemento extraño a su espalda (¿un ala desplegada?) y, bajo sus patas, la posible representación de una cobra. “Como es común en este tipo de piezas, tiene una perforación longitudinal que la atraviesa, por lo que pudo ser utilizada como amuleto colgante o como escarabeo-sello, formando parte de un anillo”, detalla.

Este escarabeo apareció en una de las tumbas de la Necrópolis de El Castillo, un cementerio de incineración de la Edad del Hierro que se encuentra junto a la localidad de Castejón. Sus antiguos pobladores conocían el valor que se le atribuía en Egipto: “Era común que durante los ritos funerarios se colocase un escarabajo en el pecho de las momias con una inscripción jeroglífica del Libro de los Muertos. También era muy frecuente su representación en los sarcófagos y en las tumbas como símbolo de resurrección e inmortalidad”, explica Olaia Nagore.

El amuleto, que se remonta al siglo VI a.C., realizó todo un periplo desde Egipto hasta Castejón: “Desde los talleres de Náukratis en el Delta del Nilo, recorrió después todo el Mediterráneo, muy probablemente en una barca fenicia, hasta llegar a la Península Ibérica. Finalmente se adentró por el río Ebro hasta llegar a la zona donde actualmente se encuentra Castejón”, describe. 

Museo del Carlismo. Las postales carlistas de María Teresa Gaztelu

Una madre despide a un hijo que se marcha al frente, un soldado reza mientras espera al enemigo, un padre levanta a su bebé, que también luce una boina carlista; un soldado cae abatido, en una imagen que recuerda a la del miliciano republicano que captó Robert Cappa en 1936... Son algunas de las postales propagandísticas que el Museo del Carlismo de Estella exhibe en una vitrina dedicada al papel de la mujer en el carlismo, durante el periodo de la Guerra Civil. Para Iñaki Urricelqui, esta colección de media docena de postales encierra un valor especial, ya que exaltaron un ideario tradicional a través de una mirada vanguardista: “Dentro del bando carlista hubo una serie de artistas que demostraron una modernidad y una puesta al día al más alto nivel”, señala el director del Museo del Carlismo. Estas postales de estética “casi naif”, realizadas en 1937, llevan la firma de una artista navarra que posteriormente cayó en el olvido: María Teresa Gaztelu. “Estas postales reflejan un ideario basado en la familia, la religiosidad o la transmisión generacional de esos valores. Tuvieron una amplísima difusión durante la Guerra Civil”, recuerda Urricelqui. “Tras esa apariencia ingenua, estas postales tienen una fuerte carga ideológica, porque contribuyeron activamente a la difusión del ideario carlista”. Hermana del pintor y dibujante Alfonso Gaztelu, -quien luchó como requeté y falleció en la Guerra Civil-, María Teresa Gaztelu fue enfermera del Hospital Alfonso Carlos de Pamplona durante la contienda. En la sala dedicada a la mujer y el carlismo también se puede contemplar la bandera del Requeté de Pamplona, obra de la pintora María Isabel Baleztena. 

Escena familiar en una de las postales de la artista navarra
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Escena familiar en una de las postales de la artista navarraMuseo del Carlismo / Gobierno de Navarra
Escena familiar en una de las postales de la artista navarra

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Museo Universidad de Navarra. La mirada más artística de Ortiz Echagüe

La Sala 0 de la planta principal del Museo Universidad de Navarra, dedicada a los orígenes de la colección del MUN, invita a adentrarse en un mundo ya extinto que el fotógrafo José Ortiz Echagüe se apresuró en captar antes de que la modernidad lo hiciera desaparecer. Entre estas imágenes en blanco y negro figura un cautivador retrato, Montehermoseña sentada (1931), que pertenece a la serie España. Tipos y trajes. “El traje regional de montehermoseña es muy rico, con muchas capas, mucho color y mucha cinta”, resalta sobre esta imagen Ignacio Miguéliz, responsable de Colección y Exposiciones del MUN.

“Según nos contaba el hijo de Ortiz Echagüe, él viajaba a los pueblos y convencía a la gente para que se pusiera el traje típico del lugar y posara para su cámara”, cuenta Miguéliz. En el caso de la montehermoseña, “la mujer, sentada en una silla, mira directamente a cámara. Es como si fuese el instante decisivo, donde Ortiz Echagüe capta ese momento en que ella le mira”. Por otro lado, la imagen está muy trabajada: “Destaca la construcción geométrica de las capas de la falda, que crean esa media circunferencia”. Miguéliz resalta la mirada artística de Ortiz Echagüe, “sobre todo por cómo construye la imagen: te da la sensación de que podría ser un robado, un momento casual, cuando en realidad la fotografía está perfectamente compuesta”. Por otro lado, la técnica empleada por el fotógrafo, carbón al Fresson, ” hace que la imagen parezca un dibujo al carboncillo, lo cual resulta también muy atractivo”. En la misma del MUN también se pueden contemplar dos imágenes de mujeres roncalesas, que posan con su traje tradicional, así como el retrato de un alcalde de Garralda.

Montehermoseña sentada, de José Ortiz Echagüe
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Montehermoseña sentada, de José Ortiz EchagüeMUN
Montehermoseña sentada, de José Ortiz Echagüe

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Museo Muñoz Sola de Arte Moderno. Un boceto que  abre una ventana  a la Prehistoria

Entre las obras que dan la bienvenida al visitante en el Museo Muñoz Sola de Tudela se encuentra un pequeño boceto de finales del siglo XIX que recrea una escena prehistórica. Con el título Dos madres -la humana que protege a sus dos hijos y la osa que se funde con la oscuridad de la cueva-, lleva la firma del artista francés Léon Maxime Faivre. “El óleo de Faivre está expuesto en el Museo d’Orsay de París, pero nosotros tenemos el boceto porque Muñoz Sola tenía muy buen ojo como pintor y también como coleccionista. A él le encantaba ir a Francia, a subastas y a mercados, y así creó esta rica colección que tenemos hoy en Tudela”, explica Izaskun Gamen, responsable de este museo dedicado a la pintura figurativa de los siglos XIX y XX. “Cuando hago visitas guiadas para adultos, me gusta detenerme en esta obra porque se creó en un momento de cambios sociales. Tiene ese punto de querer descubrir mundos, investigar, explorar... Me parece una idea muy bonita. También tiene esa parte más intuitiva, representada por esa bestia que está en la oscuridad. Pero, al mismo tiempo, esa bestia también es una mamá osa que tiene que proteger a sus crías”, destaca Gamen sobre las particularidades de esta obra, que retrata una época nunca vista hasta entonces en el arte. “Dos madres también nos invita a mirar al pasado y a preguntarnos de dónde venimos, quiénes son nuestros ancestros”. A nivel artístico, “es muy adorable cómo está pintado, con manchas, brillos, sombras... Refleja ese gusto propio de una pintura clásica”. El museo tudelano exhibe 167 obras. “Es una colección que da mucho juego y se puede adaptar a diferentes públicos”, valora Gamen. 

Boceto de la obra Dos madres, del artista francés Léon Maxime Faivre
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Boceto de la obra Dos madres, del artista francés Léon Maxime FaivreMuseo Muñoz Sola / Museo de Navarra
Boceto de la obra Dos madres, del artista francés Léon Maxime Faivre

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Museo Jorge Oteiza. El universo de Oteiza, a pequeña escala

“Una pieza delicada, pero muy efectiva a nivel escultórico”. Así presenta Juan Pablo Huércanos, subdirector del Museo Oteiza de Alzuza, la obra Respiración espacial (1956-57). De muy pequeñas dimensiones

(20x23x6 centímetros), se puede contemplar en la sala dedicada a la Bienal de Sao Paulo de 1957, cuando Oteiza se alzó con el premio al mejor escultor internacional. “Posiblemente esta fue la pieza más pequeña que formaba parte de ese conjunto, pero también era una obra muy querida por él, porque de alguna manera condensaba muy bien todas sus investigaciones en torno a la dimensión espacial de la circunferencia, de la esfera y del cilindro”, contextualiza Huércanos. El título de esta miniescultura, Respiración espacial, “responde a una idea muy poética de que el espacio también tiene su propia manera de respirar y de estar, su propia entidad. Es algo que Oteiza evidencia en esta pieza”. Realizada en acero sobre base de piedra, la obra condensa a la perfección la filosofía del artista en torno a la escultura: “Jorge Oteiza decía que la escultura no necesita ser de grandes dimensiones. De hecho, él consideraba que la escultura más monumental debe caber en el hueco de la mano, y debe ser efectiva desde el punto de vista plástico y es-tético. Esta pieza representa muy bien esta idea”, destaca el subdirector del museo de Alzuza.

Huércanos recuerda una curiosa anécdota sobre esta obra, ya que Oteiza la llevó a cabo tras realizar una investigación con material doméstico: “Concretamente se basó en latas de comida, las vaciaba y les quitaba la tapa. Con esas tapas fue generando esta dimensión espacial”, detalla. Así, Respiración espacial es el resultado de una experimentación realizada a partir de objetos “muy cotidianos”. Este planteamiento remite a otra idea fundamental de Oteiza, la de que la escultura “surge de una pura confrontación con la vida”, resalta.

Respiración espacial, de Jorge Oteiza
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Respiración espacial, de Jorge OteizaMuseo Jorge Oteiza
Respiración espacial, de Jorge Oteiza

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