El bloqueo con el que los carlistas quisieron hace 150 años asfixiar Pamplona

Consecuencia del corte de agua y suministros, los pamploneses llegaron a comer ratas de agua y se registraron unas 900 muertes por el tifus

Una de las páginas con ilustraciones sobre el bloqueo de Pamplona que se guardan en el Archivo de Navarra.
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Una de las páginas con ilustraciones sobre el bloqueo de Pamplona que se guardan en el Archivo de Navarra.
Una de las páginas con ilustraciones sobre el bloqueo de Pamplona que se guardan en el Archivo de Navarra.

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Jesús Rubio

Publicado el 04/11/2024 a las 05:00

Hace 150 años los pamploneses, que eran más de 16.000, sufrían. Para comer, si comían, podía tocarles con suerte carne de pollino, pero había días que debían tirar de las ratas de agua. Agua no había, al menos en las fuentes. Solo en el río. Tal día como este lunes, faltaban dos días para que un ingenioso ingeniero pamplonés, Salvador Pinaquy , supiera bombear las aguas junto al Arga y dar algo de vida a una ciudad que llevaba dos meses sin agua. En agosto las tropas carlistas habían comenzado el bloqueo de la ciudad, habían interrumpido el suministro de alimentos y habían cortado la llegada de las aguas desde Subiza. Durante seis meses, hasta febrero, en la capital navarra reinaron el hambre y las enfermedades. Sólo el tifus causó unas 900 muertes, antes de que las tropas liberales del general Moriones expulsaran a los carlistas del norte de la ciudad, donde se habían hecho fuertes, y desde donde habían llegado a bombardearla.

“No fue un sitio propiamente dicho, sino un bloqueo”, matiza Iñaki Urricelqui Pacho, técnico superior en el Museo del Carlismo y recuperador de un libro fundamental sobre estos hechos, el 'Álbum del bloqueo de Pamplona’, que se conserva en el Archivo de Navarra. “El bloqueo es la fase previa al sitio. Trata de ubicar tropas estratégicamente alrededor de la plaza que se quiere hostigar e impedir que entren suministros, que entren noticias y evitar que las personas deambulen libremente por las inmediaciones. Busca minar la moral y preparar un hostigamiento mayor, un sitio, con fuertes ataques de artillería, como había ocurrido en Bilbao”.

Estamos en la Tercera Guerra Carlista. Los partidarios de Carlos de Borbón y Este Austria, pretendiente al trono como Carlos VII, se habían levantado contra la monarquía de Amadeo de Saboya. Hasta 1876 seguirían enfrentados a un Estado por el que pasaron la I República y la coronación de Alfonso XII de Borbón. La guerra, como había ocurrido en las anteriores, se desarrolló sobre todo en Navarra, País Vasco y Cataluña. Hace 150 años, en 1874, los carlistas habían sitiado Bilbao, a la que sometieron a un bombardeo incesante durante tres meses, hasta el primer día de mayo. Pero fracasaron. “Los carlistas ponen entonces su vista en lograr una victoria que les dé prestigio, que les asiente en la lucha del Frente Norte. Ya habían intentado también sitiar Irún. Es en este contexto cuando deciden bloquear Pamplona”, explica Urricelqui.

Desde finales de agosto, ocho batallones de las tropas carlistas que en ese momento mandaba en la zona norte el navarro Torcuato Mendiry, se situaron alrededor de la ciudad, sobre todo en las zonas de la Chantrea,  la Magdalena, la Rochapea, en Villava, en Huarte... “El hecho de que Pamplona fuera aún una ciudad amurallada favorecía el bloqueo”. También se apoderaron de la cima del monte San Cristóbal, desde donde bombardearon con cañones la ciudad. Por ejemplo, hay noticias que hablan de cómo se coló un pepino, como llamaban a los proyectiles, en el Café Suizo”. Precisamente por esos bombardeos, al final de la guerra, las autoridades “se dieron cuenta de que había que instalar allí un fuerte, el Alfonso XII. Sin embargo, con el tiempo, y con la llegada de la aviación, no acabó teniendo una función”, explica Urricelqui.

La falta de alimentos y de agua durante meses hizo mella en la población. “Aquel fue un invierno muy duro, nevado, de mucho frío. Los pamploneses tuvieron que echar mano de las maderas de las casas, del suelo, del mobiliario para calentar los hogares. También se taló el arbolado en la Magdalena, algo que además facilitaba ver a las partidas cartistas. Para alimentarse aprovecharon prácticamente de todo, hasta el punto de que se llegaron a comer pollinos, perros, ratas de agua, todo lo que se encontraba. Se produjo también una especulación con los precios y se sucedieron altercados en el mercado de Pamplona”. De hecho, el Ayuntamiento dictó bandos regulando los precios. Se produjeron enfermedades, “sobre todo de tipo digestivo, disentería, fiebres tifoideas…”. Se calcula que el tifus causó 900 muertes. “Pamplona se vio en una situación verdaderamente lamentable”, describe Iñaki Urricelqui. “Las guerras del siglo XIX muchas veces están rodeadas de un cierto halo de romanticismo, de una cierta nostalgia histórica, pero viéndolo con perspectiva, este bloqueo de Pamplona debió de ser traumático para la sociedad pamplonesa. También para el ejército, pero este su intendencia para alimentarse. Pero es la población la que sufre de un modo mucho más crudo las consecuencias de estas acciones bélicas”.

La pesadilla de los pamploneses terminó en febrero. Ya en diciembre, cuando se proclamó rey a Alfonso XII, la acción bélica liberal en la zona norte se impulsó. “El ejército liderado por Moriones va a hacer una barrida de las tropas carlistas de la zona de Pamplona y se pondrá fin al bloqueo día 2 de febrero, aunque van a quedar restos de las tropas carlistas en los alrededores hasta octubre o noviembre”, señala el historiador. Además de la acción de Moriones, otros generales lucharon contra los carlistas en zonas como el Carrascal o Tierra Estella. La guerra seguiría todavía hasta 1876. La victoria Alfonsina en la segunda batalla de Montejurra, en febrero de ese año, terminó de decidir la derrota carlista.

Para ese momento, Pamplona había recuperado su normalidad. “Como no fue sido un sitio propiamente dicho, es decir, al no haberse producido un castigo tan fuerte con bombardeos a infraestructuras, una vez se levanta el bloqueo y se recuperan los suministros, la normalidad va llegando de una manera paulatina. Quedó, eso sí, el recuerdo traumático”.

Salvador Pinaquy, el “salvador” que trajo las aguas a Pamplona

Salvador Pinaquy Ducasse fue en buena medida “el salvador de la ciudad”, dice Iñaki Urricelqui. El miércoles está previsto que Pamplona le rinda un homenaje más que merecido. Ese mismo día de 150 años atrás, la capital navarra vivió un día de fiesta dentro del duro bloqueo carlista. “Fue un hito en este episodio. Hay dibujos que muestran que salieron los gigantes y las bandas de música”. Ese 6 de noviembre, las fuentes de Pamplona volvían a dar agua.

Pinaquy, nacido en Bayona, se había instalado en la capital navarra en 1848. Ingeniero e industrial, montó una fábrica de herrería industrial junto a su socio José Sarvy, que fue el germen de Casa Sancena. Tenía su taller cerca del Molino de Caparroso, y allí había descubierto un manantial. Y pensó que aquello podía ser una solución. Lo que hizo fue idear un sistema “para conseguir que las aguas próximas a la ciudad pudieran llegar a las fuentes, bombeándolas”.

Pinaquy tardó algo menos de un mes en llevar a término el proyecto, que cogía las aguas de ese manantial junto al Molino de Caparroso para llevarlas hasta un depósito ubicado entonces donde hoy está la iglesia de San Ignacio y desde el que se pudo abastecer a las fuentes de la ciudad. No es de extrañar que se celebrara una inauguración por todo lo alto en la Plaza del Castillo. “Fue un momento muy importante moralmente para la ciudad, por lo menos tenían agua” .

Pinaquy fue homenajeado ya en vida. Ocurrió un día antes del fin del bloqueo, el 1 de febrero de 1875, cuando el Ayuntamiento de Pamplona le entregó a una medalla conmemorativa de oro. 

Medio año narrado en testimonios e ilustraciones

El bloqueo de Pamplona se conoce bastante bien. Además de los documentos y la prensa, se publicaron cuatro testimonios directos: 'Diario del bloqueo de Pamplona', de Eusebio Rodríguez Undiano y José Sánchez del Águila, 'Apuntes para la historia (1872-1886)', de Leandro Nagore, 'Diario del bloqueo puesto por los carlistas a la plaza de Pamplona' escrito por Mariano Balesta Clavijo y 'Recuerdo de una guerra civil. Álbum del bloqueo de Pamplona', con acuarelas de los hermanos Aniceto y Nemesio Lagarde, que se conserva en el Archivo de Navarra. Nemesio Lagarde, perteneciente al ejército liberal, que permaneció en Pamplona durante el bloqueo, fue corresponsal gráfico de guerra y colaboró con 'La Ilustración Española y Americana'. 

Enfrentamientos y víctimas

No hubo grandes batallas, pero sí enfrentamientos fuera de las murallas, cuando las tropas liberales salían a controlar los alrededores. "Hubo víctimas, tanto civiles como militares, en estas escaramuzas", señala Iñaki Urricelqui. Por ejemplo, el 30 de octubre de 1874 murió un jinete de la Guardia Civil, Nicolás de Oñate, sorprendido junto a su compañero por una partida de jinetes carlistas que lo acribillaron a cuchilladas. El 28 de noviembre de 1874, una partida carlista asesinó  a un castañero en el alto de Santa Lucía. Las crónicas relatan también que el 1 de diciembre de 1874, los carlistas impidieron a un coche fúnebre acceder al cementerio para practicar entierros.

La partida de Carricaluche

El pamplonés Pantaleón Unciti, vecino de la calle San Agustín, soltero y carpintero de profesión, fue miembro de la Milicia Nacional que defendió la plaza de Pamplona, y encabezó una partida integrada por 28 hombres. Desde diciembre de 1874, tuvo el cometido de ahuyentar a los carlistas que se aproximaban a la ciudad, además de localizar y llevar a la ciudad cabezas de ganado, alimentos y bebidas, y de defender a los conductores de leña desde la estación de ferrocarril. Otro miembro destacado de la partida fue el jornalero Santos Uralde. Operaron por Artica, las cercanías de Villava o el soto del Sadar. La partida fue disuelta en febrero, tras ponerse fin al bloqueo. Terminaron, dice Iñaki Urricelqui, "con una fama no muy favorable debido a las tropelías cometidas".

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