Concierto
Robe detiene el tiempo en el Navarra Arena
El artista extremeño reúne a miles de personas en el pabellón pamplonés para disfrutar de sus canciones en solitario y sus éxitos con Extremoduro
Actualizado el 02/06/2024 a las 00:26
Sigue sin encontrar respuestas a esta despiadada velocidad en la que nos toca vivir, a esta existencia muchas veces difícil de explicar, pero mientras tanto Robe Iniesta hizo este sábado 1 de junio la espera mucho más amena a casi diez mil personas que abarrotaron el Navarra Arena, la hizo maravillosa.
A las nueve y cuarto se apagaron las luces del pabellón y se encendió un foco solitario que alumbraba un micrófono. Robe rompe el hielo entonces con Destrozares. Los seis musicazos que le acompañan en la gira Ni santos ni inocentes se sitúan a su alrededor, con especial protagonismo del violín en ese primer tema.
“Gabon denori!” , saluda, y a partir de ahí intercala los temas de su último disco Se lo lleva el aire con otros de sus anteriores trabajos y de Extremoduro. Con Adiós, cielo azul, llegó la tormenta, del último disco, recibe su primera ovación. Le siguen Contra todos, del disco Lo que aletea en nuestras cabezas y así una tras otra, a su ritmo, a veces dejando algunos silencios entre una y otra. Si algo puede permitirse a sus 62 años es hacer las cosas como le da la gana.
Justo delante del escenario unas banderolas delimitaban las dos maneras distintas con las que se podía disfrutar del concierto: las moradas para la “zona marchosa” y las verdes para la “zona tranquila”. Ambas igual de llenas desde mucho antes de que arrancase. Esa ambivalencia es quizá una de las mayores diferencias respecto a la etapa de Extremoduro. De hecho en el Navarra Arena se podía ver a muchos de los seguidores de la mítica banda acompañados de sus hijos pequeños.
“¿Alguien tiene un plan para salvar el mundo? Cuanto más difícil mejor, porque en el fracaso vendrá también la gloria”, dice antes de tocar El pájaro azul de Extremoduro. Todo el público levanta los brazos y los mueve de un lado a otro, no se distinguen las dos zonas ya.
Puntos suspensivos, A la orilla del río… se van sucediendo los temas. Robe recitó la letra de Standby: “Me arruinan las prisas, Me enervan los que no tienen dudas, Me cansa tanto tráfico y tanto sin sentido…” antes de cantarla.
Con la canción de Extremoduro se llena la pista de pantallas y todos corean uno de los himnos del grupo. Donde se rompen las olas y el El hombre pájaro desembocan en El poder del arte, la joya de su último disco, que concluye con la frase de Apocalypse now: “Me encanta el olor a napalm por la mañana”, y donde confiesa que sigue sin encontrar respuesta al sentido de la vida pero descubre que el arte “bien nos pudiera salvar de una vida inerte, de una vida triste, de una mala muerte”.
Así llegan las 22.25 y anuncia “un descansito": "Para hacer lo que os dé la gana, que para eso estamos en un país libre. Eso sí, que no os vean”.
A las once un solo de batería reanuda el show. Y llegaron algunos grandes éxitos de Extremoduro como Haz que tiemble el suelo o Prometeo. Robe fue encadenando temas como Segundo movimiento: Mierda de filosofía o Cuarto movimiento: yo no soy el dueño de mis emociones del disco Mayéutica sin bajar la intensidad ni un segundo.
Con Coda feliz terminó el concierto enseñando detrás de una guitarra pintada la inscripción “Stop Genocide”.
En los bises toca Viajando por el interior y se despide pero no se mueve un alma del Arena. “¿Qué pasa, que queréis cantar?”, dice, y toca Esto no está pasando.
De nuevo termina y el pabellón se mantiene intacto. Es entonces cuando suenan las notas de Jesucristo García, de Extremoduro y todos corean “cuánto más necesito para ser dios”.
Pasadas las doce y diez sale a cantar su tercer bis porque cada vez que acababa el público se quedaba en sus sitios, se negaba a terminar la noche, la noche en que Robe detuvo el tiempo durante tres horas. Y aún hubo un cuarto bis y lo presentó en euskera: “Maitatu era arima zabaldu!” (Amad y abrid el alma).
