La Pamplona Perdida (V)
Derribo de la casa consistorial
La casa consistorial que Pamplona había inaugurado en 1760 se había quedado pequeña dos siglos. Se derribó guardando la fachada


Actualizado el 18/08/2023 a las 12:26
El Privilegio de la Unión de los burgos de Pamplona, otorgado por el rey Carlos III el Noble el 8 de septiembre de 1423, cuyo sexto centenario se conmemora este año, en su capítulo tercero establecía que los regidores de la ciudad debían construir lo antes posible una jurería, es decir una casa donde reunirse para tratar los asuntos referentes al gobierno municipal. El lugar señalado para esa finalidad fue el foso que entonces existía delante de la torre de la Galea del burgo de San Cernin, hacia la parte de la Navarrería, dejando entre dicha torre y la casa camino suficiente para pasar. Y así se hizo.
Aquella primera casa consistorial, que aún no se había terminado en 1487, debía de hallarse en muy mal estado a mediados del XVIII, por lo que en abril de 1752 los regidores acordaron trasladar las sesiones a la casa del condestable “por la inminente ruina que amenaza la Casa de la Ciudad, ínterin se repare aquella o se construya otra de nuevo”. Se optó por reedificarla de nueva planta, comenzando los trabajos inmediatamente. En 1755 se empezó a construir la fachada, según proyecto de don José de Zay y Lorda -Zailorda en los documentos- que se prefirió al que presentó Juan Miguel de Goyeneta y cuyo coste se calculó en 24.000 reales. Goyeneta volvió a presentar el año siguiente un nuevo proyecto para el remate, pero se eligió el de Juan Lorenzo Catalán, por ser más “correspondiente, luzido, hermoso y seguro”. Como detalla José Luis Molins en su monografía sobre la Casa Consistorial, José Ximénez hizo las estatuas de la Justicia y la Prudencia, que flanquean la puerta, así como la alegoría de la Fama, los hércules y los leones que coronan el remate; se le pagaron 9.000 reales. Las rejas y balconajes, así como toda la cerrajería, fueron obra de Salvador de Ribas, que cobró 34.000 reales; también instaló el reloj en 1774. La escalera, media naranja y linterna las construyó el maestro albañil José Marzal, vecino de Tudela.
El 23 de enero de 1760 se acordó el traslado de la corporación a la nueva casa, y que “las argollas o picotas se pongan en el segundo suelo del frontis principal, en los dos costados del balcón donde tañen los clarines, para ejecutar las penas que de esta calidad se impusieren”. Es decir, la de ser expuesto a la vergüenza pública.
Salvo la fachada principal, que felizmente ha llegado a nuestros días, el exterior del edificio era muy sobrio, sin ningún detalle digno de mención, pero algunos salones del interior, decorados con cornucopias estilo rococó parecían estar aguardando el baile de un minué con damas a la Pompadour y caballeros con peluca y casaca. La escalera de honor tenía el señorial empaque de las arquitecturas palacianas del Setecientos.
Pero dos siglos más tarde la ciudad había experimentado un notable crecimiento, tanto demográfico como urbanístico y aquella casa consistorial inaugurada en 1760 se había quedado pequeña. Las oficinas de los distintos negociados municipales ya no cabían y había que pensar en una solución eficaz y urgente. Ideas hubo para todos los gustos e incluso el arquitecto Eugenio Arraiza llegó a diseñar en 1945 un curioso proyecto para crear allí una especie de plaza mayor, uniformando las fachadas de las casas contiguas y con arcos de comunicación sobre las calles que confluyen en ella. Alguien sugirió, sin éxito, la posibilidad de levantar un edificio de nueva planta en otra parte de la ciudad -se pensó en la antigua casa de baños del paseo de Sarasate-, donde instalar con amplitud y comodidad las dependencias de los diferentes servicios, y dejar intacto el antiguo edificio barroco, dedicado solo a despacho de la alcaldía, salón de sesiones y demás salones de carácter institucional.
Al final se decidió derribarlo, y manteniendo el emplazamiento señalado por Carlos III el Noble en el Privilegio de 1423, construir en su solar la nueva casa consistorial. Se trataba de combinar amplitud, funcionalidad y estética, en un proyecto de líneas clásicas, que se encomendó al arquitecto José María Yárnoz Orcoyen, a quien conocí y traté años después en la Institución Príncipe de Viana. Afortunadamente, con un criterio muy acertado, se acordó salvar del derribo al menos la fachada del antiguo edificio. Gracias a ello, el frontis barroco proyectado a mediados del siglo XVIII, sigue todavía en pie, dando prosapia y carácter al actual edificio municipal. Como escribió Ángel María Pascual en febrero de 1947 “su mayor encanto está en su contraste de casa gremial, de mueble barroco, de tallado reloj de pared, en medio de las fachadas deliciosamente vulgares de esas tiendas bajitas con olor de recatada artesanía”.
El día 4 de noviembre de 1951, el alcalde don Miguel Gortari cerró por última vez el recio portón del viejo ayuntamiento, una vez trasladadas provisionalmente las oficinas a la antigua Escuela de Artes y Oficios de la calle Estella, ya desaparecida. Algo menos de dos años después, el 8 de septiembre de 1953, otro alcalde, don Javier Pueyo, procedió, con la solemnidad que el acto merecía, a la apertura de la puerta de la nueva Casa Consistorial, la misma que hoy, setenta años después, sigue siendo la sede institucional del Ayuntamiento de nuestra ciudad.
Las dos fotografías que ilustran este artículo nos muestran el curioso aspecto que presentaba la fachada barroca, por delante y por detrás, con el antiguo Ayuntamiento ya derribado. El Sr. Yárnoz me contaba que más de una vez rezó a todos los santos para que aquella especie de retablo de piedra aguantara sin venirse abajo hasta el momento en que pudiera recibir el apoyo de las paredes del nuevo edificio. Y por suerte, aguantó.