Opinión

Una generación en deuda con Ibáñez

Arrancar una carcajada a alguien que está leyendo es muy difícil, aunque sea a un niño de ocho o diez años. Ibáñez lo conseguía

Fernando Hernández
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Fernando Hernández

Actualizado el 15/07/2023 a las 18:01

Tengo en una estantería de mi biblioteca los tebeos de Tintín, de Astérix y de Mortadelo y Filemón. Sin los de Ibáñez no habría llegado a los de Hergé o a los de Goscinny y Uderzo. Para los que rondamos la sesentena, el ritual de los domingos incluía comprar (con más exactitud, intentar que te compraran) el Mortadelo o el Pulgarcito, un sobre sorpresa, a lo mejor unos cromos de animales exóticos de la empresa Maga… Los tebeos que firmaba Francisco Ibáñez, no lo sabíamos entonces, eran modernos en su gamberrez, con ese humor salvaje. Hablaban, aunque fuera de una forma oblicua (luego ya de una manera directa), de cosas que veíamos en la tele, como las olimpiadas. Sus personajes, dejando al margen la levita del propio Mortadelo, nos parecían actuales. En comparación, Zipi y Zape ya parecían niños traviesos de otra época, con ese padre, don Pantuflo Zapatilla, que era catedrático de colombofilia. Arrancar una carcajada a alguien que está leyendo es muy difícil, aunque sea a un niño de ocho o diez años. Ibáñez lo conseguía. Una generación tiene una deuda con él.

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