"En la historia nunca han faltado personas para llevar a cabo un genocidio", asegura Guillermo Altares
El periodista y escritor demuestra que los totalitarismos se sostienen con el apoyo y la anuencia cómplice de mucha gente


Publicado el 05/06/2023 a las 06:00
En un bosque de brazos que hacen el saludo fascista, destaca la imagen de un hombre de brazos cruzados. La foto, tomada en los astilleros de Hamburgo en 1936 durante una visita de Hitler, ilustra la rebeldía de August Landmesser frente a la obediencia ciega del resto de trabajadores. Landmesser fue expulsado del partido nazi por estar unido con la judía Irma Eckler, con la que no pudo casarse a causa de las leyes de Nuremberg que velaban por la pureza racial. Como se negó a romper con su mujer, fue enviado tres años a un campo de concentración, mientras que Irma fue asesinada en el Holocausto.
Landmesser fue un insumiso ante el horror nazi, pero ¿cuántos hicieron lo mismo? Después de escribir 'Los silencios de la libertad' (Tusquets), el periodista y escritor Guillermo Altares está convencido que no hay tiranía sin secuaces. "En la historia nunca han faltado personas para llevar a cabo un genocidio. En las grandes matanzas participan muchísimas personas, unas miran para otro lado y muy pocas tienen un comportamiento heroico. Cualquiera de nosotros, en ciertas circunstancias, quizás atenazados por el miedo, podemos actuar de una manera terrible", asegura Altares.
Es preciso recordar que los nazis obtuvieron magníficos resultados en las urnas. No en balde, los fascismos alemán e italiano triunfaron gracias al inestimable apoyo de las clases medias y trabajadoras. "Mucho voto comunista acabó yendo a Hitler. Cuando llegó al poder, el partido nazi era el que más había crecido en las elecciones".
La oposición al nazismo era minoritaria. Los llamados Justos entre las Naciones, aquellos que como Paul Grüninger, comandante de la Policía en la frontera suiza, abrió la puerta a los refugiados judíos que llegaban desde Austria, anexionada en marzo de 1938 por el Tercer Reich, son una fracción exigua. También merece ese título de Justo el diplomático Ángel Sanz Briz, un Oskar Schindler español que arriesgó su vida y su carrera por ayudar a los perseguidos de la comunidad hebrea en Hungría.
Si en 'Una lección olvidada' el escritor pintaba un friso de Europa y alertaba de la fragilidad de las conquistas culturales, en su nuevo ensayo explora las veces en que la democracia ha estado en peligro en Europa, desde la Atenas de Pericles a la Rusia de Putin. Un denominador común en todas los fracasos de la libertad es la rapidez con que se precipitan los acontecimientos. Altares recrea algunos fenómenos que suelen pasar inadvertidos para muchos ciudadanos, como los millones de trabajadores esclavos que mantuvieron en pie la Europa ocupada por los alemanes y la preocupación de la Gestapo por que estallara una insurrección protagonizada por ellos.
Al principio de la creación del Gueto de Varsovia, los líderes del Estado de Israel sintieron cierta vergüenza al constatar que millones de judíos fueran masacrados sin resistirse. Es una cuestión que ha hecho correr mucha tinta y que Altares cree que obedece a que la maquinaria para imponer el horror era tan perfecta que hacía casi imposible cualquier sublevación. "En Treblinka hubo una revuelta y en el gueto de Varsovia también, pero el mecanismo de terror de los nazis era tan brutal y espeluznante que era imposible rebelarse. La resistencia en Francia fue minoritaria. Yugoslavia fue el único país que donde hubo una guerra civil dentro de la Segunda Guerra Mundial".
En todo exterminio, desde la matanza de san Bartolomé de los hugonotes, en 1572, hasta las dictaduras comunistas en la Europa del Este, ha campado a sus anchas la delación. "Las dictaduras usan enormes sistemas de delación, como la Stasi en la RDA o la Securitate en Rumania. Otra cosa es por qué se delata, que es una cuestión muy compleja. Hay que ponerse en la piel de que capturan y amenazan con matar a sus hijos si no colabora para entender que sucumba al chivatazo".
Torturadas, rapadas y violadas, las mujeres son siempre víctimas de la barbarie en las guerras. A Altares le sobrecogió la imagen de Simone Touseau, inmortalizada por el fotógrafo Robert Capa cuando fue sometida al escarnio público: su cabeza fue rasurada y su frente macada con un hierro candente por haber mantenido relaciones sexuales con un militar alemán durante los años de ocupación. Desfiló humillada por la calles de Chartres con su bebé en brazos en medio de una turbamulta que la acosaba fieramente. "En las guerras las cosas nunca son claras, es difícil establecer quiénes son los buenos y los malos".