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Historia y Patrimonio

Templarios en Navarra: dónde estuvieron y qué nos queda de ellos

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Templarios en Navarra: dónde estuvieron y qué nos queda de ellosJAVIER IBORRA
Actualizado el 18/01/2023 a las 11:21
Siete siglos después de su desaparición, un halo de misterio y de romanticismo rodea a los caballeros templarios. Todavía hoy sus historias -ficcionadas- se mantienen en las estanterías de los libros más vendidos y la sola mención de que un castillo o iglesia tuvo un pasado templario le convierte en un imán para el turismo, desde Ponferrada hasta el soriano cañón del río Lobos. En Navarra, no obstante, ha cundido la idea de que los caballeros del Temple no tuvieron presencia alguna en nuestra tierra, pero nada más lejos de la realidad.
El reino de Navarra, en los dos siglos que transcurrieron desde los inicios de la orden hasta su disolución, tenía sobradas razones para albergar a estos caballeros. La frontera musulmana estaba muy cerca (Tudela fue conquistada por Alfonso I el Batallador en 1119, el mismo año en que se fundó el Temple) y el Camino de Santiago vivía su momento de esplendor. Así, no es de extrañar que muy pronto la orden templaria entrara en la historia de Navarra. ¡Y lo hizo por la puerta grande! El mismísimo rey, Alfonso I, que también lo era de Aragón, dejó como herederas y sucesoras del reino a las órdenes militares de los Templarios, Hospitalarios y del Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén. Primero, hizo testamento en Bayona (1131) y, luego, lo confirmó en Sariñena (1134), lo cual descarta que la ocurrencia fuera un "calentón" del monarca.
Sobre el papel, el gobierno de Navarra y Aragón debía recaer en estas por entonces novísimas órdenes militares, pero a los nobles locales no les gustó la perspectiva y buscaron a sus propios candidatos a reyes:  los navarros eligieron a García Ramírez, un descendiente de García III el de Nájera por vía ilegítima, y los aragoneses prefirieron a Ramiro II. De todas maneras, para entronizarlos tuvieron que negociar con los caballeros monásticos, para lo cual el papa Inocencio III envió un mediador, que se encargó de suavizar las negociaciones. Y por esta vía se evitó que Navarra fuera un precedente del estado Teutónico germánico, esa Vieja Prusia que los monjes de la cruz negra crearon y gobernaron en el Báltico.
VILLAS Y HEREDADES
El rey García Ramírez, el Restaurador, quizá como compensación por la manera en la que había accedido al trono, fue pródigo con los Templarios, igual que después lo fue su hijo y sucesor Sancho VI el Sabio. En la primera mitad del siglo XII, la Orden del Temple estableció una encomienda en Novillas, la almunia de Almazara y se estableció en Funes, Estercuel, Puente la Reina (Murugarren) y Los Arcos. Y precisamente en Puente la Reina, allí donde se juntan los dos ramales franceses de la Vía Jacobea, se fijó la residencia de la máxima autoridad templaria en Navarra: el Lugarteniente.
Años después, Sancho VI donó un viñedo en Tidón (a las afueras de Viana) y terrenos en Fontellas, Ribaforada, Cintruénigo y Aberin -que terminó por convertirse en una próspera encomienda rural e incluso fue elegida para acoger una preciosa reliquia, una astilla de la Cruz, enviada desde Jerusalén-. Donaciones particulares añadieron posesiones en Desojo y Lazagurría
Sancho VII, el Fuerte, un rey con el que las fronteras de Navarra experimentaron un importante retroceso, también se sumó a la dadivosidad de sus antecesores y cedió tierras en Cortes y Mora a los templarios, que también se habían establecido a lo largo del Camino de Santiago en plazas como Astráin, Zariquiegui,  Sagüés, Obanos, Estella y en la relativamente cercana Echávarri, sobre las faldas de la sierra de Urbasa.
Si ubicamos todas estas localizaciones en una mapa, podemos comprobar de un vistazo que el Camino de Santiago entre Pamplona y Viana, y la vega del río Ebro en los alrededores de Tudela eran los puntos de interés para los caballeros temparios en Navarra. Pero igual que el testamento de un monarca navarro les había abierto las puertas del reino, fue otro rey navarro el que se las cerró... y no solo en estas tierras. 
Felipe IV, el Hermoso, esposo de la reina Juana I de Navarra y rey de Francia, fue quien solicitó al papa Clemente V la disolución de orden, dentro de un plan para despojarla de sus riquezas. Y aquel mandato inició el célebre proceso que culminó con el fin de los templarios en 1312 y la muerte en la hoguera del último gran maestre, Jacques de Molay, en 1314.
Según la escritora Begoña Pro, Navarra se anticipó al mandato papal de hacer presos a los templarios por un curioso requiebro de la historia. En aquel momento, el trono pamplonés se encontraba en entredicho, ya que tanto Felipe y Juana como su hijo y heredero Luis residían en Francia y durante décadas no habían cruzado los Pirineos para visitar a sus súbditos del sur, lo cual había alimentado los rumores de que un noble local, Fortún Almoravid, tenía ambición y apoyos para usurpar el reino. Entonces, cuando Felipe, Luis y el papa se reunieron para negociar el asunto templario es posible que también trataran el futuro del trono navarro. Lo cierto es que de aquel encuentro partió Luis hacia Pamplona, para ser coronado el 1 de octubre de 1307 en la catedral de Santa María. Y el 13 de octubre, siguiendo instrucciones precisas, abrió una carta secreta que había recibido de parte de su padre en Toulouse: en ella se encontraba la orden de encarcelación de los templarios acusados de herejía, que se anticipaba al propio mandato de  Clemente V, que no fue enviado hasta un mes después, el 22 de noviembre. Sea como fuere, los templarios perdieron sus posesiones en Navarra, que pronto pasaron a la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén.
¿QUÉ NOS HA QUEDADO?
El rastro dejado por los templarios es muy tenue en Navarra, igual que el del resto de órdenes militares. Aun así, quedan en pie las encomiendas de Aberin y Echávarri -aunque en estado de abandono-, también algunos escudos tallados en piedra en Ribaforada y la imagen de una cruz patada, tipicamente templaria, ha permanecido como un detalle dentro del escudo de Cintruénigo. En Puente la Reina, capital templaria en Navarra, quedan la entrada de la vieja encomienda y la iglesia del Crucifijo, erigida por los templarios con el nombre de Nuestra Señora de los Huertos  y que cuenta en su interior con una enigmática talla de Cristo crucificado, joya de la imaginería gótica y particular por disponer los travesaños en forma de pata de oca.
A dos kilómetros, en Muruzábal, resiste el tiempo la ermita de Santa María de Eunate, cuya atribución a los templarios se mantiene en duda, a pesar de que presenta detalles típicamente relacionados con esta orden. Y situación similar vive la pequeña iglesia del Santo Sepulcro de Torres del Río: como Eunate, también es de planta octogonal, lo cual se considera una reminiscencia de la iglesia jerosolimitana del mismo nombre, si bien su filiación templaria no ha podido ser demostrada.
Poco más queda en Navarra de los esquivos templarios, siempre enigmáticos, atrayentes para muchos y, desde luego, exponentes de una época única en la que el ideal de las Cruzadas se mezcló con intereses crematísticos y más mundanos, igual que las tendencias artísticas del norte de Europa se toparon con las influencias de Oriente Próximo, dando lugar a una orden religiosa y militar al mismo tiempo que de ningún modo obvió al reino de Navarra, sino que interactuó con sus monarcas y sus gentes estableciendo como en el resto de Europa una red de establecimientos cuya prosperidad fue, a la postre, la razón de su condena.
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