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La Pamplona perdida (VI)

La casa de Eguía en la calle Ansoleaga

El derribo en 1958 de la casa palaciana de los Eguía privó a la ciudad de un edificio notable, que sirvió de sede a la Diputación del Reino

Ampliar La fachada que daba a la calle Ansoleaga
La fachada que daba a la calle AnsoleagaARCHIVO MUNICIPAL/COLECCIÓN ARAZURI
  • Juan José Martinena
Publicado el 21/08/2022 a las 06:00
En el mes de junio del año 1958 se llevó a cabo en Pamplona uno de los más graves atentados que se recuerdan contra el patrimonio histórico de la ciudad: el derribo de la antiquísima casa palaciana de los Eguía, situada entre las calles Ansoleaga y Nueva, conocida popularmente como casa Escudero o la casa del Orfeón. Nadie hizo nada por evitarlo y la memoria colectiva de la ciudad perdió un punto de referencia que evocaba la fisonomía medieval del antiguo burgo de San Cernin. Hacia la calle Ansoleaga tenía una austera fachada de ladrillo sobre basamento de piedra en el que se abrían dos puertas de arco ojival. En el piso principal, un balcón corrido, de buena forja, y otros dos de un solo vano, uno a cada lado. En el piso alto, una logia o galería de arquillos apuntados, similar a la de la Casa del Condestable, y sobre ella un amplio alero. La señorial fachada recordaba las de los palacios aragoneses, cuya tipología se extendió en los siglos XVI al XVIII a parte de Navarra, sobre todo en la Ribera.
Los antecedentes del edificio se remontaban a los últimos años del siglo XV. Fue allá por el año 1492 cuando los reyes de Navarra Juan de Labrit y Catalina de Foix donaron a su fiel secretario Antón de Aguerre unas casas derruidas, sitas en la rúa de las Tecenderías, detrás de la iglesia de San Cernin, que afrontaban con la casa del prior de Arróniz. Aguerre hizo levantar allí una casa de estilo gótico tardío, como corresponde a la época de su construcción. Y parece que posteriormente, a mediados del siglo XVI, uno de sus sucesores reformó la fachada exterior conforme al gusto de aquella época, pero conservando en el interior los elementos originales de piedra. Andando el tiempo, la casona quedaría vinculada al mayorazgo de los Eguía, uno de los linajes de abolengo del burgo de San Cernin, el principal y más floreciente de la ciudad.
La fachada que daba a la calle Ansoleaga
La fachada que daba a la calle AnsoleagaARCHIVO MUNICIPAL/COLECCIÓN ARAZURI
Un detalle que quizá pocos conocerán es que en los salones de esta casa tuvo su sede la Diputación del Reino, desde diciembre de 1818 hasta marzo de 1824, y también la efímera Diputación Provincial establecida por el gobierno liberal tras la sublevación de Riego en 1820. Para mí fue una sorpresa cuando en 1985 encontré la noticia en los libros de actas de la corporación y en las cuentas del Vínculo, mientras preparaba el texto del libro El Palacio de Navarra, que publicó por entonces el Gobierno foral. Antes de su traslado a esta casa, la Diputación había tenido su sede desde 1594 en la sala de la Preciosa, en el claustro de la catedral, hasta que las Cortes de 1818 le dejaron encargado expresamente “que buscase una casa o sitio que estimase conveniente para celebrar sus sesiones”. El mandato del Reino se cumplió con toda diligencia y el 21 de diciembre de ese mismo año la corporación celebró su primera sesión en esta casa. Y allí permaneció hasta 1824, año en que se trasladó a la del barón de Armendáriz en la calle San Francisco, que se derribó en 1904 para levantar el convento de las Salesas, cuyo edificio, actualmente en proceso de rehabilitación, será la futura sede de la Mancomunidad de servicios de la comarca de Pamplona.
Posteriormente, como evocaba el recordado periodista Baldomero Barón en una glosa que publicó en Diario de Navarra en junio de 1958, radicaron entre esas paredes la fábrica de naipes de Cumia, la redacción e imprenta del desaparecido periódico tradicionalista La Lealtad Navarra, y -ya en el siglo XX- la Federación Obrera y el Orfeón Pamplonés. También se elaboraba en sus bodegas el popular chacolí llamado de Culancho. En los años de la posguerra era conocida como Casa Escudero, por el apellido de sus últimos propietarios, y también como la Casa del Orfeón.
Ventana gótica, hoy en el Caballo Blanco
Ventana gótica, hoy en el Caballo BlancoARCHIVO MUNICIPAL/COLECCIÓN ARAZURI
Cuando se derribó en 1958, aparecieron unos lóbregos sótanos medievales, con galerías abovedadas de piedra y unas angostas escaleras. Aquellas galerías, junto con los elementos ornamentales que parecieron dignos de conservación fueron reaprovechados poco después en la construcción del Mesón del Caballo Blanco, en el Redín. En el solar resultante del derribo se levantó el actual hotel Maisonnave, cuyas dos fachadas no guardan relación alguna con el entorno. Hay que decir como circunstancia atenuante que en aquellos años estas cosas no le preocupaban a casi nadie, al menos en Pamplona. Si alguien entonces hubiera dicho en el Ayuntamiento que el casco antiguo era un conjunto histórico, cuya trama urbana, ya de por sí importante, se veía enriquecida por algunas casas antiguas como la que nos ocupa, cuya conservación se debía garantizar a toda costa, le habrían tomado por orate. Los regidores de la época lo único que veían era que detrás de cualquier derribo, por lamentable que fuera, lo que había era un solar edificable. Y eso era lo que les interesaba. Nadie podía imaginar todavía las cuidadas rehabilitaciones de hoy, de las que afortunadamente tenemos algunos ejemplos bien significativos, que sin duda agradecerán las futuras generaciones.
Qué pena da, todavía hoy, ver algunas fotos de aquel lamentable derribo, que se conservan en el Archivo Municipal. En una de las que hizo Galle por entonces se ve el viejo muro gótico de sillería, de finales del siglo XV, convertido en una lastimosa ruina. Y una ventana lobulada, con su fino parteluz, que parecía estar aguardando el cantar de un trovador, mientras se iba acercando imparable su triste final... Hoy, después de admirar la recuperación de edificios como la casa del Condestable, tenemos que congratularnos de que, al menos en esto, algo hemos mejorado.
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