El Café Suizo fue uno de los locales a los que acudió Hemingway. Hoy en día pertenece a la cadena de restaurantes La Tagliatella
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El Café Suizo fue uno de los locales a los que acudió Hemingway. Hoy en día pertenece a la cadena de restaurantes La Tagliatella

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Los cafés perdidos de Hemingway en Pamplona

En la Pamplona actual, el panorama de los cafés que visitó el norteamericano resulta desalentador. La mayoría han pasado a mejor vida

Asier Aldea Esnaola

Actualizado el 25/07/2022 a las 12:11

Paseo por las arcadas que, ante la ausencia de luz, están desatendidas de toda sombra y variedades. Hace más de cincuenta años que nadie apoya sus codos en la barra del Café Kutz. Este local fue uno de los lugares que más gozó de la presencia de Hemingway, además de ser la cuna del equipo de fútbol Osasuna pues en aquellas paredes se fundó el club en el año 1920. Ciento dos años después el local es ahora una sucursal del BBVA en la que el dinero es el negocio en vez de una cerveza o un vaso de vino —también un zumo, claro—: gajes de la modernización; no es una queja y no es el único desaparecido.

El Café Suizo ha pasado a mejor vida y ahora ocupa su lugar la cadena de restaurantes La Tagliatella, en la que abundan los manteles rojos y blancos. El local no abre los domingos por la tarde (ni ninguna otra tarde de la semana) hasta las 19.30 horas y todavía faltan más de dos. Tras los ventanales acristalados, a tientas, como una manta negra que cubre el techo, una mujer rubia dobla cuidadosamente las servilletas. Un pliegue en las esquinas y las junta hacia el centro. Así durante un buen rato. No sé qué pensaría Hemingway al ver una Plaza del Castillo a la que le han extirpado buena parte de los cafés que tanto le gustaron. Quizá La Tagliatella le traería recuerdos de aquellos días de 1918 en los que recorría las carreteras de Italia como conductor de ambulancia, en esos últimos volantazos de la Gran Guerra.

Un par de semanas después regreso para hablar con ellos; me comentan que poco saben del escritor.

—Yo más que estuvo en el Café Iruña no sé —explica una trabajadora del local.

El desconocimiento se repite en la Chocolatería La Forca, antiguamente Las Pocholas. Nada más preguntar, el encargado abre los ojos y un semblante de desconcierto asoma por ellos.

—No te sabría decir. Ni idea —comenta mientras tercia la cabeza, como si intentara estrujar la memoria.

Es una imagen que va repiqueteando mi sesera; una sensación de que, realmente, la neblina que existe alrededor del escritor se ha vuelto más nítida que él mismo en la mente del navarro —no así en el corazón, quiero pensar—. “Hay un desconocimiento general sobre la figura de Hemingway en Pamplona. De hecho, lo hemos comprobado con unas rutas literarias que se han celebrado ahora en Sanfermines. Siempre hablamos de Hemingway, pero desde el desconocimiento. Les preguntabas si habían leído Fiesta y te decían que no”, explica Aitziber Imizcoz, licenciada en Humanidades y que trabaja en la Oficina de Turismo de Pamplona. Del mismo modo que existe este desconocimiento, son varios los jóvenes a los que les gustaría conocer más. “Sí que he leído algo de él y de su historia y me gustaría saber más; sobre todo por qué vino a Pamplona y la relación que tuvo con la ciudad”, comenta Miguel Molina, de 21 años.

Al fondo de la sala la fotografía en blanco y negro de la familia Guerendiáin Larráyoz, antigua propietaria de Las Pocholas, parece un recuerdo lejano, mucho mayor que el pequeño espacio que la separa de los clientes sentados en las mesas que van dando fin a sus helados o chocolates fundidos. Qué centímetros tan largos, pienso.

El Café Suizo fue uno de los locales a los que acudió Hemingway. Hoy en día pertenece a la cadena de restaurantes La Tagliatella
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El Café Suizo fue uno de los locales a los que acudió Hemingway. Hoy en día pertenece a la cadena de restaurantes La TagliatellaArchivo
El Café Suizo fue uno de los locales a los que acudió Hemingway. Hoy en día pertenece a la cadena de restaurantes La Tagliatella

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La última barra

Antes de encaminarme hacia la calle del Mercado en busca de Casa Marceliano —ya te advierto, lector, que también es un fósil— me dirijo al Windsor, el último bar, la última barra de la ruta que se mantiene en pie, en la Plaza del Castillo, aunque, si Hemingway me escuchase, lo llamaría Café Torino para entendernos. Así se llamaba el local que cerró sus puertas en el año 1971. En la novela Fiesta, el escritor se refiere al sitio con el nombre “Bar Milano”. El lugar es pequeño, estrecho, de apenas diez pasos de recorrido. Seguramente hasta al propio escritor le sorprendería, pues el antiguo Café Torino llevaba a una sala mayor. Pero hace algunos años, desconozco cuántos, pusieron un tabique y lo partieron en dos. El título de la película En la gama de los grises le va como anillo al dedo a causa de la presencia casi omnímoda de este tono mortecino, pero cuenta con una terraza estupenda que le precede. Parece que toda la disposición se ha montado a partir de la barra, igual que sucedía con los poblados del Viejo Oeste —boomtowns— que erigían un camino único, largo, base, y a partir de él se iban fijando el salón de juegos, hospedajes, la oficina del sheriff o la carpintería del enterrador. A decir verdad, no me parece un mal principio. Le comento al camarero mi travesía por los lugares en los que bebió el escritor.

—Ah, sí. Este era uno —dice rápidamente con una ligera sonrisa.

Me llama la atención la naturalidad de la manifestación, casi neutral, y, sin embargo, la sonrisa esboza un ligerísimo orgullo, pequeño, del tamaño del puño de un niño. De hecho, cabría en él. No le he revelado ningún secreto ni parece deleitarse con el hecho. Añado que si conoce algún otro lugar. Resopla, duda unos segundos, saca su móvil y se ofrece a ayudarme. Se alternan los nombres del Café Iruña y el Txoko por la pantalla. Búsqueda infructífera —como a veces ocurre con la tecnología, o, mejor dicho, con cómo la utilizamos—. Solo nos queda continuar.

—Que vaya bien —me despide.

Agradezco y salgo.

Un plato de ajoarriero

Bajo hasta la calle del Mercado. Recuerdo que mi padre me contó una vez que esta zona era una de las más vivas de la ciudad. Si esto es cierto, observo afligido este cementerio en el que anida el silencio. Apenas pasa gente más allá de alguna pareja de ancianas con bolsas cargadas. De Casa Marceliano no queda más que una placa que preside la entrada de las Oficinas del Ayuntamiento —ahí estaba la taberna— que reza lo siguiente: “Antigua Casa Marceliano. Taberna popular cuyo ajoarriero, plato típico de bacalao, cautivó a Hemingway”. Vuelvo a pensar en él. ¿Qué opinaría de esta desbandada? ¿Cuál sería su reacción ante tanta barra de madera talada? Ciertamente no lo sé, pero creo que las palabras que una vez me compartió Miguel Izu vía correo electrónico resguardan algo de verdad. Me escribió: “Hemingway era un hombre de costumbres, y en todos los lugares donde vivió tenía sus bares favoritos y le gustaba frecuentarlos (…) Supongo que le entristecería ver que cerraron Casa Marceliano, el Café Kutz o Las Pocholas, y que se alegraría de que el Txoko, reformado, sigue en su sitio”. Comparto sus palabras.

Sin embargo, no todo está perdido. Una música de instrumentos baja precipitadamente por las escaleras del mercado. Llega débil, moribunda, pero su mensaje es nítido. Arriba, en la plaza del Ayuntamiento, la peña La Jarana toca la canción Física o química. Su voz es de trompetas y tambores. Las personas bailan, saltan y se contonean gozosamente sobre el espacio musical. Un mar de alegrías salpica la espalda del sol que huye por el oeste. Sonrío. Más allá del amanecer de las franquicias y del anochecer de los años de los cafés, más allá de las Pamplonas que se marchan y las Pamplonas que vienen, el recuerdo del buen sabor fiestero permanece en la garganta de sus gentes. Sí, la fiesta continúa y yo me marcho en busca de un lugar en el que comer un plato de ajoarriero.

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