Historias familiares 

Que vamos en un guateque

GUATEQUE El término ‘guateque’ procede de una lengua extinguida de Venezuela y llegó a España a finales del siglo XIX, junto con los indianos que regresaban enriquecidos del Caribe. Se refería a una fiesta informal, con amigos y familiares, en las que había banquetes y bailes

Sonsoles Echavarren.
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Sonsoles Echavarren

Publicado el 10/04/2022 a las 06:00

De la lactancia a la discoteca y tiro porque me toca. A veces me preguntó cómo es posible que la vida cambie tanto y dé tantas vueltas en un tiempo que a mí me parece tan raquítico. Aunque quizá no lo sea. Y todo dependa de la edad con que se mire. El caso es que si el domingo pasado hablaba sobre la crianza, las comadres y las madres despeinadas y agotadas sin dormir, este domingo no paro de dar vueltas a las salidas nocturnas de mi hijo adolescente. Que sí, que ya sé que yo también salía a su edad. Que es lo normal y que no se puede ir contra corriente y bla bla bla. Pero el sueño que había recuperado tras los años de crianza y de despertares nocturnos lo he vuelto a perder (un poco, tampoco hay que exagerar) con estas nuevas andanzas. Y, como siempre me ocurre, no puedo evitar mirar hacia atrás y bucear en cómo era yo de adolescente hace más de treinta años. Cuando no tenía que meter tripa para las fotos e intercambiaba minifaldas y camisas con hombreras con mis amigas para ese gran día que era la gala del instituto. Esas noches de viernes o sábados, en las que los chicos que me gustaban me hablaban mucho más y estaban más simpáticos que cualquier día en clase de matemáticas o en el recreo. Y con mi ansia narrativa me pongo a recordar. Aunque ya no sé si lo que voy a contar sucedió realmente. Porque la memoria, a veces, nos arroja imágenes y sonidos que no sabemos si los hemos inventado. Pero me arriesgo y allá voy.

La primera vez que fui a la discoteca tenía 15 años, una melena larga peinada con tupé y un flequillo a lo palmera caribeña que luchaba por mantener en alto con litros de laca que arrojaba sobre un cepillo redondo. Pero, a veces, sin darme cuenta, aplicaba ese spray a tan poca distancia que se me metía en los ojos y me cegaba durante unos instantes. No muchos, porque enseguida comenzaba la operación de maquillaje de ojos y labios. Que se completaba con las hombreras sujetas bajo los tirantes del sujetador para lucir una envergadura más fornida y aquellos zapatones negros o granates con puntera de acero que podían resultar un arma arrojadiza en toda regla llegado el momento. Y así, con nuestra entrada de la discoteca, en aquellas carteras con tela de mochila, llegábamos a la puerta del recinto. Observando de reojo si habían llegado aquellos a quiénes esperábamos. Porque, no nos engañemos. Ese era el principal motivo de aquellas noches de San Franciscos, esos combinados sin alcohol en vaso de tuvo, que sujetábamos en la mano izquierda, mientras entre los dedos índice y corazón de la derecha pinzábamos nuestros primeros cigarros. Aunque nos diera asco el humo y nos hiciera toser. Porque ese pose, creíamos, nos arrojaba un ‘halo’ de distinción. Como un imán, seguíamos pensando, que atraería el entusiasmo del amor cuando es correspondido.

Entonces llegaban las ‘lentas’ y esperabas con el corazón carocoleando en el pecho a que ese chico, y solo ese, te sacara a bailar las canciones de Alejandro Sanz o Eros Ramazzotti. Con ese diálogo mudo que te atronaba en la mente pensando en qué le ibas a decir. Pero, mientras mordías mentalmente las palabras, te dabas cuenta de que quién se acercaba era otro. Quizá uno de un curso inferior. Un bebé, en aquella época. O aquel que era tan majo pero bastante feo. Aunque siempre te hacía reír. Pobre. Pobre él o pobre yo. Porque ninguno bailábamos con quien queríamos. En aquellos “agarrados” es dónde sentí por primera vez en mi vida ese ‘cachete con cachete’ del que años más tarde, en el verano del 96, cantó el argentino Pancho con su banda ‘La sonora colorada’. Y en los que escuché palabras, con más o menos importancia, que cosquilleaban en mi oído.

Cuando se lo contaba a mi madre, se reía recordando sus años de ‘guateques’, en los que con minifalda, melena larga con raya en medio y tocadiscos de aguja, pasaban las tardes de los sábados escuchando a los Beatles, al Dúo Dinámico o a Los Brincos. Que lo mismo daba. Y así, entre el Yesterday, la chica yeyé y bebiendo un sorbito de champán brindaban por el nuevo amor. No voy a hablar de mi hijo porque si no me mata. Pero intuyo que la situación no habrá cambiado mucho. A excepción de que ya no hay secretos y las fotos de las quedadas vuelan por las redes sociales. Nadie dijo que ser adolescente fuera fácil. Nunca lo ha sido. Ni antes ni ahora. Por eso, opino, debemos comprender a nuestros hijos viajando hacia atrás en la máquina del tiempo. En esa en la que Cheli sacaba el whisky para el personal de ese guateque.

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