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Historias familiares

Un nuevo fichaje

Ampliar El nuevo balón de la liga de fútbol ha llegado a mi casa al mismo tiempo que el covid
El nuevo balón de la liga de fútbol ha llegado a mi casa al mismo tiempo que el covid Buxens
  • Sonsoles Echavarren
Publicado el 09/01/2022 a las 09:00
C ASI dos años después, nos ha tocado. Y, disimulando y como sin querer, un nuevo huésped se ha colado en casa. Aunque confiamos en expulsarlo dentro de muy poco. El covid ha llegado a nuestra familia, como a tantas esta Navidad, en forma de test de antígenos. De esas pruebas que se compran en las farmacias casi al por mayor y como si fueran el maná y que se repiten una y otra vez hasta “taladrarnos” la nariz e ir dando todos positivo. Uno tras otro. Tanto miedo al contagio, tanto sufrimiento por el ‘y si...’ , tanta prevención y tanta higiene... Pero, finalmente, no nos hemos librado. Por suerte, estamos bien. Y alternamos la ingesta de paracetamol e ibuprofeno mientras esquivamos balonazos por el pasillo. El nuevo balón de la liga de fútbol ha llegado a casa al mismo tiempo que el covid. Y mi hijo pequeño se muere de ganas de ‘largar’ a este nuevo fichaje en forma de virus y de salir a la calle a dar patadas al balón. Surrealismo en tiempo de pandemia.
Confieso que me puse muy nerviosa cada vez que hacía un test de antígenos. Cada vez que metía el palillo hasta el tuétano, lo mezclaba con el líquido, vertía las gotas en agujero del dispositivo y escribía el nombre de la persona en cuestión. Un minuto. Dos. Tres... Y las líneas iban saliendo. No es lo mismo. Lo sé. Pero sentía que me anudaban el estómago igual que cuando contemplaba los test de embarazo. Unas veces suspirando para que salieran las dos líneas. Y otras rezando para que no lo hicieran, clavándome las uñas en las palmas de las manos y apretando los labios hasta que se me quedaban blancos. El caso es que el surrealismo, en esta situación, llegó hasta el punto de querer que diéramos todos positivo para así pasar la infección juntos, al mismo tiempo y sin tener que aislarnos en habitaciones separadas, utilizar diferentes baños o caminar por la casa con mascarilla. Nunca hubiera imaginado este deseo.
Pero aquí estamos. Teletrabajando, viendo series y películas, cocinando, discutiendo, peleando, riendo y llorando. Como en todas las familias. De vez en cuando, escucho a mis hijos ‘comprar’ jugadores con el FIFA 22 y hablar de los millones de euros de sus fichajes como si fueran jeques árabes. Con las toses y los mocos de fondo. Oír para creer.
He vivido Navidad más rara de mi historia. Con mi hijo mediano cenando solo en el escritorio de su habitación el día de Nochevieja conectando por vídeollamada con nosotros que estábamos alrededor de la mesa del salón con la vajilla y la cristalería de mi abuela. Tomando las uvas en pijama. Viendo la cabalgata de Reyes Magos por la tele y con mi hijo pequeño, muy preocupado por si sus majestades no se atrevían a dejar los regalos en el salón. No se fueran a contagiar. “Pero si ventilamos bien y entran solo un momento y con mascarilla...”, se quería autoconvencer.
Melchor, Gaspar y Baltasar llegaron finalmente. Y un año más se hizo la magia. La de tener amigos que hornean un roscón de trufa solo para nosotros. La de recibir constantemente llamadas y mensaje de ‘wasap’ en el móvil de familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo... que se ofrecen a hacerte la compra y a echar la carta a los Reyes en el último momento, por si se te había olvidado pedir algo. La de sentirse querida y arropada en un momento que da miedo. Por mucho que los síntomas sean leves y hayamos pasado gripes y bronquitis peores que esta. El miedo es libre y, generalmente, colectivo.
Sigo siendo hipocondriaca y teniendo pánico a enfermar. Pero ya no tanto. Porque he recibido el mejor de los regalos: he perdido el miedo al miedo y he dejado de sufrir por algo irreal. El virus ha llegado. Así que ya no hay que temerlo porque ya está aquí. Sé que no para todo el mundo ha sido igual de banal y, desde hace dos años, millones de personas en todo el planeta no pueden contarlo. Ni triste y alegremente. Así que, aprovechemos este regalo que nos ha dado la vida, que no es otro que la salud. Despidamos al nuevo fichaje y volvamos a dar muy pronto patadas al balón.
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