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Historias familiares 

Nocturnos

  • Sonsoles Echavarren
Publicado el 07/11/2021 a las 06:00
Mi hijo mayor nació un jueves bochornoso de principio de verano a las ocho menos cuarto de la tarde noche. Todavía a la luz del día. Aunque, claro, desde el potro de tortura del paritorio, yo no intuía ni atardeceres, ni luces ni sombras. Ni sufría los casi cuarenta grados del exterior. Bastante tenía yo con mi calor interno tras haber alumbrado un ternerillo de más de cuatro kilos. Con el niño ya en mis brazos, en uno de esos momentos en los que no sabes si transitas por el sueño o la vigilia, me fijé en un reloj inmenso, redondo como la piel tirante de un tambor, que se levantaba delante de mis ojos en aquella sala aséptica. 19.45 horas marcaban sus agujas. Lo que no estaba nada mal para un parto que había comenzado de amanecida. Transcurrida media hora desde el alumbramiento y apenas instalados en la habitación, comenzó el desfile de familiares. Algo hoy inconcebible pero que, hace tres lustros, era lo más normal del mundo. Incluso un signo de buena armonía. Cuando logramos despedir, no sin alguna cara larga, a abuelos, tíos y bisabuelos, empezó para nosotros la que fue la noche más larga del mundo. Y la que marcó un punto de inflexión cuando nuestro hijo apenas contaba con dos horas de vida. ¿A ti te ha ocurrido? ¿Has vuelto a conciliar el sueño igual desde que has tenido hijos?
No eran aún ni las doce de la noche cuando, aconsejada por las enfermeras, puse el niño al pecho. Yo esperaba que la leche brotara de allí como la sangre de una herida, pero nada más lejos de la realidad. Calostro. Ese era el nombre del líquido amarillento que mi pequeño podría succionar antes de la famosa ‘subida de la leche’, que siempre me ha recordado a algo así como al trasvase del Ebro. No sé. A una gran obra de ingeniería. El caso es que el pequeño, no sé si con aquel líquido o con la propia mucosidad del parto, se atragantó y comenzó a toser, como si su corta vida fuera a terminar en aquel mismo instante. Mi marido, raudo, avisó a la enfermera del turno de noche. “A ver, es que estáis muy nerviosos. Los bebés tosen, estornudan y se atragantan. Relajaos”. Ajá. Para ella eso sería su pan de cada día, ya que trabajaba en una maternidad. Pero, ¿para nosotros? “Es que es nuestro primer hijo y acaba de nacer. No tenemos ni idea”, se justificó mi marido. Y el resto de la noche, los dos nos la pasamos en vela. Contemplando al niño. Y comprobando que respiraba.
Ahora lo pienso y me río. Pero en aquel momento, sentimos una gran angustia. Como la que supongo que azotará a la mayoría de los padres primerizos. A la mañana siguiente, estábamos agotados y nos dimos cuenta de que ya no podríamos dormir cuando quisiéramos como nos ocurría hasta el día anterior. Sino solo cuando pudiéramos. Algo muy distinto. Desde entonces, muchas, demasiadas, infinitas han sido las noches en las que no hemos pegado ojo. Por cólicos que les hacen retorcerse de dolor en los primeros meses, dientes que duelen al salir, vomitonas que siempre prefieren la noche al día, fiebres escandalosas que no bajan ni con los antitérmicos ni con paños fríos en la frente (o los testículos, según un remedio de mi abuela), pesadillas, pises que se escapaban y miedos y terrores varios. Niños en nuestra cama. Atravesados y pataleando. Padres en las suyas sin atreverse ni siquiera a respirar. No saber dónde estás al despertarte y tocar la pared para comprobar si se sitúa a tu izquierda o derecha y te da una pista, cual GPS, de tu ubicación en la casa.
Siento sudor frío, literalmente, al revivir aquellos momentos. Lo que no me impide, sin embargo, dormir todas las noches a mi hijo pequeño. Abrazar sus 8 años recién cumplidos bajo el edredón. Sentir su calor y su olor, todavía a niño. Y escuchar sus conversaciones. “Mami, te cuento lo ultimísimo y me duermo”, promete, aunque esa confesión tan importante suele ser la penúltima o antepenúltima. Los mayores ya no quieren que me acueste a su lado. Por lo que aprovecho para disfrutar de mis particulares ‘Nocturnos’ con mi chiquitín. Y a moverme entre caricias y arrumacos, como si deslizara los dedos por las teclas de ese piano romántico de Chopin. Aunque, ahora que me acuerdo, creo que el bueno de Frédéric no tuvo ningún hijo con el que perder sus noches de sueño.
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