Historia

Un anillo "mágico" de uña de unicornio, a juicio en la Navarra del siglo XVI

Un guipuzcoano afectado por epilepsia pretendía utilizarlo para curarse la epilepsia, pero al no lograrlo demandó al navarro que se lo había vendido

Dos de las páginas del proceso judicial de mediados del siglo XVI que enfrentó al pamplonés Bernardo de Urrutia y al guipuzcoano Juan de Areso
AmpliarAmpliar
Dos de las páginas del proceso judicial de mediados del siglo XVI que enfrentó al pamplonés Bernardo de Urrutia y al guipuzcoano Juan de Areso
Dos de las páginas del proceso judicial de mediados del siglo XVI que enfrentó al pamplonés Bernardo de Urrutia y al guipuzcoano Juan de Areso

CerrarCerrar

Jesús Rubio

Publicado el 11/09/2021 a las 06:00

Un anillo capaz de curar la epilepsia, porque aprovechaba las propiedades mágicas de una uña de unicornio, originó una controversia en la Navarra del siglo XVI que terminó con un proceso judicial que se prolongó durante tres años. Después de una primera sentencia salomónica, se terminó condenando a un vecino de Pamplona del que venían a decir que había tirado de ingenio para engañar a un enfermo y quedarse tanto con el anillo como con la valiosa copa de plata que le habían dado a cambio. El pleito lo han sacado a la luz en el Archivo General de Navarra, donde también han restaurado y digitalizado el documento original, que estaba muy dañado.

La historia comienza en 1561 en Berastegi, localidad guipuzcoana vecina de Navarra, a menos de una decena de kilómetros de Leitza. Allí vivía Juan de Eraso, un hombre preocupado por sus ataques de epilepsia. “Entonces se la llamaba la gota coral o el mal de corazón”, explica Miriam Etxeberria Lara, la técnico responsable de la sala de consulta en el Archivo, que ha estado detrás de todo el trabajo con el proceso. El caso es que el guipuzcoano había oído hablar de que un pamplonés tenía un anillo con una piedra de uña de unicornio, y que aquello podría curarle su mal. Hoy puede parecer una idea absurda; entonces se tenía por cierta. Las leyendas de que el unicornio, en especial su cuerno, tenía virtudes sanatorias, venían de mucho tiempo atrás. Ya en el siglo V antes de Cristo, el historiador griego Ctesias de Cnido, el primer autor que dejó noticias de los unicornios, aseguró que quienes bebieran de sus cuernos, “convertidos en vasos, no se someterán a convulsiones o a la enfermedad santa”, como se llamó también a la epilepsia. Creían tanto los medievales en esas historias que nadie durante los tres años que duró, ni los testigos, ni los jueces, pusieron en duda que la uña de unicornio curara la epilepsia y menos que los unicornios podrían no existir.

La historia sigue cuando Eraso aprovecha un viaje a Pamplona para visitar a ese pamplonés, Bernardo de Urrutia, de oficio penaire (el encargado de preparar la lana antes de tejer), y pedirle el anillo curativo durante un tiempo. A cambio, le ofrece un objeto de valor, una taza de plata. Aunque Urrutia alega que el anillo se lo tiene que quitar a otra persona a la que se lo prestó antes, acepta el trato, y ambos se ponen un plazo de diez días para ver qué tal van las cosas. Es el 18 de mayo de 1561.

Conforme pasa el tiempo, Eraso se convence cada vez más de que ese anillo es un camelo y no va a funcionar. Y quiere su taza de plata. En julio, en las ferias de San Cristóbal, aprovecha el viaje a Pamplona de unos vecinos suyos, entre ellos su propio hermano, para que devuelvan el anillo y reclamen la taza. Hacen lo primero, no logran lo segundo. “El de Pamplona les dice que la taza está empeñada a un clérigo a cambio de unas lanas, pero les ruega que no se preocupen, que se lo devolverá para la próxima vez que vuelva por la ciudad”, explica Miriam Etxeberria. Sin embargo, transcurren las semanas y los meses y la taza no vuelve. El 21 de octubre el guizpuzcoano acude a la primera instancia judicial, el alcade de Pamplona, para reclamar su propiedad y que se tome declaración a Bernardo de Urrutia.

Los testigos del de Berastegi son esos vecinos a los que Juan de Eraso encargó devolver el anillo. “Declaran no solo que lo hicieron, sino que Bernardo se quedó satisfecho. El problema es que entre esos testigos estaba el hermano del denunciante, y eso le quitaba credibilidad”. También señalan que la taza de plata cuesta más de 12 ducados y que se la había pedido a Urrutia “en muchas y dobladas veces”, pero éste “les trae engañados día a día y no se la devuelve”.

UNA MONJA DE SEVILLA

La historia del pamplonés resulta más lucida. Cuenta que el anillo se lo había dado una monja de Santa Clara en Sevilla, en un viaje de negocios. Lleva a varios testigos que aseguran que la sortija les había curado el mal coral; aún más, a Urrutia mismo le había sanado de la epilepsia. A lo largo del proceso, que pasa por distintos momentos y declaraciones, el pelaire pamplonés se queja de que el anillo que le han dado no tiene valor, porque le falta la uña de unicornio. El guipuzcoano, viene a decir, debió de quitárselo para asegurarse de que no le volviera la enfermedad. También recuerda que, una de las veces que se lo reclamó, Urrutia le volvió a dar el anillo a Eraso. ¿Cómo si no pudo el denunciante dejárselo al alcalde en depósito, como prueba?, argumenta. “Conforme lees el proceso, parece que los dos dicen la verdad”, admite la técnico del Archivo, vecina de Arazuri de 45 años.

Algo así debió de sentir el alcalde de Pamplona. Su sentencia, de mayo de 1562, “bastante tiempo después para lo poco material que había en juego”, parece querer contentar a los dos: decide la mutua devolución de los objetos y que las costas las paguen a medias. Pero a Juan de Areso no le parece justo. El anillo, dice, apenas vale 6 u 8 reales; la taza más de 12 ducados (el ducado de aquella época supondría casi 170 euros, y cada ducado equivalía a 11 reales castellanos, con lo que el anillo estaría valorado en 130 euros y la taza, en más de 2.000). Decide apelar a la Corte, y el proceso se prolonga hasta enero de 1563, cuando llega la sentencia definitiva, que obliga al pamplonés a devolver la taza y pagar las costas. “Y le avisan de que, si no lo hacen irá a la cárcel”. La justicia le había pillado el juego a Bernardo de Urrutia. “Tenía dos anillos. Uno, el ‘bueno’, de plata y con la piedra, es el que le devuelve Eraso la primera vez. Después le da el malo”, para argumentar que le han robado la joya del unicornio. “Se ve que era un espabilado”.

El archivo abierto o cómo hallar una aguja en un pajar de papel

El singular documento no deja de ser uno de los más de 300.000 procesos judiciales que se custodian en el Archivo. Navarra tuvo sus tribunales propios, como el Consejo Real o la Corte Mayor, y todos los papeles generados en esos pleitos han acabado en el Archivo. Allí están miles de historias, de sentencia civiles, penales… que dicen mucho de cómo se vivía en aquella vieja Navarra. Dar con un caso tan singular como el del anillo de unicornio es como encontrar una aguja en un pajar de papeles, pero ha sido posible gracias a que desde 2015 se han ido catalogando esos procesos y elaborando sobre todos ellos fichas, pequeñas descripciones accesibles desde Internet, para facilitar la consulta. Así, si un investigador teclea en la web de Archivo Abierto la palabra ‘unicornio’, le aparecerán tres respuestas: las fotografías de una ménsula de la catedral de Pamplona y de un capitel de la de Tudela, y el pleito de Juan de Areso y Bernardo de Urrutia.

Este verano, una norteamericana que investiga sobre brujería avisó a Miriam Etxeberria de que había visto un proceso sobre un anillo de unicornio. “Pensé que no podía ser, que sería otra palabra parecida y que habría una confusión”. Cuando sacaron el proceso de su caja, el documento estaba “horrible, no se podía ni tocar. Todo estaba pegado”. El Archivo tiene capacidad para restaurar los documentos dañados, pero como se trata de una labor minuciosa y laboriosa, se establecen unas prioridades. Y el documento del unicornio no estaba entre ellas. “Como política general se restaura de forma sistemática todo lo anterior a 1550. Y este se inicia en 1561. Pero como era un caso excepcional, el director, Félix Segura, nos dio permiso”. El proceso del unicornio es un documento no muy largo, de 28 folios que generan más de medio centenar de imágenes. Aún así, su restauración costó tres o cuatro días. “Hay que ir hoja por hoja, restaurar el papel, limpiarlo...”.

Una vez concluido el arreglo, todo se digitaliza para que los investigadores puedan consultar la copia sin necesidad de tocar el original. “Es la forma de conservar los documentos, preservarlos y difundirlos”, tercia Miriam Etxeberria, que cuenta que se llevó un susto cuando leyó por primera vez el documento restaurado. “No encontraba la palabra ‘unicornio’ por ningún lado. No la leía por ningún lado. Se lo tuve que dejar a una compañera, que sí la vio”.

Miriam Etxeberria Lara, en el Archivo. Se quitó la mascarilla para tomar la fotografía
AmpliarAmpliar
Miriam Etxeberria Lara, en el Archivo. Se quitó la mascarilla para tomar la fotografíaJosé Carlos Cordovilla
Miriam Etxeberria Lara, en el Archivo. Se quitó la mascarilla para tomar la fotografía

CerrarCerrar
Continuar

Gracias por elegir Diario de Navarra

Parece que en el navegador.

Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

Suscríbete ahora